Magia Blanca y Negra Franz Hartmann MD

La ciencia de la vida finita e infinita

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(1886)

Franz Hartmann, MD

Capitulo XI - La Luz

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"Hágase la Luz." – Biblia

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Forma y luz

Forma, personalidad y sensualidad son muerte para el espíritu. La disolución de la forma, la pérdida de la personalidad y la impercepción sensoria lo libertan y restituyen a la vida. Las fuerzas elementales de la Naturaleza quedan esclavizadas por las formas en que residen, y sepultadas en la materia pierden su libertad de acción y sólo se mueven obedeciendo a los impulsos exteriores. Cuanto más se apeguen a las formas, más densas, compactas, pesadas, torpes y esclavas serán.

La luz y el calor fluyen libremente de planeta en planeta, donde los absorben las formas, y cristalizados en la materia, dormitan en árboles, bosques y minas de hulla, hasta que los liberta la lenta descomposición de la forma, o bien la rápida acción del dios del fuego.

Las olas de mares y lagos juegan alegremente en la playa y escupen gozosas su espuma sobre las ociosas peñas. Las risueñas aguas del saltarín arroyo se deslizan por bosques y campos, retozando con las delicadas flores que brotan en sus márgenes. Sin temor se abisman en los precipicios, saltan en cascadas por las faldas de las montañas y se juntan, separan, unen, dividen y vuelven a separarse y unirse hasta afluir a los ríos, que al fin les dan algún reposo en el mar.

Pero cuando llega el invierno y el rey Hielo las toca con su frigidísima mano, cristalizan en formas individuales en las que, privadas de libertad, como damas y caballeros de castillo encantado, dormitan hasta que el ardiente aliento de la joven Primavera rompe el hechizo y sus besos las vuelven a la vida.

Las leyes fundamentales de la Naturaleza son las mismas en todos los reinos, y el hombre no es excepción de la regla. Es un centro en cuyo torno han cristalizado formas inteligentes e ininteligentes. Sujetas al karma creado por dicho centro, están condenadas a morar en una forma, expuestas a los accidentes propios de las formas, y encadenadas a una personalidad quedan bajo el sufrimiento derivado de las inclinaciones establecidas por ella. Pueden sentir deseos cuya violencia intensifique la satisfacción y pasiones cuyo fuego más abrase cuanto más combustible consuma.

Pueden correr tras fugitivas sombras y confiar en halagadoras esperanzas que se desvanecen al tocarlas. Quedan sujetas a las tristezas que allanan las moradas, a temores vanos, a ilusiones que tan solo desaparecen al morir la forma. Como Prometeo encadenado a la roca, el espíritu está encadenado a una personalidad, hasta que despierta ya la conciencia de su hercúleo poder, quebranta sus cadenas y recobra su libertad.

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El espíritu del hombre

No todos los elementos del hombre perfecto están contenidos en su forma material. La mayor parte de ellos transcienden al cuerpo físico que a los demás enfoca sin abarcar la esfera del espíritu, porque el alma es muchísimo mayor que la circunferencia de su forma.* Los elementos ultra-físicos están en íntima relación con los físicos, y aún cuando éstos desconozcan la existencia de aquellos se atraen y repelen mutuamente.


* Por esta razón se llaman "mahatmas" (de "maha" grande y "atma" espíritu), los hombres de elevado desarrollo espiritual.


La mente es muchísimo más importante que el cuerpo. El pensamiento puede crear formas, pero no hay forma capaz de engendrar un pensamiento; y sin embargo, la substancia mental es invisible mientras no se reviste de forma. El aire es invisible y está dentro y fuera del cuerpo físico; y no obstante, es un elemento esencial para la vida del cuerpo, pues el hombre incapaz de respirar no viviría. El océano mental que baña al hombre es tan necesario para la vida del alma como el aire para la del cuerpo. No podrá respirar sin aire ni pensar sin mente. Lo externo influye en lo interno, lo interno en lo externo, lo de arriba en lo de abajo y lo ínfimo en lo supremo. El hombre que pueda sobreponerse a las circunstancias existirá por sí mismo y será un dios.

