Magia Blanca y Negra Franz Hartmann MD

La ciencia de la vida finita e infinita

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(1886)

Franz Hartmann, MD

Capitulo X - Creación *

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"Y Dios dijo: hagamos al hombre" – Biblia

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¿Qué es el hombre?

La pregunta más importante de cuantas se han propuesto y la que aún se propone con ansiedad y aún con temor, es la misma que hace miles de años propuso la esfinge egipcia, que devoraba a quien no respondía acertadamente. "¿Qué es el hombre?". Siglos han transcurrido desde que se hizo esta pregunta por primera vez. Las naciones se han aniquilado en crueles guerras religiosas con el vano intento de imponer la solución que cada cual creyó dar al gran problema; pero en las tumbas de la antigüedad aún resuena el eco de la misma pregunta: "¿Qué es el hombre?". *


* La palabra creación se tergiversa frecuentemente. Ni la Biblia ni ninguna otra Escritura aceptada afirman que se haya creado algo de la nada. Esta superstición es hija de la moderna ciencia materialista, que cree posible la vida y la conciencia, derivadas de la muerte e inconciencia. La palabra creación significa producción de formas dimanantes de la ya existente materia sin forma. En el concepto absoluto la forma es tan sólo una ilusión; y por lo tanto, al producir una forma, se crea una ilusión.


Sin embargo, la contestación parece fácil. El sentido común, libre de prejuicios científicos y religiosos, nos dirá que el hombre, lo mismo que toda otra forma del universo, es un centro colectivo de energía, un rayo solitario de la divina Luz universalmente presente, manantial común de cuanto existe; nos dirá que es el verdadero hijo del gran Sol espiritual. Así como los rayos solares sólo son visibles en contacto con el polvo, así la materia absorbe y refleja el rayo divino.

El rayo del sol en las olas del mar; el calor surgido al contacto de la luz de arriba con el agua, extrae de debajo el material refinado, y los vapores suben al cielo, donde como espectros de los mares, vagan en nubes de múltiples formas, flotando libremente en el aire y jugueteando con los vientos hasta que llega la hora en que la energía que los mantiene en suspenso se agota y de nuevo descienden a la tierra.

Análogamente el rayo divino del sol espiritual se mezcla con la materia mientras mora en la tierra, absorbiendo y asimilándose lo afine con su naturaleza. Como la mariposa vuela de flor en flor libando el polen de todas, así la mónada humana pasa de vida en vida, de planeta en planeta, adquiriendo experiencia, conocimiento y fuerza; pero tras el día de la vida viene la noche, y sigue el sueño con visiones de vívida realidad.

Los elementos más groseros vuelven otra vez a la tierra y los sutiles o astrales, todavía en la esfera de atracción del planeta, flotan impelidos por sus inherentes tendencias, hasta agotarse la energía que los cohesiona y se disuelven nuevamente en el plano a que pertenecen.

Pero las superiores energías espirituales del hombre, enlazadas por el amor y libres de la atracción de la tierra, ascienden a su origen como un espíritu envuelto en blanca vestidura, llevando consigo los productos de su experiencia más allá de los límites de la materia.

El amor y las aspiraciones del hombre no son de la tierra. Crean energías que se actualizan allende el sepulcro; su actividad puede durar siglos hasta que se agote, y el rayo purificado, con las tendencias remanentes de su última estancia en el planeta, busca de nuevo asociación con la materia, de nuevo edifica su prisión de barro animado, y parece un viejo actor que representa nuevo papel en la siempre variada escena de la vida.

Algunos de los más eminentes filósofos han reconocido esta verdad por especulación y razonamiento lógico, mientras que otros cuyas mentes iluminó la sabiduría, la percibieron axiomáticamente por el poder de la intuición.

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Experiencia

Las impresiones recibidas en existencias anteriores prestan el material para construir el nuevo cuerpo. El rico negligente puede ser el mendigo futuro, y el trabajador industrioso de la vida presente puede desarrollar tendencias que fundamenten la grandeza de la vida próxima. Los padecimientos de una vida pueden engendrar la paciencia y la fortaleza útiles en otra. Las penalidades favorecen el aguante; la abnegación da fuerza a la voluntad; las aficiones nacidas en una vida pueden guiarnos en otra; y las energías acumuladas se actualizarán siempre que las circunstancias lo demanden durante una existencia en el plano material, ya sea en una vida o en otra, según la eterna ley de causa y efecto.

Un niño puede quemarse los dedos al tocar la llama, y no recordar en la adolescencia las circunstancias del accidente; pero la idea de que el fuego quema y no ha de tocarse, quedará impresa en su mente. Asimismo, aunque se olviden los pormenores de las experiencias adquiridas en una vida, permanecen las impresiones.* Una y otra vez pasa el hombre por la rueda de la transformación, transmutando sus energías inferiores en superiores, hasta adquirir el conocimiento superior por la experiencia y convertirse en un dios, según le tiene reservado su altísimo destino.


* En la evolución espiritual del hombre llega una etapa en que recuerda los sucesos de sus vidas anteriores; pero recordarlos en el actual estado de imperfección estorbaría su progreso. Se ha objetado diciendo que por no recordar los errores de sus pasadas vidas y sus funestas consecuencias recae el hombre en los mismos errores; pero entiéndase que no debemos obrar bien por el egoísmo de evitar los daños resultantes de obrar mal, sino por el íntimo sentimiento del deber que no atiende a las consecuencias.


