Magia Blanca y Negra Franz Hartmann MD

La ciencia de la vida finita e infinita

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(1886)

Franz Hartmann, MD

Capitulo VI - Ilusiones

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A Christian Cross

"La razón desvanece las ilusiones y las interpretaciones visionarias de las cosas, en que se atropella la fantasía." – Dr Caird

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Poder de la imaginación

La primera potencia que encontramos en el umbral de los dominios del alma es la imaginación, la potencia plástica y creadora de la mente. El hombre tiene conciencia de su capacidad para recibir ideas y revestirlas de forma. No vive enteramente en el mundo objetivo, sino que es dueño de un mundo interior. En su mano está ser el autócrata de ese mundo, el director de todas sus creaciones y el señor de todo cuanto contiene.

Puede gobernar allí por el poder supremo de su voluntad, y si penetran ideas sin legítimo derecho de existir en él, libre es de expulsarlas o consentir que permanezcan y medren. Su razón es el gobernador supremo de ese mundo, y sus ministros son las emociones. Si la razón del hombre, extraviada por los arteros consejos de las emociones, consiente que medren malos pensamientos, llegarán a ser lo bastante poderosos para destronarla.

Este mundo interior, semejante al exterior, es un mundo propio del hombre. A veces está oscuro y a veces iluminado. Su espacio y las cosas en él contenidas son tan reales para sus habitantes como lo es el mundo físico para los sentidos corporales. Su horizonte puede ser amplio o estrecho, limitado en unos y sin límites en otros. Tiene hermosos escenarios y lugares tristes; luz solar y tormentas; formas bellas y figuras horribles. El hombre tiene el privilegio de retirarse a este mundo siempre que quiera, pues los enemigos físicos no le perseguirán allí, donde no puede entrar el dolor del cuerpo. Las molestias de la vida material quedan fuera: sólo entra en él lo que mueve su alma.

En este reino interior está el Templo del Hombre; puede cerrar las puertas a las emociones sensuales. En la entrada de este templo están los Moradores del Umbral, formados por los deseos y pasiones que hemos creado y nos es preciso vencer antes de entrar. Dentro de este templo hay un mundo tan vasto y espacioso como el universo sin límites. En este reino interior está el Dios cuyo espíritu flota sobre las aguas del abismo y cuyo fiat da la existencia a las criaturas que pueblan el reino de la mente.

En el ambiente que rodea el centro de ese mundo interior está el campo de batalla de los dioses. Allí los dioses del amor y del odio, los demonios de la lujuria, soberbia e ira, los diablos de la malicia, crueldad, venganza, vanidad, envidia y celos celebran su mascarada, revuelven las emociones, y si no los subyuga la razón, pueden fortalecerse lo bastante para destronarla.

La razón se apoya en el reconocimiento de la verdad. Cuando se desdeña la verdad aparecen las ilusiones. Si perdemos de vista lo supremo aparece lo inferior y nace una ilusión. Uno es el número de la verdad y Seis el de la ilusión; pues el seis no puede existir sin el siete, y por esto el seis son los productos visibles del Uno que se manifiesta como seis alrededor de un centro visible. Doquiera haya seis, ha de haber el siete. El seis no puede conocer al siete si el siete no se manifiesta. Dios se conoce a Sí mismo; pero nosotros no podemos conocer Su presencia, a menos que esta presencia se manifieste en nosotros. Uno es el número de vida, y seis el de las sombras sin vida propia.

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Formas animales

Las formas sin vida son ilusiones y aquel que toma la forma por la vida o principio que aquella expresa, es víctima de una ilusión. Las formas perecen, pero el principio que origina su existencia, perdura. El objeto de las formas es representar los principios, y mientras una forma sea fiel representación de un principio, la vivificará; pero si a una forma se la fuerza a servir a otro principio distinto de aquel que le dio existencia, quedará degradada.

Las formas irracionales producidas por la naturaleza son perfectas expresiones de los principios que representan; únicamente los seres racionales son hipócritas. Todo animal es fiel expresión del carácter representado por su forma; pero en cuanto apunta la intelectualidad empieza el engaño. Cada forma animal es un símbolo del estado mental que caracteriza su alma, porque no es de por sí el arbitrario originador de su forma; pero como el hombre racional tiene poder creador, si prostituye un principio en una forma por otra, gradualmente adoptará ésta la configuración característica del principio prostituido para llegar a ser con el tiempo su fiel expresión.

Así vemos que si un hombre de noble apariencia se vuelve avaro, gradualmente toma el vil aspecto y el andar furtivo de un animal de rapiña; el lascivo puede adquirir las costumbres y tal vez la apariencia de un mono o de un chivo; el marrullero toma aires de zorro y el presumido de asno.

Si nuestros cuerpos estuvieran formados de materia más etérea y plástica que la de los músculos y huesos, cada cambio de nuestro carácter produciría enseguida un cambio correspondiente en nuestra forma; pero la materia densa es perezosa y obedece muy lentamente las impresiones recibidas del alma. La materia de las formas astrales es más plástica, y el alma de una persona malévola puede compararse a un estanque lleno de víboras y escorpiones, símbolo de las características morales reflejadas en su mente. Una generación de santos produciría con el tiempo una nación de Apolos y Dianas; una generación de gentes ruines produciría monstruos y enanos. Para conservar la hermosura original de la forma, debe mantenerse el principio puro y sin alteración.