El espíritu no está preso en la forma, sino que la cobija. La forma no contiene al espíritu, pues sólo es su expresión externa, el instrumento a cuyas vibraciones responde y sobre él reacciona. Dice el Sohar Wajecae: "Todo cuanto hay en la tierra tiene su contraparte etérea más allá de la tierra, y por insignificante que parezca, nada hay en el mundo que no dependa de algo más elevado. Así que, cuando lo inferior actúa recibe la influencia de su antecedente superior".*


* Sohar Wajecae.


Los más insignes filósofos de la antigüedad enseñaron que la mente νομς (Greek: nous) solo reconocía el noumeno y cobijaba al cuerpo físico, aunque los ignorantes creían que estaba dentro de ellos. Los filósofos modernos han llegado a conclusiones semejantes. Así dice Fichte: [1] "El verdadero espíritu que adquiere conciencia humana debe considerarse como un pneuma impersonal (razón universal) y la finalidad del perfeccionamiento humano ha de ser substituir la conciencia universal por la individual".

[1. Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) Wikipedia, español ]

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El verdadero yo

Bhagavad Gita cover

Dice el Bhagavad Gita:

"El Supremo Brahma está fuera y dentro de todos los seres; a un tiempo es inmóvil y moviente... Aunque indiviso, entre todos los seres está distribuido... Es la Luz de luces que fulgura mas allá de las tinieblas. Es el conocimiento y el objeto y fin del conocimiento, el que reside en todos los corazones".*

La misma verdad enunció Jesús de Nazareth al decir:

"Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no anda en tinieblas, sino que tiene la luz de la vida".**


* Bhagavad Gitó, XIII-15-17.

** San Juan, VIII-12.


Y el más insigne instructor, Gautama el Buda, dice:

"Lo permanente nunca se mezcla con lo transitorio, aunque ambos son uno. Al cesar las apariencias perdura el único principio de vida que existe independientemente de todo fenómeno. Es el fuego que arde dentro de la externa luz cuando se consume el combustible y se extingue la llama; porque el fuego no está en la llama ni en el combustible ni tampoco dentro de las dos, sino encima, debajo y por doquier".

Este principio en que se apoya el reconocimiento de la verdad eterna es el Ego de cada ser humano, y quien logre conocerlo hallará su Cristo, porque no es el Jesús muerto, sino el Cristo vivo de los verdaderos cristianos, el viviente Salvador, la Divinidad que nacida en nuestra humanidad "permanecerá con sus discípulos" hasta la consumación de los siglos. El que una su alma con este Cristo, sea cual sea su credo religioso, será verdadero Cristo. Es el λογος (Greek: logos) de los griegos: el Adam Kadmón de los hebreos; el Osiris de los egipcios: el Iswara de los indos; el Camino, la Verdad, y la Vida; el Yo divino del hombre y el Redentor del genero humano.***


*** Dice a este propósito Angel Silesio (nacido 1624): "Aunque Cristo haya nacido mil veces en 'Belén', si no ha nacido en tí, tienes el alma todavía ruin".


Dice Hermes Trimegisto:

"El padre del hombre es el Sol (sabiduría divina); su madre las estrellas (luz astral); y su cuerpo las generaciones humanas".

El hombre no está todo él encerrado en el pequeño círculo que circunscribe su vida terrestre. Quien ve al Padre en sí, reconoce la poca importancia de su yo personal. La vida de la personalidad consta de un número de años relativamente corto, pasados en las ilusiones del plano terrenal. La experiencia del hombre interno resulta de la esencia de muchas vidas terrenas, de las que entresaca lo útil y desecha lo inútil; porque la vida del hombre divino es eterna, universal, autoexistente e infinita.