El hombre, como la mayoría de los seres organizados, es un átomo en la inmensidad del universo. No puede dividirse y seguir siendo el mismo; pero a diferencia de otros inferiores seres organizados, cuya existencia se limita al plano físico o astral, lo que constituye y distingue al hombre del animal es una parte íntegra y consciente de la suprema energía espiritual del universo, presente en todas partes; y por lo tanto, su conciencia espiritual no se contrae a determinado lugar del mundo físico.

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Evolución

¿Quién hizo al hombre? El hombre se hace a sí mismo cada día en su vida. Es su propio creador. El barro, el cuerpo material que se adhiere al rayo de la Vida manifestada, sale de la tierra; las energías constitutivas del alma astral son producto del plano astral; las superiores pertenecen al espíritu. El hombre animal, como los órdenes inferiores de la Naturaleza, es un producto de la ciega ley de la necesidad, y aún puede engendrarse artificialmente.*


* Véase Paracelso: Omúnculos.


Los atributos físicos del niño y sus cualidades mentales son resultado de la herencia de previas condiciones. Como el árbol que extiende sus raíces por el suelo vecino para nutrirse, sin poder buscar alimento en parajes distantes, así el hombre físico tiene limitada la elección de medios de desarrollo, y crece porque no puede resistir la ley de necesidad ni los impulsos de la Naturaleza.

Pero cuando la razón lo ilumina comienza la obra de la creación. La inteligencia interna dice a la voluntad: "Hagamos al hombre". Y la voluntad no de muy buen grado deja su favorita ocupación de servir a las pasiones y empieza a moldear al hombre de conformidad con la imagen divina que ante ella expone la sabiduría.

Hagamos al Hombre significa: Hagamos del hombre animal el hombre divino; circundemos de purísimas esencias el interno rayo divino; eliminemos todo cuanto de grosero y sensual impida nuestro progreso; transformemos las emociones en virtudes de que el rayo espiritual se revista al ascender nuevamente a su trono.

¡Hagamos al hombre! De nuestros esfuerzos depende por completo la índole de hombre que hagamos. Nada difícil es hacer un hombre vulgar o aún superior en la acepción general de la palabra. Seguid las reglas de la higiene y las leyes dietéticas, y sobre todo, mirad por vosotros mismos y nunca deis nada si no estáis seguros de recibir más. Entonces seréis animales respetables, hombres formados por sí mismos, conspicuos, independientes y ricos, que viven y mueren en el plano del egoísmo, envidiados de muchos, tal vez respetados también de muchos, aunque no de sí mismos.

Hay otra clase de hombres formados por sí mismos en el plano intelectual. Se muestran bienhechores del mundo, filósofos, sabios, estadistas, inventores o artistas. Tienen lo que se llama genio y son originales y no meros imitadores. Se benefician a sí mismos al beneficiar al mundo.

Las investigaciones intelectuales que no aprovechan a nadie son tan estériles como la gimnasia de aparato que vigoriza las fuerzas musculares sin efectuar trabajo alguno. Puede acometerse una empresa intelectual con intenciones egoístas; pero si no hay amor al objeto de estudio, habrá poco adelanto, y en vez de sabio, resultará tragalibros. El verdadero genio es un mago que crea un mundo para sí mismo y para los demás, y cuyo poder se dilata a medida que adelanta en el camino de la perfección.

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Mente y espíritu

El trabajo intelectual de baja índole no puede ser por sí el verdadero objeto de la vida, pues la verdad no se alcanza por los aislados esfuerzos del cerebro material, por lo que fracasará quien intente conocer la verdad sólo por el intelecto, sin ayuda del corazón, que corresponde al Sol donde se asienta la Sabiduría y da luz y vida al cerebro que corresponde a la Luna y es asiento de la inteligencia razonadora. El corazón y la cabeza deben actuar en armonía para aplastar al dragón de la ignorancia que mora en el umbral del templo y alcanzar la verdad.

En los libros alegóricos de los alquimistas, el sol representa el amor y es el "corazón" de nuestro sistema solar; la luna representa la inteligencia o el "cerebro" y la tierra el cuerpo físico. Si el sol y la luna se unen en el agua de la Verdad, engendran un hijo llamado Sabiduría. La inteligencia es el hombre material y su consorte es el conocimiento espiritual, la mujer divina. Nadie alcanza la perfección sin antes celebrar el celestial matrimonio por el poder del amor divino.*


* Véase: Sendero de perfección o el Hallazgo del Cristo, por Ana Kingsford. [1882, por Anna Kingsford y Edward Maitland (inglés). Pdf de 200 páginas: www.theosophical.ca (será redirigido a una página de descarga)]


El hombre está constituido por los siete principios procedentes del universal depósito de la Naturaleza. La voluntad es el albañil, la razón el sobrestante y la sabiduría el supremo arquitecto. En la edificación no se oye estrépito ni resuenan martillazos, porque los materiales están ya preparados por la Naturaleza y basta colocarlos en su sitio.

El lugar superior es el inmortal espíritu consciente; pero los elementos inferiores que con él armonicen, se entrefunden con él y también logran conciencia e inmortalidad. El espíritu sólo halla correspondientes vibraciones en los superiores elementos espirituales del alma, como purísimos pensamientos, aspiraciones y recuerdos derivados del quinto principio en que reside la potencia intelectual del hombre.