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Pureza

Un color fundamental del espectro solar es de por sí tan puro como otro cualquiera; un elemento es puro si no está mezclado con otro. el cobre de por sí es tan puro como el oro sin liga; las emociones son puras si están libres de extraños elementos. Las formas son puras cuando representan sus principios en toda su pureza. Un malvado que se muestra como tal, es puro y fiel a su índole; un santo que finge es impuro y falso. Las modas expresan los estados mentales de un país, y si degenera el carácter de las gentes, las modas serán extravagantes.

Causa de sufrimiento es no poder discernir entre lo verdadero y lo ilusorio, entre la forma y el principio, con el subsiguiente error de tomar lo bajo por lo elevado. Generalmente se consideran los intereses materiales del hombre como de suprema importancia, y se olvidan los intereses de los superiores elementos de su constitución. Las fuerzas que debieran emplearse en alimentar lo alto se consumen en lo bajo. En vez de servir lo inferior a lo superior, lo superior sirve a lo inferior, y en vez de utilizar la forma como instrumento de acción de un principio elevado, se substituye el superior por el inferior, al objeto de servir a la forma.

La prostitución del principio en favor de la forma se encuentra en todas las esferas de la vida social, en ricos y pobres, letrados e ignorantes, en los tribunales, en la prensa, en el púlpito, no menos que en las lonjas de los comerciantes y en el trato de la vida diaria. La prostitución del principio es peor que la del cuerpo, y así el que emplea sus facultades inteligentes en intentos egoístas con miras viles, merece más compasión que la mujer que para mantenerse vende su cuerpo. La prostitución de los derechos universales de la humanidad en beneficio de unos cuántos individuos es la forma más peligrosa de prostitución.*


* La grosera prostitución del cuerpo y la refinada prostitución de las facultades intelectuales con fines egoístas, se diferencian solamente en que la primera abusa de las más groseras partes del organismo humano, mientras que la segunda abusa de los más nobles y superiores elementos. Pocas mujeres se prostituyen por natural inclinación, pues en la mayoría de los casos son víctimas de circunstancias a que no pudieron sobreponerse; pero los prostitutos intelectuales pertenecen por lo general a las clases altas de la sociedad que desconocen la miseria y la pobreza.


Aplicar las facultades intelectuales a fines egoístas es el comienzo de la prostitución intelectual. Benditos los capaces de ganarse la vida con honradas manos, porque una ocupación que demande poco esfuerzo intelectual le permitirá emplear sus potencias en el desarrollo espiritual; mientras que quienes consumen toda su energía mental en los planos inferiores venden su inmortal primogenitura por un plato de lentejas que nutre su mente inferior mientras que desfallece el alma.

No menos que el cuerpo necesita alimento el alma. El corazón se extenúa cuando el cerebro se harta. El alimento del alma proviene de la acción del espíritu en el cuerpo y tan "material" necesario le es este alimento como los manjares al cuerpo. Las emociones no alimentan al alma porque pertenecen al cuerpo astral. El alimento del alma proviene del cuerpo material por el poder de la divina luz del espíritu que arde en el corazón.

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Ilusión de uno mismo

La mayor ilusión es la del "yo". El hombre material se considera independiente de toda otra existencia. Su forma le forja la ilusión de ser una parte separada del todo.

Sin embargo, no hay un solo elemento en su cuerpo, en la constitución de su alma, o en el mecanismo de su inteligencia, que no se elimine y sea reemplazado por otros. Lo que hoy le pertenece perteneció ayer a otro hombre y pertenecerá mañana a otro. su forma física está cambiando continuamente. En el cuerpo de los seres organizados, los tejidos desaparecen pronta o lentamente, según la naturaleza de sus afinidades, y otros le suceden para ser a su vez reemplazados.

El cuerpo cambia de tamaño, configuración y densidad al avanzar la edad, presentándose sucesivamente las características de pujante salud en la mocedad, la vigorosa constitución de la edad viril o la gracia y la hermosura femenina, hasta que los atributos de la vejez predicen el decaimiento y paralización de la actividad en aquella forma individual.

No menor es el cambio de la mente. Los deseos y sensaciones cambian, la conciencia se altera, la memoria se debilita. Nadie conserva las opiniones de su niñez; el conocimiento aumenta, la inteligencia se debilita, y tanto en el plano mental como en el físico, cesa la actividad especial cuando la energía acumulada se agota por haberse transformado en otras modalidades de acción o haberse transferido a otras formas.

Los inferiores elementos materiales de la constitución del hombre cambian rápidamente y los superiores lentamente. Sólo perduran los supremos. Se puede decir que nada pertenece esencialmente al hombre más que su carácter. Quien mucho atiende a sus elementos inferiores, atiende a lo que no es suyo, pues se lo prestó la naturaleza. Mientras se goza en ellos, se forja la ilusión de que son parte esencial de sí mismo; y sin embargo, no son más suyos que la ropa que lleva. Su verdadero Yo es su carácter, y el que pierde la pureza y vigor de su carácter, pierde cuanto posee.