Quien una vez advierte la presencia de su Dios, se ríe de haberse creído un atadijo de elementos semiconscientes de que el Ego se nutría si allí encontraba algo compatible con su naturaleza.

¿Qué es el poderío y esplendor de los reyes terrenales comparado con el hombre divino, el rey de los dominios del alma? ¿Qué es la absurda ciencia de la tierra, en comparación del conocimiento del hombre regenerado? Quien encuentra al Señor en su alma, bien puede renunciar voluntariamente riquezas, poder, fama, amor terreno y todas las ilusiones de la vida, si cabe llamar "renuncia", al menosprecio.

¿Cómo es posible que quien jamás ha visto la imagen del verdadero Redentor en su corazón lo ame? Y quien una vez lo haya visto ¿como podrá dejar de amarlo y adorarlo con todo su entendimiento y toda su alma? Pero esto no lo entenderán quienes no se hayan sobrepuesto a sus limitaciones. Quienes lo entiendan se alegrarán y adorarán en silencio.

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Regeneración

El que haya logrado sumergir los principios superiores de su alma en el Yo divino sentirá su poder en su corazón. El principio divino bautiza al alma con fuego, y quien recibe este bautismo queda ordenado sacerdote y ungido rey, y lleno de su influjo es el verdadero "vice-gerente de Dios", pues por su mediación obra el poder supremo del universo.

El reconocimiento de este principio da al corazón inefable paz, aquista el afecto de las gentes y derrama bendiciones sobre cuantos se acercan a él. Borra los pecados, porque transforma al hombre en impecable sin necesidad de perdón ni de consejo confesional, pues lee los más ocultos pensamientos, y su admonitiva voz resuena en el corazón que entiende el lenguaje de la conciencia.

La facultad de estimar la potencia de este principio confirma la fe del hombre que reconoce la verdad de la que antes dudaba, y ya no puede errar porque lo alecciona la verdad misma.

Se comunica al hombre que logra identificar con él su alma y resucita los muertos de espíritu, porque es inmortal e inmortaliza a quien se une conscientemente con él en indisoluble unión y toda la humanidad está unida invariablemente en él, sin que, so pena de morir, pueda separarse del todo ni la más mínima parte.

El mundo en que este principio existe es la esfera de la vida eterna. Es la verdadera e infalible "iglesia" de inderrocable poder, la iglesia verdaderamente universal, a cuya jurisdicción todo está sometido, porque nada puede continuar existiendo sin vida real. Sin embargo, es una iglesia sin denominación especial, que para la iniciación no exige otro estipendio que el abnegado sacrificio ni establece mas ritos y ceremonias que la crucifixión y muerte de la naturaleza animal. Paganos e infieles pueden entrar en ella sin abjurar de su credo, pues las opiniones se desvanecen ante la única verdad.

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El verdadero Cristo

Pero este verdadero Cristo no es el del cristianismo vulgar, que hace mucho tiempo fue expulsado de los templos cristianos y substituido por un ídolo. Los mercaderes han vuelto a ocupar el templo del alma para sacrificar la sangre vital de los pobres en el altar de los dioses de madera, y cerrando los ojos a la verdad, adorar el oropel y disipar la riqueza de las naciones en la glorificación del ilusorio yo personal.

Al verdadero "Hijo del Hombre" lo difaman todavía sus nominales discípulos, lo traicionan sus falsos amigos, lo atormentan las concupiscencias de la carne y le siguen crucificando cuantos no lo reconocen por único manantial de su vida, cuantos ignorantes y mentecatos no saben lo que hacen, ni que nada vale su vida si no está identificada con la del Cristo.

La hipocresía moderna profesa la religión del egoísmo y repudia el evangelio del amor. La humanidad se envilece al postrarse ante ídolos, cuando debiera erguirse digna y pura como reina de la creación.

El alma humana todavía no ha despertado plenamente a la vida. Busca un dios desconocido y no advierte que el verdadero Dios está siempre en sí misma y no hay otro aparte de El. Claman los hombres a Dios como si de fuera hubiese de llegarles, y sin embargo está aquí, allá y por doquiera, siempre a punto de manifestarse en el corazón que lo reciba.