La razón pura es espiritualidad; pero la inteligencia operante tan sólo en el plano mental inferior, no puede alumbrar tesoros espirituales. La actividad intelectual no es en sí una potencia, sino el resultado de la acción del espíritu sobre la mente. Un hombre muy inteligente y erudito puede ser infeliz y desequilibrado, si sus inclinaciones son egoístas, por lo que su mente no podrá recibir la luz de la verdad. La sabiduría es el reconocimiento perfecto de la verdad; reside en el alma espiritual del hombre, y envía su luz al quinto principio, a través de las nubes de la materia, como el sol a través de la niebla.

El quinto principio recibe estímulo del cuarto, la naturaleza irracional del hombre. No se edifica una casa sin material sólido, y tan imposible sería hacer un genio de un ser sin emociones, como mover una máquina de vapor sin carbón ni agua. Cuanto más vivas sean las emociones, tanto más duradero será el templo espiritual, si resisten sus paredes y columnas. Sin emociones no hay virtudes ni energía en el hombre. Es una sombra indiferente y necesariamente inútil. El hombre pasional estará más cerca del espíritu si logra guiar sus pasiones hacia el bien, que quien nada haya de guiar ni vencer.

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Emoción

Para erigir un edificio o formar un hombre perfecto, ha de haber armonía de proporciones. La sabiduría dirige la obra, y el amor proporciona la argamasa. Una emoción es virtud o vicio, según se aplique. Las virtudes mal aplicadas se convierten en vicios, y los vicios bien dirigidos se transmutan en virtudes. El hombre excesivamente precavido es cobarde; el generoso sin discernimiento es pródigo; el valor sin cautela es temeridad; la veneración sin raciocinio es superstición; la limosna sin tasa fomenta el pauperismo; y aún la justicia rigurosa e inflexible, no compensada por la misericordia, engendra una cruel y despreciable tiranía.

El alma irracional impelida por sus deseos, sin el freno de la sabiduría, es como un beodo que, perdido el equilibrio, va dando traspiés, tropezones y caídas. Tan sólo de la ponderación de fuerzas resultan la armonía, la belleza y la perfección. El alma irracional subyugada por emociones indómitas es morada impropia del rayo divino, que ama la paz y la tranquilidad.

El dominio de las emociones es la ardua lucha alegorizada en las doce hazañas que a Hércules encomendó el oráculo de Zeus. Quien desee progresar ha de ser un Hércules que luche por el bien del rey (Atma), cuyas órdenes recibe del divino oráculo de su propia conciencia. Constantemente está empeñado en la lucha, porque los principios inferiores defienden su existencia y se resisten al vencimiento. Son productos de la materia y se adhieren a su fuente.

¿De dónde provienen las emociones?

Las antiguas cosmologías alegorizan diversamente la misma verdad fundamental. "En el principio" la Gran Causa Primera desenvolvió de sí, por el poder de su voluntad, ciertas potencias cuya acción y reacción dieron existencia a las fuerzas elementales que constituyeron el mundo. Estas fuerzas elementales son los Devas de Oriente, los Elohim de la Biblia, los Afrites de los persas, los Titanes de los romanos, los Eggregores del libro de Enoch. Son los agentes activos del Cosmos, benéficos o maléficos, según las condiciones en que obran, e inteligentes o no, según la naturaleza de los instrumentos de que se valen. No son de por sí entidades racionales conscientes, pero pueden manifestarse por medio de organismos conscientes y dotados de razón. No son personales, pero pueden personificarse en formas humanas o animales.

El amor y el odio, la envidia y la benevolencia, la lujuria y la avaricia no son personas, pero se personifican en formas animales o humanas. Un hombre en extremo maligno es la personificación de la malicia, y si le parece ver al demonio en forma objetiva es porque se refleja su alma en el espejo de su mente. El espíritu existe por doquier; pero no podemos percibir un espíritu si no entra en la esfera de nuestra alma.

El espíritu que entra en nuestra alma recibe vida de nosotros mismos, y si no lo expulsamos se nutrirá vampíricamente de nuestra vida, y como parásito de un árbol cuya savia chupa puede arraigar en el árbol de nuestra vida, creciendo y vigorizándose allí cada vez con mayor firmeza, al paso que nuestra naturaleza superior se vaya empequeñeciendo y debilitando en la misma proporción. Una vez arraigado un pensamiento en el alma irá creciendo, si no lo extirpamos, hasta que se manifieste en acción que le dé vida propia y engendre un sucesor.

Estas fuerzas elementales de la naturaleza están en todas partes y siempre prontas a entrar en el alma cuyas puertas no estén bien defendidas. Para atraer a un espíritu maligno no hemos de buscarlo; basta dejarlo venir. Evocar un diablo significa rendirse a un mal pensamiento; vencerlo es resistir con éxito una mala tentación.

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Poderes elementales

Las potestades elementales de la naturaleza son innumerables, y de su clasificación nacieron los panteones de los griegos y las mitologías orientales. La potestad suprema es Zeus, padre de los dioses, del que dimanan las demás potestades. Minerva, diosa de la sabiduría, surge de la frente de Zeus y su origen es el más noble de todos; pero Venus, hija del sol, se levanta del océano del alma universal y todo lo vence con su belleza. Mantiene unidos los mundos en el espacio por el poder de su atracción; enlaza unas almas con otras y encadena el bien con el bien y el mal con el mal.

Es madre de los dioses menores que combaten entre sí, porque el amor propio, el amor de riquezas, fama y poderío, son hijos del universal poder del Amor. Combaten entre sí como niños, porque de la acción dimana la reacción; al amor se opone el odio, a la esperanza el temor y a la fe la duda. Para dominarlos, el dios de la Fuerza (Marte), ha de unirse con la diosa del amor, esto es, que las pasiones han de estar disciplinadas por la Voluntad.