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Ilusión de dinero

Uno de los reyes de la ilusión es el dinero, soberano del mundo. El dinero representa el principio de equidad y debe servir para que cada cual reciba la justa equivalencia de su trabajo. Si deseamos más dinero del que nos corresponde, deseamos lo que pertenece a otro, y si nos aprovechamos de un trabajo no retribuido equivalentemente, cometemos una injusticia y agraviamos a la verdad con mayor pérdida para nosotros que el dinero defraudado.

El dinero de por sí es un símbolo del principio que representa. Tan sólo este principio tiene existencia real, y sin embargo, vemos al mundo postrado a los pies de la ilusión. Los pobres lo codician, los ricos lo acumulan, y en general, todos apetecen la mayor retribución con el menor equivalente posible. Hay sacerdotes que salvan almas y médicos que curan cuerpos, por dinero; la ley se vende a quien la paga; por dinero se obtienen fama, reputación y remedos de amor; y la valía de un hombre se estima por la suma de monedas que llama suyas.

El hambre amenaza a los pobres, y las consecuencias de la superabundancia a los ricos que se aprovechan de la miseria de los pobres para acrecentar su riqueza. La ciencia se esfuerza en aumentar las comodidades materiales del hombre, vence los obstáculos opuestos por el tiempo y el espacio, y convierte la noche en día.

Se inventan nuevas máquinas y el trabajo que en otra época necesitaba mil brazos lo lleva a cabo ahora un niño, ahorrando así muchísima fatiga y trabajo personal; pero al aumentar los medios de satisfacer el ansia de bienestar, se despiertan nuevas ansias, y lo que antes se consideraba superfluo es ahora necesario. Las ilusiones engendran ilusiones, y de unos deseos nacen otros. Se olvida el principio, y se pone en su lugar el becerro de oro. Sobreabunda la producción, la oferta excede a la demanda, los jornales descienden a tipos ínfimos y del podrido suelo brotan los hongos del monopolio. Cuanto mayores facilidades hay de sostenerla, más empeñada es la batalla de la vida.

La inteligencia, cuyo destino es servir de sólida base al supremo conocimiento espiritual del hombre, se ve forzada a emplearse en la satisfacción de los instintos animales. El cuerpo prospera mientras el espíritu desmaya como mendigo en el reino de la verdad.

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Ilusión de amor

Del amor propio nace el deseo de posesión, la monstruosa hidra de ansias nunca satisfecha, junto a la ilusión del yo está la ilusión del llamado amor que cuando verdadero no es ilusión, sino la fuerza que une los mundos y un atributo del espíritu cuya sombra es la ilusión del amor. El verdadero amor anhela la felicidad del objeto amado; pero el amor animal se complace en sí mismo y sólo apetece goces. El verdadero amor sobrevive a la forma amada; el amor ilusorio muere al morir la forma amada.

La mujer ideal es corona de la creación y tiene derecho a que el hombre la ame. El hombre que no ama la belleza no tiene en sí el elemento de belleza. El hombre ama la belleza y la mujer la fuerza. El esclavo de sus deseos es débil y no puede obtener el respeto de la mujer, que si le ve agitado por instintos animales le mirará como un animal y no como su protector y dios.

El amor conyugal es ley de la naturaleza y una necesidad para la propagación de la especie; pero por muy delicadas que sean las relaciones entre los cónyuges, el comercio sexual pertenece a la inferior y no a la superior naturaleza del hombre. La mutua atracción de los animales no es menos hermosa y a menudo más pura que la de entre la especie humana, pues las aves del aire no se aparejan con la mira puesta en el dote y algunas veces sucumbe uno de ellos de pena por la muerte de su compañero.

Quien no haya trascendido todavía su naturaleza terrena suspirará por amor mundano. El celibato forzoso es un crimen de esa naturaleza y el motivado por las circunstancias un infortunio: mas como para el alma espiritualmente desarrollada hay otro atractivo mayor, el verdadero sacerdote no necesita que la disciplina le someta al celibato, pues ya es de por sí un célibe natural, un habitante del reino celeste donde no existe el matrimonio mundano.

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Ilusión de vida

Otra ilusión es el deseo de vida física, y está bien que la desee quien carece de carácter propio, por haberlo perdido, y al perder la vida pierde cuanto tiene. Los individuos se apegan a la ilusión de la vida porque no saben qué es. Prefieren la infamia, la deshonra y el sufrimiento a la muerte. La vida es un medio que conduce a un fin y por esto tiene valor; pero ¿por qué ha de ser la vida tan deseable, que se prefiera sacrificar el carácter a perderla? La vida es condición temporal entre miles de otras semejantes por las cuales pasa la individualidad humana en sus viajes por el sendero de perfección, y el permanecer más o menos tiempo en una estación no debiera importarle gran cosa. El hombre no puede hacer mejor uso de su vida que sacrificarla, si es necesario, en bien del prójimo, porque esta acción vigoriza su individualidad dándole la energía necesaria para renacer en nueva forma.

Por otra parte, quien deserta por egoísmo o por temor de las batallas de la vida, no escapará a la lucha. Puede destruir su cuerpo, pero no engañar a la ley. La vida permanecerá en él hasta el término natural de sus días. No puede destruirla; sólo puede privarse del instrumento de actuación. Se parece al hombre que ha de hacer cierto trabajo y echa a perder el instrumento que le hubiera facilitado hacerlo. Su arrepentimiento será vano.