Este desconocido Dios no se oculta a nadie, pues todos pueden reconocerlo y nace en el corazón de los que establecen condiciones adecuadas a su nacimiento. Así nace siempre en un pesebre, entre las fuerzas elementales y animales del hombre inferior. Nace en paraje humilde, porque el orgullo y la superstición son sus mayores enemigos, y más tarde moriría en los corazones hueros.

La nueva de su nacimiento estremece de alegría al cuerpo físico, y los luceros del alma anuncian con gozosos cánticos el amanecer del día de la resurrección del celeste espíritu. Los tres magos de Oriente: Espíritu, Alma y Materia, representados por Amor, Sabiduría y Poder, rinden ante el pesebre sus ofrendas al recién nacido. Si el rey del orgullo y de la ambición no logra expulsar al niño, empieza a crecer, y según va creciendo se manifiesta su divinidad.

Discute con los poderes intelectuales en el templo de la mente, y los confunde con sus conocimientos superiores. Penetra misterios que la intelectualidad nacida de la percepción sensoria no puede explicar; y la vieja ciencia materialista, la helada sofistería, las encanecidas supersticiones, la rutinaria lógica basada en erróneos conceptos de verdades fundamentales ceden ante la reconocida sabiduría del niño dios.

En el desierto de los deseos materiales, le tentará en vano el diablo del egoísmo. No pueden desviarlo consideraciones personales, porque no es personal y no tiene anhelos personales. El "diablo" no le daría nada que ya no poseyera, porque es supremo y domina lo inferior.

Este principio es la primera emanación del Absoluto. El "Unigénito", es decir, el engendrado únicamente del Padre y coeterno con El, pues el Absoluto se manifestó como Padre al propio tiempo que como Hijo.* Es el Verbo viviente que encarna en todo hombre en quien el "Hijo de Dios" se manifiesta. Es el Ego divino del hombre, su contraparte virginal, etérea, sin ninguna de las Flaquezas propias de la forma.


* Biblia: San Juan. I.1. Hebreos, 1,3.


No es personalidad, pero se individualiza en el hombre y permanece en su esencia impersonal como principio viviente, omnipresente, incorruptible e inmortal. Es el arcano que confunde al entendimiento cuando razona de lo particular a lo universal y lo detiene sin esperanza de avanzar más, porque sólo el alma de vívidas percepciones espirituales internas puede contemplarlo con pasmosa admiración. Únicamente lo que de infinito e inmortal hay en el hombre es capaz de comprender lo inmortal e infinito.

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Verdadera fe

Mientras que la errabunda inteligencia dude de la existencia de Dios, no podrá el hombre conocerse a sí mismo, pues sólo la clara luz de la razón despejada puede penetrar en las profundidades donde mora la divina sabiduría. La fe ciega es una confesión de ignorancia; la verdadera fe se basa en el convencimiento. Mas para convencernos de lo que no conocemos y de lo que no sentimos, hemos de reconocer su existencia.

La conciencia, el conocimiento y la convicción de la existencia de una cosa nacen en el momento en que comenzamos a tener conciencia de ella. Aunque busquemos el dios interno, no podremos hallarlo por artificio, sino que hemos de ponernos en condiciones favorables al despertamiento de nuestra conciencia espiritual, eliminando de la mente predilecciones y prejuicios para que el principio divino despierte por la virtud de su propia gracia.

Alfred, Lord Tennyson

Alfred, Lord Tennyson (1809-1892)

Tal gracia no es favor concedido por un dios injusto, antojadizo y personal, sino resultado de una libre voluntad que accede a sus propias peticiones. Tan imposible como germinar en roble la bellota metida en una piedra es que pueda conocer lo superior un hombre cuyo corazón esté henchido de deseos inferiores. Creer a ciegas cuanto declara un bonzo o sacerdote, es debilidad; mantener pura el alma de modo que la aleccione la misma sabiduría, es fortaleza; la convicción adquirida por medio del conocimiento del alma es la única fe verdadera.