Toda fuerza existe y está mantenida en su elemental matriz o vehículo, el akása, el proteo universal, generador de formas que halla expresión en la materia. Estas fuerzas forman el eterno círculo o serpiente, "cuya cabeza quebrantará el calcañal de la mujer", de la sabiduría, la virgen eterna, cuyas "hijas" son: fe, esperanza y caridad.

La serpiente del mal no puede entrar en un alma defendida por la sabiduría. Si un mal pensamiento entra en el alma y no lo repelemos en el acto, albergamos en el corazón a un demonio cuyas demandas tomamos en consideración, y con promesa de acceder a ellas, le inducimos a quedarse, para que, como molesto acreedor, inste de continuo el pago de sus créditos.

La triada inferior de principios constitutivos del hombre, se nutren de los reinos inferiores de la naturaleza. Si el cuerpo está muy harto o estimulado por el alcohol, el elemento emocional se activará excesivamente y se debilitará la inteligencia. Los manjares y bebidas excitantes en extremo dañan al desenvolvimiento de la naturaleza superior, porque la vida retira su actividad de los principios elevados y la concentra en los inferiores. Por la misma razón, el demasiado alimento, aunque saludable, resultará nocivo.

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Dieta vegetal

El principio de vida que transmuta las energías inferiores en superiores es el mismo que preside la digestión del alimento, [1] que si se malbarata en los órganos inferiores, extenúa los superiores. Algunos necesitan comer carne porque ya están acostumbrados, como otros al alcohol, y si repentinamente dejaran esta costumbre sufrirían violentamente, pero la carne y el alcohol en condiciones normales son innecesarios para la economía humana y suelen perjudicar sus efectos.

[1. Ver la sección de Gurdjieff: /gurdjieff/#food-diagrams ]

El argumento principal de los partidarios de la alimentación carnívora es que vigoriza el cuerpo para resistir las fatigas del trabajo manual. Este argumento se basa en una opinión errónea, porque el alimento animal no vigoriza tanto como el vegetal;* y sólo estimula al organismo para gastar las fuerzas en breve período de tiempo, en lugar de reservarlas para el porvenir. Las consecuencias del régimen exclusivamente animal son glotonería, sensualidad, agresividad, crueldad, estupidez, indolencia y apatía física y psíquica.


* Según cálculos de Prov. J. v. Liebig, [Wikipedia, español] la misma cantidad de substancias albuminosas animales, [proteína] cuyo coste es de 100 peniques, puede adquirirse por 9 peniques de guisantes y 4 de trigo.


Dice Darwin que las gentes ocupadas en más rudo trabajo son los mineros de Chile, cuya alimentación es puramente vegetal. Los campesinos de Irlanda apenas comen carne, y sin embargo son muy fuertes y robustos. El labriego ruso come poca carne y está sano.

Gentes vigorosas, si las hay, son los campesinos del Sur de Baviera, que en raras ocasiones comen carne, aparte de los días de fiesta. Los caballos, toros y elefantes son los animales más resistentes a la fatiga y se alimentan de vegetales, mientras que los rasgos salientes de los animales carniceros son cobardía, irritabilidad y astucia. Un ojo enjaulado en el Museo anatómico de Giessen se mostró apacible y manso mientras lo alimentaron con pan, pero después de darle carne se volvió muy peligroso.

Quienes deseen saber la verdad respecto al régimen carnívoro no han de recurrir a su inteligencia, sino escuchar la infalible voz de la sabiduría que habla en lo más íntimo del corazón.*


* Véase Dra. A. Kingsford: El perfecto camino en el régimen alimenticio. [Inglés, Pdf en Archive.Org ]


En este punto surge la cuestión de si el hombre tiene o no derecho de matar a los animales para alimentarse de su carne. Los cristianos creyentes en la Biblia no han de dudar, por ser muy claro el mandamiento: No matarás, que sin embargo, quebrantan millones de cristianos que cohonestan la matanza de animales con la tergiversación del versículo de la Biblia que dice: " ... Y tenga dominio sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo y sobre las bestias y sobre toda la tierra y sobre todo reptil que se mueve en la tierra".** Pero desde el momento en que extermina a los seres inferiores pierde su dominio sobre ellos. La prerrogativa del hombre es calmar los sufrimientos, no provocarlos; no interrumpir la evolución, sino ayudarla. Cristiano y matarife son términos irreductibles.


** Génesis i. 26.


La carne es alimento estimulante de bebidas también estimulantes. El más eficaz remedio contra el alcoholismo es no comer carne. Acaso no haya en el mundo pasión más diabólica y perjudicial a los verdaderos intereses de la humanidad y la dicha del individuo que el alcoholismo. Así como la carne presta al hombre pasajera fuerza que pronto se agota, dejando el cuerpo más débil que antes, de la misma manera las bebidas estimulantes le arrullan en un ilusorio bienestar que muy pronto se desvanece y le sigue positivo sufrimiento con enfermedades en los órganos vitales que ocasionan la muerte prematura, siendo además causa de la mayor parte de los crímenes cometidos en países civilizados.