Otra ilusión es buena parte de la llamada "ciencia". El verdadero conocimiento liberta al hombre; pero la falsa ciencia le esclaviza a las opiniones ajenas. Muchos hombres malgastan la vida en aprender fruslerías y desdeñan lo verdadero tomando lo ilusorio y perecedero por lo eterno. Generalmente el estudio no es fin sino medio de que el estudiante se vale para lograr riquezas, posición y nombradía o satisfacer su ambiciosa curiosidad. La verdadera riqueza de un hombre o de una nación no consiste en opiniones discutibles, sino en permanentes prendas espirituales.

Nada más ocasionado al refinamiento del egoísmo, que la muy potente intelectualidad sin la correspondiente espiritualidad. Un alto grado de intelectualidad capacita para oprimir a los lerdos, por lo que se necesita mucha fuerza moral contra la tentación. Los más célebres criminales y bellacos fueron gentes de talento.

Los colegios no enseñan lo que verdaderamente necesita saber el hombre y sin lo que no conocerá su real e imperecedera naturaleza. El estudiante más afortunado es aquel a quien Dios enseña. "Bienaventurado aquel a quien le enseña la sabiduría, no por símbolos y palabras perecederas, sino por su inherente poder; no por lo que parece ser, sino por lo que es." *


* Tomás de Kempis. [Místico cristiano 1380–1471 Wikipedia. Cita presumiblemente de De la imitación de Cristo. PDF está en esta carpeta (inglés): /christian/ ]


Ilusión es también el deseo de fama y poderío.

El verdadero poder es atributo del espíritu. Si me obedecen porque soy rico, no soy yo el que obtengo obediencia, sino mis riquezas. Si me llaman poderoso porque ejerzo autoridad, no soy yo el poderoso, sino la autoridad de que estoy investido. Las riqueza y la autoridad son ilusiones que rodean a los hombres y que a menudo desaparecen apenas forjadas. A veces cobra fama quien no la merece. El hombre más honrado es el que tiene motivo para respetarse a sí mismo.

Alexander Pope

Alexander Pope (1688-1744)

El lugar de nacimiento y las condiciones de vida no son, por lo general, de nuestra elección, y nadie tiene derecho a menospreciar a otro por su nacionalidad, religión, raza o posición que ocupe en el mundo. Cuando un actor desempeña el papel de rey o de criado, no se le debe menospreciar con tal que lo desempeñe bien.

Como dice Pope:

"El honor y la deshonra no dependen de las condiciones en que nos veamos. La honra está en cumplir debidamente nuestro oficio."

– Pope

español: es.wikipedia.org/wiki/Alexander_Pope

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Religión

Una de las mayores ilusiones es mucho de lo que se conoce con el nombre de religión; no la religión en sí misma sino su máscara en las diversas figuras de clericalismo, superstición y ortodoxia. Cada sistema religioso es una expresión de la verdad; mas para descubrir en él la verdad es necesario poseerla.

Así como el espíritu del hombre sólo puede existir y manifestarse en este mundo por medio del cuerpo, así toda iglesia, por espiritual que sea su alma, tiene un organismo externo, físico, animal y mental, compuesto por la comunidad religiosa y sus doctrinas, credos, teorías y especulaciones, sin que pueda separarse el organismo espiritual de los principios inferiores, pues tal separación causaría la muerte de la iglesia visible.

Por lo tanto, el yo inferior de la iglesia lucha por la vida y se basa en el egoísmo, mientras que su cúspide penetra en los cielos. A lo sumo cabe esperar que la espiritualidad de la cima llegue a la base y que todo fiel halle la verdad contenida en su sistema religioso por su propia luz y no por la prestada de absurdas creencias y desvariadas especulaciones, porque la verdad no necesita otra luz que ella misma.

Hay otras ilusiones que sobrevienen espontáneamente y persisten aún cuando nos moleste su presencia. Son los enojosos visitantes llamados temor, duda y remordimiento, hijos del egoísmo y de la cobardía, nacidos en el reino de tinieblas. Su materia substancial es la ignorancia que sólo puede disipar la magia del verdadero conocimiento y así viven los hombres temerosos de una ilusoria potestad vengativa y mueren por temor a males imaginarios.

Temen los efectos de causas que no obstante siguen creando, y sin valor para arrostrar sus naturales consecuencias tratan de eludirlas. Toda acción crea una causa seguida de un efecto que recae en el creador de la causa, ya en esta vida ya en otra. Para neutralizar el efecto de la causa creada, debe transformarse en otro hombre. Si sus principios inferiores le indujeron a error, sufrirá por ellos; pero si logra vivir en su naturaleza superior se transmutará en otro ser superior.

Tan sólo en este sentido es Cristo en todo hombre el "Cordero" que toma sobre sí los pecados del mundo. El cordero es símbolo de la obediencia a la divina ley; la obediencia es sabiduría; la sabiduría es conocimiento de sí mismo que a su vez es divinidad, y quien alcanza la divinidad se identifica con la ley y no peca más. Esta es la única filosofía racional del "perdón de los pecados", y los sacerdotes podrían perdonar los pecados si fueran capaces de convertir al pecador en santo.

Sin embargo, esto sólo puede lograrse por los esfuerzos individuales del "pecador" aleccionado por un sabio. Para ser lo suficientemente sabio y enseñar a otro lo referente a las leyes de su naturaleza, es de suma importancia que el instructor conozca estas leyes y la verdadera constitución del hombre.