Tennyson alude al nacimiento de la verdadera fe cuando dice:

"Si solo tenemos Fe, no tendremos conocimiento, y así dejemos que crezca el rayo de luz en las tinieblas".

 [de "En Memoriam"]

Cuando el rayo haya crecido, será conocimiento espiritual, idéntico a la fe viva.

Al despertar el principio divino en el hombre personal, siente el cuerpo nuevas sensaciones, el pulso late con vigor, las fuerzas animales agitadas en su "infierno" por la llegada del Cristo, redoblan su actividad, determinando dolores en diversas partes del cuerpo, de modo que el candidato a la inmortalidad experimentará físicamente un proceso análogo al martirio del Cristo crucificado.* La infusión de nueva vida en el cuerpo causa necesariamente sufrimientos, hasta que los elementos inferiores quedan por completo subyugados y eliminadas las impurezas.


* Estos sufrimientos resultan del poder penetrante del espíritu que infunde vida nueva en la forma física.


No hay salvación sin sufrimiento. Con dolor viene el hombre al mundo y el dolor acompaña su regeneración espiritual. Lo inferior ha de morir para que viva lo superior. Sólo quien haya sufrido las amarguras del mal gustará plenamente las dulzuras del bien. Sólo quien padezca el calor del día gozará de las brisas de la noche. Quien durante siglos haya vivido en tinieblas estimará el verdadero valor de la luz al entrar en su reino.

Lo que ocurre en el individuo sucede igualmente en la humanidad; pero lo que en unos cuantos individuos convenientemente dispuestos se cumple en pocos años, necesita en la humanidad largas edades.

Asi dice Shakespeare:

"La mala hierba crece sin sol; pero la flor temprana señal es de fruta temprana"

– Otelo. Final del Acto II.

El infinito amor que irradia del centro del Todo desciende eternamente al corazón de la humanidad. La sabiduría divina no tiene voluntad independiente, sino que se somete a la voluntad del Padre. Cristo echa sobre sus hombros los pecados del mundo, porque limpio está de ellos quien ha recibido la verdad divina; y al transponer los límites de la ignorancia y la ilusión, ha quedado libre sin necesidad de personal provecho por su descenso a la materia, pues siendo perfecto no necesita de más perfección.*


* Bhagavad Gitá. III-22.


Cuando el hombre advierte Su divina presencia no sólo reconoce sus propios males, sino también los sufrimientos de toda la humanidad, y entonces sufre por todos porque reconoce en Cristo el eslabón universal que a todos nos liga en armonioso conjunto.

Al convencerse el hombre de que su verdadera naturaleza es hija del eterno Dios, muere para lo inferior e intensifica la verdadera e inmortal vida del espíritu. Los rosacruces tenían por lema: In Deo nascimur, in Jesu morimur reviviscimus in Spiritu Sancto. Esto significa que sus almas nacieron de la fuente universal de todo bien; murieron para sus naturalezas inferiores al entrar en el cuerpo espiritual de Cristo, y lograron la vida eterna al bañarlos, iluminarlos y glorificarlos la divina luz de la verdad.

Adoraban en el templo del Espíritu Santo de Sabiduría que penetra el alma del mundo, y lo simbolizaron por los unidos símbolos de Mercurio y la Tierra.

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Verdades eternas

Esas ideas no son nuevas, ni siquiera acompañaron al advenimiento del moderno cristianismo, sino que son verdades eternas, tan antiguas como el mundo, representadas en fábulas y alegorías por todas las naciones.

El "Antiguo Testamento" alegoriza la doctrina de la salvación en el Arca de Noé, que respectivamente figuran el mundo de la divina conciencia y el hombre espiritual. Solo se salvan los elementos del organismo psíquico que entran en el reino espiritual, y perecen los que no salen de su condición inferior.