Quienes consideran al hombre como ser racional no comprenden cómo las naciones cultas toleran semejante plaga que puebla cárceles, hospitales, manicomios y cementerios, siendo también inconcebible que el hombre se ponga en la boca un enemigo quebrantador de su salud, su razón y su vida; pero quienes más hondamente meditan, saben que en nuestra época está alboreando la razón y que las facultades espirituales de la mayoría de los hombres duermen todavía en los helados brazos de la ignorancia y la ilusión.

Las reformas son necesarias, pero no se las puede establecer por medios coercitivos. El único remedio es el conocimiento.*


* Véase Dra. Kingsford: La controversia alcohólica.


El organismo social es análogo al del individuo. De nada sirve suprimir los medios de satisfacer un deseo mientras no se le extirpe. Los males que afligen a la humanidad son resultado de sus deseos, y los medios de satisfacerlos persistirán mientras que aquellos existan, pues si se suprimen unos medios los reemplazarán otros nuevos. La mala yerba no se extirpa con la poda si quedan las raíces que crecen en el obscuro suelo de la ignorancia y sólo puede desarraigarlas la luz de la verdad.

Comer, beber y dormir para vivir, y no vivir para comer, beber y dormir, es una máxima que se oye muy a menudo y rara vez se sigue. Gran parte del alimento diario se toma por costumbre y para satisfacer un apetito provocado artificialmente. Cuanto más grosero y material sea un hombre, mayor cantidad de alimento apetece, y cuanto más coma más grosero y material será. Las naturalezas nobles y exquisitas necesitan poco alimento; los seres etéreos y las entidades espirituales no necesitan alimento material.

Los medios deben estar siempre adecuados al fin, que si es bajo y vil, requerirá medios análogos; si es noble y elevado, los medios habrán de ser de igual índole. Un atleta cuya finalidad sea el vigor muscular, necesitará distinta educación de la conveniente a quien desee fortalecer la facultad de percibir las verdades espirituales. Las condiciones a propósito para el desarrollo de un individuo le serán perjudiciales a otro. Un hombre puede progresar más rápidamente en la pobreza, otro en la riqueza; alguno necesitará el inicial estímulo psíquico de las dulces y alentadoras influencias de la vida conyugal, mientras que las aspiraciones de otro pueden alzarse a más alto nivel si está libre de lazos terrenos. Todo el que ejercita su voluntad en perfeccionarse es, según el grado en que la ejercita, un ocultista práctico. Cada cual se desenvuelve en una o en otra dirección, pues nadie puede permanecer inactivo. Quienes anhelan adelantar a los demás han de obrar directamente.

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Perfección

Dice un adepto tibetano:

"El hombre está formado por pensamientos que le guían en la vida. El mundo subjetivo es para él la única realidad, aún en el plano físico. El ocultista concibe un mundo más real a medida que se aleja de lo objetivo, ilusorio y terrenal, para acercarse a Parabrahm su última realidad. Así, quien aspire a poseer conocimientos ocultos debe concentrar todos sus anhelos en el ideal supremo de la abnegación absoluta, caridad, benevolencia y demás virtudes asequibles en la tierra, esforzándose incesantemente en este fin.

"Cuanto mayores sean sus esfuerzos para lograr este ideal, con más frecuencia y mayor fortaleza ejercitará su voluntad. Así fortalecido, establece una tendencia en el grosero cascarón del cuerpo físico para la práctica de las acciones más compatibles con el supremo ideal, y esas acciones intensifican su voluntad, por efecto de la conocida ley de acción y reacción. De aquí la mucha importancia que da el ocultismo a los resultados prácticos.

"Ahora bien: ¿Qué resultados prácticos son éstos y cómo se obtienen? Se sabe por observación y experiencia, que el progreso es ley de la naturaleza. Esta verdad sugiere la idea de que la humanidad está en sus etapas inferiores de evolución y que camina hacia su perfeccionamiento, al que se acercará cuando desarrolle nuevas sensibilidades y se ponga en más exacta relación con la Naturaleza. Por lo tanto, es evidente que alcanzará la perfección final cuando la energía que anima al hombre coopere con la Vida una que actúa en el Cosmos con tan potente objeto, para lo cual el medio más eficaz es el conocimiento.

"Resulta claro que el último objeto de la Naturaleza es perfeccionar al hombre por medio de la unión del espíritu humano con la Vida una. Al representarnos este ideal en la mente, debemos formar una fraternidad intelectual que nos una a todos, como primer paso hacia el último objeto. Para conseguir el resultado práctico de la unión debemos mantener muy alto el supremo ideal del hombre verdadero e inducir a los demás a contemplarlo, valiéndonos de la abnegación. Cuando nuestra energía colectiva se emplee en forjar el supremo ideal, acrecentará su potencia produciendo brillantes resultados en el plano espiritual.

"Como ésta es la obra más importante para todo ocultista, quien aspire al conocimiento superior no debe omitir esfuerzo alguno para conseguirlo. Con la evolución progresiva del cuerpo en conjunto se intensifican las facultades mentales y espirituales del hombre y para ayudar la evolución debe difundirse el conocimiento de las verdades filosóficas. Esto es lo que se espera de él y lo que ha de hacer el estudiante de ocultismo".

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La fe y la voluntad

La voluntad se desarrolla por la acción y se fortalece por la fe. Los movimientos voluntarios del cuerpo, como el andar, los efectuamos porque estamos seguros de ello. El temor y la duda paralizan la voluntad y engendran impotencia; pero la esperanza y la fe obran maravillas. El abogado o el médico sin fe en su aptitud incurrirán en errores, y si sus clientes los echan de ver, se irá desacreditando; pero el charlatán o el ignorante lograrán éxito si tienen confianza en sí mismos.