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Poder de la razón

La verdad es el salvador del hombre; la ignorancia es su perdición. La razón es la facultad mental que reconoce la verdad, cuya luz disipa las sombras de la duda, temor y remordimiento.

El verdadero conocimiento desvanece las ilusiones. Cuando la voluntad está suspensa, la imaginación es pasiva y la mente refleja sin discernimiento las imágenes almacenadas en la luz astral. Cuando la razón no guía a la imaginación, la mente forja desordenadas fantasías y alucinaciones.

El vidente pasivo sueña despierto y toma por realidades los sueños producidos por extrañas ideas que invaden las mentes débiles y según su origen pueden ser verdaderas o falsas. Se han empleado varios medios para suspender la facultad discerniente de la razón, de suerte que la imaginación se vuelva anormalmente pasiva; mas todas estas prácticas son tanto más dañosas cuanto más eficaces. Las antiguas pitonisas procuraban acrecentar su ya anormal capacidad receptiva por la aspiración de vapores nocivos y algunas danzaban hasta que las funciones de la razón se suspendían temporalmente; otros usaban opio, cáñamo indio y demás narcóticos que anublan la mente y forjan morbosas quimeras e ilusiones.*


* Las fumigaciones empleadas en la antigüedad con propósito de paralizar la razón, de modo que los frutos de la pasiva imaginación tomaran estado objetivo, se confeccionaban generalmente con narcóticos. La sangre se usaba sólo para nutrir a los elementales y elementarios y volver sus cuerpos más densos y visibles.

Cornelio Agrippa Hágase un polvo de esperma de ballena, madera de áloe, almizcle, azafrán y tomillo, rociándola con la sangre de una abubilla. Si este polvo se quema sobre una tumba, la forma etérea del muerto quedará atraída hasta el punto de hacerse visible.

Eckartshausen experimentó con buen resultado esta otra receta: Mézclese incienso en polvo y harina con un huevo; se añade leche, miel y agua rosada, se hace una pasta y se echa una parte de ella en las brasas.

Otra receta dada por el mismo autor, consiste en cicuta, azafrán, áloe, opio, mandrágora, beleño, amapolas y algunas otras plantas venenosas. Después de ciertas preparaciones que describe, hizo el experimento y vio el espectro de la persona que deseaba ver; pero poco le faltó para envenenarse. El Dr.Horst repitió el experimento con el mismo resultado favorable, y durante muchos años después, siempre que miraba hacia algún objeto obscuro, veía de nuevo la aparición.

La química ha adelantado desde aquella época, y quienes deseen hacer estos experimentos con riesgo de su salud, disponen ahora de la inhalación de algunos de los gases narcóticos conocidos de la química.


Los adivinos y clarividentes emplean varios medios para fijar la atención, suspender el pensamiento y hacer pasivas sus mentes; otros se miran al espejo, en un cristal, agua o tinta; * pero el iluminado hace su imaginación pasiva por medio de una completa tranquilidad mental en toda circunstancia.


* Hay varias recetas para la preparación de espejos mágicos; pero el mejor de nada le servirá a quien no sea clarividente y pueda poner en acción esta facultad concentrando su mente en determinado punto: un vaso de agua, tinta, cristal o cualquier otra cosa; porque estas cosas no se ven en el espejo sino en la mente. El espejo sólo sirve para favorecer la clarividencia. El mejor espejo mágico es el alma humana, que debe mantenerse siempre pura, protegiéndola contra el polvo, la humedad y el moho, para que no se manche y permanezca perfectamente limpia, capaz de reflejar la luz del espíritu divino en su original pureza.


La superficie de un lago turbulento refleja quebradas las imágenes que recibe, y si los elementos del mundo interior están confusos, si las emociones luchan entre sí y la agitación de las pasiones molesta a la mente, si el cielo del alma está nublado con ideas preconcebidas, obscurecido por la ignorancia, alucinado por locos deseos, se verán torcidas las verdaderas representaciones de las cosas.

El principio divino en el hombre permanece inalterable como la imagen de una estrella reflejada en el agua; pero si su morada no es clara y transparente, no podrá emitir sus rayos a través de los muros circundantes. Cuanto más braman las emociones, más se perturba la mente, y el espíritu se encierra en su cárcel interior; o si pierde del todo su influencia sobre la mente, pueden ahuyentarlo las mismas fuerzas que no alcanza a gobernar, y rompiendo la puerta de su cárcel vuelve a su origen.** Pero mientras el Cristo sea uno de los pasajeros del bote zarandeado por las olas de la vida interior, estará siempre dispuesto a salir, extender su mano (manifestar su poder) y sosegar las aguas. entonces cesará de rugir la tormenta y recobrará el alma su tranquilidad.


** Ver H. P. Blavatsky: "Isis sin velo". [Pdf en inglés en: /blavatsky/ ]

La autora dice: "Tal catástrofe puede ocurrir mucho antes de la separación final del principio de vida del cuerpo. Cuando llega la muerte, su agarre férreo y pegajoso encuentra trabajo con la vida como siempre; pero no hay más alma para liberar. Toda la esencia de este último ya ha sido absorbida por el sistema vital del hombre físico. La muerte sombría libera pero un cadáver espiritual, en el mejor de los casos, un idiota. Incapaz de elevarse o despertarse del letargo, pronto se disuelve en los elementos del atmósfera terrestre."