Edward Bulwer-Lytton

Edward Bulwer-Lytton
(1803-1873)

Dice Bulwer-Lytton [Wikipedia, español] que las víctimas del espectro son los que quisieran aspirar y temen. El temor y la duda son los infernales hijos de la ignorancia que arrastran al hombre a la perdición, mientras que la fe es el ángel de blancas vestiduras que le presta sus alas y le infunde poder. Krishna le dijo a Arjuna, que quien duda perece.

La fe es el conocimiento del alma; y por lo tanto, mejor es fe sin erudición que erudición sin fe; la fe ciega sin conocimientos es más útil que los conocimientos imperfectos sin fe y por consecuencia sin acción.

La fe robusta, aunque se apoye en un concepto erróneo, obra poderosamente intensificando la imaginación de suerte que exalta la imaginación, fortalece la voluntad, destierra el dolor, cura las enfermedades, excita el heroísmo y transmuta el infierno en cielo.

El único modo de fortalecer la voluntad es obrar de conformidad con la ley. Cada acción engendra un nuevo impulso que acrecienta la energía ya existente. Las acciones buenas aumentan el poder para el bien; las acciones malas, el poder para el mal; pero quien obra por impulsos externos carece de voluntad propia, y si obedece a sus impulsos inferiores se convierte pasivamente en criminal o mentecato.

Los horrendos crímenes suelen perpetrarse sin provocación suficiente, porque el criminal no tiene fuerzas para resistir el impulso que le mueve a perpetrarlo. Más que malvado, es un ser débil y casi irresponsable, esclavo de los impulsos que le dominan e instrumento inconsciente y víctima de quien sabe excitar sus emociones. Le sucede lo que a los soldados de dos ejércitos contrarios, que sin ser necesariamente enemigos personales, se matan por exacerbamiento de la pasión.

Cuanto más cedan a sus impulsos, tanto más disminuirá su resistencia y en su debilidad estará su ruina. Poco vale ser pasivamente bueno, si así llamamos a la abstención del mal. Quien no hace ni bien ni mal de nada sirve. Una piedra, un animal, un imbécil pueden tenerse por buenos porque no obran mal. Un hombre que cien años viva, puede no haber sido de mayor utilidad que una piedra.*


* "Al que no es fervoroso ni frío, sino tibio, lo eliminará la Naturaleza". Biblia.[Apocalipsis 3:16]


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Desarrollo de la voluntad

Todo tiene en la Naturaleza aspecto trino y actividad también trina. La Voluntad no es excepción de esta regla. En su aspecto inferior la Voluntad es la fuerza motora de las funciones voluntarias e involuntarias del organismo físico y su centro activo está en la médula espinal. En su aspecto elevado la fuerza impulsiva de la actividad psíquica está difundida por la sangre que viene del corazón y vuelve a él, y sus acciones están o pueden estar gobernadas por la inteligencia que obra en el cerebro mediante los impulsos, influencias y auras que de él irradian. En su aspecto superior la Voluntad es una fuerza viva y consciente concentrada en la Sabiduría.

Éliphas Lévi

Éliphas Lévi (1810-1875)

La voluntad potente ha de estar libre de deseos. Si deseamos un objeto, no lo atraemos, sino que nos atrae. Dice Eliphas Levi que la voluntad cumple cuanto no desea. [2] En la vida cotidiana vemos la verdad de esta paradoja, porque quienes ansían fama, riquezas o amor, por lo general no encuentran más que desengaños. El rico avariento es más pobre que el mendigo, y la felicidad es una sombra que huye del que la busca en los goces materiales. El modo más seguro de enriquecerse es contentarse con lo que se tiene; el modo más seguro de obtener poderío es sacrificarnos por los demás; y si deseamos amor, hemos de amar al prójimo para que el amor ajeno caiga sobre nosotros como la lluvia sobre la tierra.

[2. En español: Las Paradojas de la Alta Ciencia, La Paradoja 7: /magic/eliphas-levi/paradojas/paradoja-7-la-voluntad-realiza-todo-que-ella-no-desea.htm ]

La educación de la voluntad es un proceso de crecimiento cuya única eficacia está en la obediencia a la Ley universal. Si queremos dominar la naturaleza, hemos de obedecer las leyes naturales; si queremos poderes espirituales, hemos de obrar conforme a las leyes del espíritu. Entonces seremos dueños de la Naturaleza y de Dios y nuestra voluntad será inestimable instrumento para cumplir la ley; pero en tanto esté la voluntad dominada por los deseos personales, no la gobernaremos nosotros, sino nuestros deseos. Mientras cedamos a la naturaleza pasional, no podremos ser dioses; sólo cuando cumplamos la voluntad del Dios interno nos libertaremos de la esclavitud de los elementos animales y nuestro verdadero Yo será el dueño.

El hombre en su juventud apetece los goces materiales de la tierra para satisfacción de su cuerpo físico. Al adelantar en edad desecha los juguetes de la niñez y busca algo de mayor valía. Entra en la esfera de las ocupaciones intelectuales, y tras años de labor advierte que ha perdido el tiempo en pos de una sombra. Tal vez convierta sus pensamientos al amor y se dipute por el más afortunado mortal; pero más o menos tarde se convencerá de que los ideales sólo se hallan en el mundo ideal.

Echará de ver la oquedad de las sombras perseguidas, y como la mariposa al romper la crisálida, extenderá sus antenas por el reino del infinito espíritu, asombrándose de ver un sol radiante, donde temía encontrar obscuridad y muerte. Unos descubren esta luz más pronto que otros, y muchos engañados por ilusoria luz, perecen como el insecto que se abrasa las alas en la llama de la vela que confunde con la luz del sol.

La vida es una continua batalla entre el error y la verdad; entre las aspiraciones espirituales y las apetencias de los instintos animales. Dos gigantescos obstáculos entorpecen la senda del progreso: el erróneo concepto de la naturaleza de Dios y el de la del hombre. Mientras prevalezca la creencia en un Dios personal y extracósmico que arbitrariamente premia a unos y castiga a otros; un Dios a quien puede persuadir, con quien puede disputar y también puede apaciguar el hombre, se detendrá en los estrechos límites de su ignorancia, sin explayar más allá de su mente.

No favorece el progreso del hombre la esperanza en las delicias del cielo, pues si renuncia a los placeres materiales o se abstiene de obrar mal, no lo hace por amor al bien, sino por la egoísta esperanza de premio o por el cobarde temor de castigo. No hemos de obrar bien por egoísmo personal, sino por imperio del deber. El bueno es sabio; el necio espera recompensa, el sabio justicia. El sabio conoce que, al beneficiar al mundo, se beneficia a sí mismo, y quien daña a otro es su propio verdugo.

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El poder de la vida

¿Con qué poderes beneficia el hombre al mundo? No los tiene de por sí. Ni aún le pertenece la substancia de su constitución material, pues se la prestó la Naturaleza y se la ha de devolver. No puede utilizarla para otro fin que el indicado por la Voluntad, como función del principio universal: el Espíritu.

El hombre en su aspecto personal y limitado es la manifestación del principio universal en una forma individualizada, y cuantos poderes posee pertenecen al Espíritu. Como todas las demás formas de la Naturaleza, recibe vida, luz y energía de la fuente universal de Vida, y goza de su posesión durante un corto período, mas sin poder alguno que propiamente pueda llamar suyo.

Así tampoco la luz, la lluvia, el aire y la tierra pertenecen a la planta, sino que son elementos universales de la Naturaleza que favorecen el crecimiento de la planta, sea rosal o cardo, pues su función es desarrollar la semilla, y concluida esta labor, el organismo en que emplearon su actividad vuelve a la tierra. Entonces nada pertenece realmente a la planta; pero la semilla persiste luego de madura, independientemente del organismo padre, y entraña el carácter de su respectiva especie.

La vida, la sensación y la conciencia no son propiedades del hombre personal, puesto que él no las produce. Son funciones del espíritu universal y pertenecen originariamente a Dios. La Vida única proporciona los principios constitutivos del organismo llamado Hombre, tanto en la forma del bueno como en la del malo. Favorecen la germinación de la inteligencia humana y acabada su labor vuelven estos elementos a la fuente universal de Vida.

El germen de la Divinidad es lo único verdadero en el hombre, lo único capaz de existencia individual, pues no es hombre, sino un espíritu idéntico al Espíritu universal y uno de Sus hijos. ¿En cuántos hombres madura el germen divino durante la existencia terrena? ¿Cuántos mueren antes de que brote? ¿Cuántos ignoran la existencia de este germen? ¿Quien responderá a estas preguntas?

Al Principio universal pertenecen las funciones de Voluntad, Vida y Luz, cuyo fundamento es el Amor. A este Principio universal pertenecen todas las fuerzas primarias que forman el universo y el hombre, y únicamente cuando el hombre se identifica con el Espíritu tiene poder propio.

Pero la Voluntad del Espíritu universal es idéntica a la Ley, y el hombre que obra contra la Ley contraría la Voluntad de Dios; y como Dios es el verdadero Yo del hombre, el que contraría la Ley es enemigo de sí mismo.

Por lo tanto, el primero y más importante objeto de la vida del hombre es conocer la Ley para obedecerla e identificarse así con Dios. El que conoce la Ley se conoce a sí mismo, y el que conoce su Yo divino conoce a Dios.

El único poder peculiar del hombre es el conocimiento de sí mismo, porque lo adquirió con auxilio de las potencias prestadas por Dios. No es el "conocimiento" de las ilusiones de la vida, por lo falso y perecedero; ni tampoco es la erudición intelectual, que ha de agotarse algún día, sino el conocimiento espiritual del corazón, por cuyo medio descubre la verdad existente en lo íntimo de su ser.

Lo que hemos dicho de la Voluntad se puede aplicar también a la Imaginación. Si el hombre deja en reposo sus pensamientos y se eleva a la esfera del supremo ideal, su mente será un espejo reflector de los pensamientos de Dios, en que vea el pasado, el presente y el porvenir, pero si especula en el reino de las ilusiones, verá la verdad contrahecha por sus propias alucinaciones.

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Reglas de la vida

El conocimiento de Dios y el conocimiento del hombre son al fin y al cabo idénticos, y quien se conozca a sí mismo conocerá a Dios. Conoceremos la Ley cuando comprendamos la naturaleza de los atributos divinos en nosotros. Entonces nos será fácil unir nuestra voluntad con la Voluntad suprema y ya no estaremos sujetos a las influencias del plano astral, sino que seremos sus directores. Los dioses vencerán a los titanes; Sophia (Sabiduría divina) aplastará la cabeza de la serpiente; quedarán aniquilados los demonios de nuestro propio infierno y en vez de ser esclavos de las ilusiones seremos súbditos de la Sabiduría.