Quien deja que la razón pierda el dominio sobre la imaginación, abusa de una de sus mayores prerrogativas. La verdadera meditación no consiste en hacer la mente pasiva a influjo del plano astral, ni tampoco en los sueños. Es un estado en que la mente no vaga por los reinos de la imaginación, sino que el alma la mantiene tranquila para recibir la luz del espíritu.

Dice el Patanjali:

Yoga es el ejercicio de la facultad de mantener suspensas las transformaciones del principio pensante.

Y añade el Bhagavad Gitá:

Cuando a menudo la mudable y veleidosa mente se desvíe, refrénala y sojúzgala bajo el dominio del Yo.*


* Bhagavad Gita, vi. 2 b. [Vea el capítulo 6 completo aquí (inglés): www.holy-bhagavad-gita.org/chapter/6/ ]

Esto no puede realizarlo la imaginación, que debe estar inactiva, ni puede la mente gobernarse a sí misma, sino por medio del poder espiritual despierto en el hombre.


El que sueña no gobierna las acciones que ejecuta en sueños, aunque sueñe que ejercita su voluntad. Las cosas que ve en sueños son para él realidades, y no duda de su substancialidad, mientras que los objetos físicos exteriores no existen para él, y ni aún tiene conciencia de la posibilidad de su existencia. Puede ver delante de sí un foso y soñar que quiere saltar al otro lado, pero no ejercita su voluntad y sólo sueña que la ejerce.

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Hipnotismo

El que está en trance magnético no tiene voluntad propia y está sujeto a la del hipnotizador. Lo que ve es real para él, y si el hipnotizador forja un precipicio en su imaginación, el sujeto experimentará y manifestará el mismo terror que si en estado normal lo encontrara abierto a sus pies. Un vaso de agua, transformada en imaginario vino por voluntad del magnetizador, puede embriagar al sujeto; y si el agua se transforma en imaginario veneno, puede dañarle o matar al sensitivo.** Un hipnotizador potente puede forjar una representación hermosa u horrible en su mente, y transfiriéndola con su voluntad a la esfera mental de un sujeto, ocasionarle aún cuando esté en condición normal, placer o sufrimiento.


** La señora Chandos Leigh Hunt, de Londres, dice en sus "Instrucciones privadas sobre el magnetismo animal," que los eméticos y embriagantes causan potísimos efectos en los sujetos.

Eliphas Levi (El abate Constant) cita el caso de unos escépticos que para satisfacer su curiosidad y ver si era verdad el magnetismo, sometieron a una pobre muchacha a experimentos hipnóticas, logrando dormirla. Después le mandaron que mirara al infierno y ella se agitó convulsivamente en súplica de misericordia; pero el hipnotizador insistió en que debía ir allá.

Entonces se descompuso horriblemente el rostro de la sujeto, se le erizaron los cabellos, puso los ojos en blanco, se le acongojó el pecho y su respiración tomó estertores de agonía.

"Ve allí, yo lo quiero," repetía el hipnotizador.

"Ya estoy", exclamó la infeliz sujeto entre dientes, y cayó desvanecida sin pronunciar media palabra más, con la cabeza sobre el hombro y los brazos colgantes. Se acercaron los presentes a tocarla con propósito de volverla en sí; pero ya era tarde. El crimen estaba consumado. La muchacha había muerto y los autores de tan abominable experimento eludieron la persecución de la justicia a favor de la incredulidad del público en estas cosas.

[Ver más Éliphas Lévi en español aquí: Las Paradojas de la Alta Ciencia /magic/eliphas-levi/paradojas/contenido.htm ]


Estos estados no sólo se pueden producir durante el sueño magnético, sino también durante la condición normal, sin consciente deseo por parte del magnetizador. Cuando el público llora durante la representación de una tragedia, aunque sepa que es ficción teatral, está parcialmente hipnotizado. Todos los días suceden centenares de casos semejantes en todos los países, y por doquier hay materia suficiente en la vida diaria para que el estudiante de psicología la examine y explique sin buscar casos anormales.

Todo esto cae bajo la denominación de ilusiones porque la razón y el discernimiento entre lo verdadero y lo falso quedan en suspenso, por lo que el individuo cree realidad lo que sólo existe en su imaginación; pero si aplicáramos este concepto a la existencia cotidiana, parecería como si el mundo entero se hallara hipnotizado, pues pocos hay capaces de ver la verdad o de discernir entre lo verdadero y lo falso y pocos también los que obren de conformidad con la razón.

Siempre que se examina cuidadosamente la forma externa de un ser, se advierte que constituye una ilusión, aunque la ilusión no existe en los seres sino en nosotros. Dios no creó el mundo con propósito de alucinar al género humano. Las ilusiones provienen de nuestros erróneos conceptos de la verdad que nos impiden ver lo real. Si viésemos lo real reconoceríamos la verdad. Si siempre hubiésemos conocido la verdad no necesitaríamos venir al mundo. Nuestra existencia en este planeta es testimonio de nuestra ignorancia y el haber nacido es prueba de nuestra fragilidad.