Suele decirse que nada importan las creencias del hombre con tal de que obre bien; pero no cabe obrar bien con certeza sin conocer la verdad. Las creencias del mayor número no son siempre verdaderas y la voz de la razón queda frecuentemente sofocada por el clamoreo de una superstición basada en una errónea doctrina teológica. Toda creencia errónea es perjudicial al progreso en proporción de su universalidad, pues se apoya en la ilusión al paso que el conocimiento se funda en la verdad. Así el más insigne instructor religioso recomendaba la verdadera creencia como primer paso en el Noble Sendero Óctuple.*


* Los ocho grados del Noble Sendero Óctuple, para encontrar la verdad, son los siguientes, según la doctrina del Gautama Buddha:

  1. Justa Creencia
  2. Justo Pensamiento
  3. Justa Palabra
  4. Justa Doctrina
  5. Justos Medios de Vivir
  6. Justo Esfuerzo
  7. Justa Memoria [atención, "mindfulness"]
  8. Justa Meditación [samadhi]

Quien recuerdo estos augas y obre de conformidad con ellos, se librará del pesar y se salvará de los renacimientos futuros con sus consiguientes miserias.


Puede ser útil recordar las siguientes reglas:

1. No creas que haya en el Universo nada superior a tu divino ser, y sabe que serás exactamente lo que quieras ser. La verdadera religión es el conocimiento de la divina verdad. Los ídolos son juguetes pueriles.

2. Aprende que el hombre es esencialmente una parte componente e integrante de la humanidad universal, y lo que un hombre hace recae en todos.

3. Advierte que la naturaleza humana es una encarnación de ideas, y que su cuerpo físico es el instrumento que le facilita el contacto con la materia y no debe usarlo con malignas intenciones. No lo ha de mimar ni afligir.

4. No consientas que nada relacionado con tu cuerpo físico, tu comodidad o las circunstancias en que te halles, alteren tu equilibrio mental. No ansí es nada en el plano material, y vive en él sin dejar de dominarlo. De materia están formados los peldaños de la escala por donde subimos al reino de los cielos.

5. No esperes nada de nadie, pero está siempre pronto a ayudar a los demás en cuanto puedas según justicia. Teme infringir la ley moral, y no sufrirás. No esperes recompensa si quieres evitar desengaños, ni anheles amor, simpatía ni gratitud de nadie; pero está siempre dispuesto a concederlos a todos, pues estos bienes morales llegan cuando no se apetecen.

6. Aprende a discernir lo verdadero de lo falso, y obra de acuerdo con tu supremo ideal.

7. Aprende a estimarlo todo (incluso tú mismo) en el verdadero valor de sus varios aspectos. Quien desprecia a un superior es necio, y quien venera a un inferior es un mentecato. No basta creer en el valor de una cosa, sino que es preciso comprobarlo, pues de lo contrario será como tesoro escondido en arca de avaro.

* * *

Dice Luis Claudio de Saint-Martin (el Filósofo desconocido): [Primero en traducir los escritos de Jakob Böhme del alemán al francés.] [Wikipedia, español] says:

"He aquí lo que debe practicar el hombre divinamente regenerado:

Ni un solo deseo desacorde con la Ley.

Ni una idea que no sea sagrada comunicación con Dios.

Ni una palabra que no sea soberano decreto.

Ni una acción que no derive de la vivificante regla de la Palabra.

De lo contrario, nuestros deseos serán falsos, porque vienen de nosotros mismos.

Nuestros pensamientos son vagos y están corrompidos por la adulteración.

Nuestras palabras ineficaces, porque las embotamos en ociosas conversaciones.

Nuestras acciones insignificantes y estériles, porque derivan de nuestras palabras".

La más hermosa lección de perfeccionamiento espiritual nos la da el Bhagavad Gitá al decir:

"Sumerge tu pensamiento en Mí; sé Mi devoto; sacrifica en Mi honor; póstrate ante Mí. De este modo llegarás a Mí".*

Y la oración dominical dice:

"Hágase tu voluntad así en la tierra (nuestra naturaleza material) como en el cielo (nuestra naturaleza espiritual)".


* Bhagavad Gita, xviii. 65.


Estas y otras parecidas enseñanzas no tienen nada de nuevo, pues las dieron ya los antiguos rishis y munis, Confucio, Zoroastro, Buda, Cristo, Mahoma, Platón, Lutero y los más insignes reformadores. Están expuestas en sermones, libros, apólogos y leyendas. Todos las oyeron o leyeron aunque pocos las escucharan y entendieran y menos aún las practicaran. Fácil es aprenderlas, difícil comprenderlas y divino practicarlas.

Las supremas verdades espirituales no pueden percibirse intelectualmente, ni el raciocinio del hombre semi-animal comprender su importancia. El hombre terreno sólo puede vislumbrar los ideales perceptibles a su visión espiritual en momentos de aspiración, para elevarse lentamente al divino plano, según vaya teniendo menos animalidad y más intuición y comprenda que la bondad no ha de servir para recabar favores del cielo y asegurar la vida puramente animal, sino que por el perfeccionamiento moral se diviniza el hombre y se convence de su existencia inmortal.

Supremas energías laten en los hombres inferiores. Son los atributos del alma espiritual que en la mayoría no ha salido aún de la infancia, pero que alcanzará su plenitud en las futuras generaciones, cuando la humanidad desde una etapa superior deje atrás a nuestra época de ignorancia y miseria, en tanto que saboree los frutos de su progresiva evolución.

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