La razón es el distintivo entre el hombre y el animal. Si un médium somete su imaginación, abdica de su razón. Puede someterse a otra persona, a una idea, emoción, pasión, a un elemental, un cascarón o una maléfica influencia, y el médium convertirse en epiléptico, demente o criminal. Quien rinde su voluntad a un poder desconocido no es menos insensato que quien confiara su dinero y bienes al primer desconocido o vagabundo que se los pidiera.

Si se comete un crimen por sugestión hipnótica, el magnetizador y no el sujeto es el culpable. Estos casos ocurren cada día, pues no es necesario que el sujeto caiga en sueño para recibir la influencia de la voluntad ajena. Las mentes individuales ejercen recíproca influencia, y cada una influye en otras o queda influida por ellas sin conocer la fuente de esta influencia. Los pensamientos e impulsos vienen y van sin saber de dónde vienen. Nadie crea sus pensamientos de la nada, y quien no ha logrado el conocimiento de sí mismo ignora lo que piensa o quiere en él.

No es posible determinar los asesinatos y crímenes perpetrados cada año, mediante sujetos sin voluntad suficiente para resistir la influencia hipnótica del invisible agente que los indujo a perpetrarlos. En estos casos penamos al instrumento y queda impune el verdadero culpable. Esta justicia es comparable a si penáramos el arma y dejásemos libre al asesino. Ciertamente, las generaciones venideras tendrán tanto motivo para reírse de la ignorancia de sus antepasados, como nosotros ahora para reírnos de las torpezas de nuestros antecesores.

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Imágenes mentales

No estimamos las cosas en lo que son, sino como las imaginamos. El salvaje sólo ve en la estatua de Minerva un trozo de piedra, y en un hermoso cuadro, un pedazo de lienzo manchado de color. El avariento, al contemplar las bellezas de la naturaleza, sólo piensa en el valor mercantil que representan, mientras que para el poeta hormiguean en el bosque miles de sílfides y el agua está repleta de ondinas.

El artista descubre formas de belleza en las errantes nubes y en las salientes rocas, y para el de mente poética, todo símbolo de la naturaleza es un poema que le sugiere nuevas ideas; pero el cobarde vive siempre con ceñudo semblante; ve en cada esquina un enemigo y nada hay para él interesante en el mundo sino su ínfimo ser. El mundo es un espejo donde se refleja el rostro del hombre. El del alma hermosa verá hermoso el mundo; el del alma deforme, todo lo verá depravado.

Poco se conoce cuán poderosa es la imaginación vigorizada por la voluntad y vivificada por el espíritu. Las impresiones mentales por efecto de una imaginación así educada pueden ser muy poderosas y duraderas, hasta el punto de alterar las facciones, encanecer los cabellos en una hora, estigmatizar o deformar el feto, quebrarle los huesos o matarlo, y señalar en una persona los efectos del daño recibido en su cuerpo por otra con quien aquella simpatice. Su acción es más eficaz que la de los medicamentos y provocan y curan enfermedades, sugieren visiones y alucinaciones y producen los estigmas.

La imaginación opera sus milagros consciente o inconscientemente. Si alteramos el ambiente de los animales, podremos cambiar voluntariamente el color de sus retoños. Las listas de la piel del tigre se corresponden con las largas hojas de las hierbas silvestres, y las manchas del leopardo se asemejan a la moteada luz que pasa por entre las hojas.*


* Sir John Lubbock: "Procedimientos de la Asociación Británica."


Las fuerzas de la naturaleza, influidas por la imaginación del hombre, actúan sobre la imaginación de la naturaleza y determinan en el plano astral tendencias que en el transcurso de la evolución hallan expresión en formas materiales. De este modo los vicios o virtudes del hombre llegan a ser realidades objetivas, y al purificar su imaginación, la tierra adquiere mayor hermosura y pureza, mientras que los vicios sólo hallan expresión en los reptiles venenosos y en plantas nocivas.

Los elementales son en el alma humana producto de la acción del pensamiento en la mente individual; las formas elementales en el alma del mundo son producto de los pensamientos colectivos de todos los seres. Estas fuerzas elementales están atraídas por los gérmenes de los animales y pueden desarrollarse en objetivas y visibles formas animales, modificando los caracteres y aspecto externo de los animales de nuestro globo. Por lo tanto, al cambiar la imaginación de la Mente Universal en el transcurso de los siglos, desaparecen las formas viejas y surgen nuevas a la existencia. Si no hubiera serpientes en forma humana, tal vez no existirían las serpientes del reino animal.

Pero las impresiones mentales no se extinguen con la vida del individuo en el plano físico. Una causa que produzca temor súbito u obre vigorosamente de otro modo en la imaginación, puede impresionarla de manera que dure más allá de la vida.

Quien, por ejemplo, haya creído firmemente en el infierno y la condenación eterna, al entrar en el estado subjetivo después de la muerte podrá actualizar los horrores que del infierno imaginara en vida y verlos ante sí con tan hondo terror que se lance de nuevo al cuerpo abandonado y con desesperación busque refugio en él. Recobra entonces la conciencia personal y se encuentra vivo en la tumba, donde ha de sufrir otra vez las angustias de la muerte, o si induce a su forma astral a extraer substancia de los vivos, puede convertirse en vampiro y prolongar por algún tiempo su horrorosa existencia.* Estas desgracias no son raras, y el mejor medio de prevenirlas es el conocimiento, la incineración del cadáver después de la muerte.


* Maximiliano Perty: "Die mystischen Erscheinungen in der Natur." (Las manifestaciones místicas en la Naturaleza).


Por otra parte, el reo convicto y confeso que antes de subir al patíbulo recibe auxilios religiosos del sacerdote que lo "convierte" y "dispone" a bien morir y le infunde la firme creencia de que se le han perdonado los pecados y que los ángeles van a recibirle con los brazos abiertos, puede ver estas creaciones imaginarias al entrar en el estado subjetivo hasta que la ilusión se desvanezca.

En el estado post-mortem y en la condición devakánica, la imaginación no crea nuevas formas ni es capaz de recibir nuevas impresiones, sino que vive de impresiones acumuladas durante la vida que pueden desenvolver innumerables variaciones de estados mentales, simbolizados en sus correspondientes formas subjetivas, que duran hasta que se agotan sus fuerzas.

Estos estados mentales pueden calificarse de ilusorios en el mismo sentido que los sueños de la vida terrena, y llamar sueño a la vida en el "cielo" o en el "infierno", como solemos decir que es un sueño la vida terrestre. El sueño de la vida sólo difiere del sueño de la muerte en que durante el primero podemos valernos de la voluntad para gobernar la imaginación y nuestras acciones, mientras que durante el último sólo nos cabe cosechar el bien o el mal que sembramos. Ningún esfuerzo se pierde, esté dirigido al bien o al mal. Quienes en la tierra hayan perseguido en su imaginación un ideal elevado, lo alcanzarán en el cielo; quienes hayan sido arrastrados por el deseo, se estrellarán en el bajío de sus apetitos.

Se supone generalmente que éste nuestro mundo físico en que vivimos es el más denso y material y llamamos "país de las sombras" al mundo astral; pero los términos "densidad", "materialidad", etc., son relativos. Lo que ahora nos parece denso y material, podrá parecernos etéreo y vaporoso cuando nos hallemos en distinto estado de conciencia, y lo que ahora es para nosotros invisible, puede entonces resultar muy material.

Hay mundos más densos y materiales para sus habitantes que nuestro mundo físico para nosotros; porque la luz del espíritu vivifica la materia, y cuanto más esté atraída la materia por la sensualidad y concentrada por el egoísmo, será menos penetrable al espíritu, y tanto más densa y duramente se concretará, aunque quizá no lo perciban nuestros sentidos físicos, que sólo están adecuados a la actual existencia.

No hay más cielo ni más infierno que los creados por el hombre en su mente; y en consecuencia, el estado en que vive es para él la realidad. Si deseamos asegurar la dicha después de la muerte y en nuestra próxima existencia terrena, es preciso asegurarla antes de que termine la vida actual, reprimiendo nuestras malas inclinaciones y robusteciendo los pensamientos puros y elevados.

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Luz del espíritu

Desde ahora hemos de entrar en la vida superior, sin esperar a más adelante. El "cielo" significa estado de conciencia espiritual y gozo de verdades espirituales; y quien no alcanzó esta conciencia espiritual ¿cómo podrá gozar de lo que no es capaz de percibir? El hombre sin conciencia espiritual sería, al entrar en el cielo, como un ciego, sordo y mudo, incapaz de sentir. Sólo es posible gozar de lo que se conoce, pues lo que no se conoce no tiene realidad.

El mejor medio de lograr la dicha es sobreponerse al egoísmo. El vulgo ansía diversiones y pasatiempos; pero quien se abstrae del tiempo se olvida de sí mismo y es feliz. El encanto de la música consiste en la temporánea abstracción de la personalidad causada por la armonía de los sonidos. Un drama interesante nos abstrae también de nuestra personalidad y nos identifica con los personajes. Un orador en entera armonía con el auditorio se inspira en los sentimientos de los oyentes, que hallan expresión en las palabras de aquél. No es necesario que los "espíritus" dicten un discurso elocuente, pues si el orador es receptivo a los pensamientos del auditorio, bastarán para inspirarle.

Al entrar en un templo de sublime y solemne arquitectura se explaya en el alma. Cuando el lenguaje de la música habla al corazón, lo abstrae de las cosas terrenales. La hermosura y el perfume de las flores embriagan el sentido hasta el punto de olvidarnos de nosotros mismos. Estas recreaciones pueden hacernos felices temporalmente en el grado en que debiliten nuestro yo inferior.

Las ilusiones no existen como tales ilusiones, pues su existencia sería una ilusión. La naturaleza no es ilusoria, sino expresión de la verdad; pero requiere que el ojo de la verdad descubra la verdad en sus formas. Si nos apegamos a las formas, nos engañará la ilusión, que no tiene existencia real; si nos apegamos a la verdad, encontraremos lo real. Si nuestra felicidad dependiese de la posesión de una forma amada, se desvanecería nuestra felicidad en cuanto se desvaneciese la forma.

El verdadero conocimiento libra a la mente de ilusiones. Esta libertad se logra tan sólo por el amor a la verdad, porque la verdad es la vida y fundamento de nuestra existencia y ha de perdurar cuando se disipen cuantas ilusiones constituyen nuestra naturaleza inferior. Aunque no poseyéramos nada más sino lo que somos, estaríamos en posesión de la verdad porque somos la luz y la verdad.

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