Sobre las aguas del pensamiento flota la nave distribuida interiormente en varios aposentos. La ventana del conocimiento está abierta para que el hombre interno contemple el estrago de las aguas. El cuervo de la inteligencia sale en busca de tierra firme, pero no encuentra donde posar la planta y vuelve al área. La paloma del conocimiento espiritual sólo puede encontrar tierra enjuta en el reino del espíritu, y así vuelve con el emblema de paz, por lo que se disipan las dudas y el arca se convierte en templo que reposa en la cumbre del monte del conocimiento.

Bendito aquél cuya arca durante la vida terrena está impelida hacia el Ar-ar-at de la verdadera Fe, pues le será fácil sobrellevar con paciencia las penas de este mundo hasta que libre el alma de sus ligaduras vuelva a su morada del eterno reino, con abandono de las atracciones terrenas.

¡Cuán grandiosos y sublimes son los misterios de la verdadera religión! ¡Cuán superior el conocimiento del alma a la ciencia especulativa! ¡Cuán infinitamente grande el viviente espíritu de la verdad!

Quienes se apegan a las formas externas se apegan a una ilusión, y es enteramente perdido el dinero y trabajo empleado en convertir a un ignorante de una a otra forma de ilusión. La ignorancia transmutada en ignorancia es todavía ignorancia, pues un cambio de opinión no basta para dar el verdadero conocimiento, y la sabiduría no es el conocimiento ilusorio.

Si un hombre tiene religión, poco importa el nombre que le dé ni la forma en que intente expresar lo que no es posible expresar en formas. El budista que ofrenda flores y frutos en el altar de Buda, cuya imagen adora como figurativa representación de un vívido principio que tuvo plena expresión en un personaje cuyo ejemplo desea imitar, está tan cerca de la verdad como el cristiano que ve en la imagen de Jesucristo la representación de su ideal supremo, porque no debe adorarse a la persona por mucha veneración que merezca, sino a la divina Sabiduría, sin cuya luz no hubiera sido Buda Gautama ni Jesús hubiera sido Cristo.

Mucho tiempo y trabajo se han malgastado en discutir si el fundador del cristianismo fue personaje de carne y hueso que floreció en Palestina en tiempo de Augusto y Tiberio, y si se llamaba Jesús o Jehoshua. [2] Estas investigaciones podrán tener gran interés histórico, pero no importancia suprema para la salvación del hombre; porque la personalidad, aún de un Dios encarnado, no es más que una máscara, y el conocimiento ajeno no es nuestro propio conocimiento.

[2. Ver Franz Hartmann, La vida de Jehoshua el profeta de Nazaret, inglés: "The Life of Jehoshua the Prophet of Nazareth", pdf aquí (desplácese hacia abajo en la página): selfdefinition.org/magic/ ]

Dice Arnold en La Luz del Asia: [3, 4]

"Y en tí mismo has de encontrar la salvación".

Juan Scheffer, conocido con el seudonimo de Angel Silesto, [5] declara la misma verdad al decir:

"La cruz del Golgota no podrá salvar tu alma si no la llevas en tu corazón".

[3. Sir Edwin Arnold, inglés. en.wikipedia.org/wiki/The_Light_of_Asia ]

[4. Texto en inglés: www.ancient-buddhist-texts.net ]

[5. 1624-1677. Wikipedia, español: es.wikipedia.org/wiki/Angelus_Silesius ]

Edwin Arnold

Sir Edwin Arnold (1832-1904) autor: La Luz del Asia

Las doctrinas del Jesús del Evangelio son más sublimes según se comprende mejor su secreto significado. Los relatos del Nuevo Testamento. respecto a Sus obras y milagros, que al observador superficial le parecen increíbles y absurdos, representan verdades eternas y procesos psicológicos, no tan solo propios del pasado, sino que también ocurren ahora en el reino del alma humana; y conforme el hombre se aproxima al verdadero Cristo vivo, se le van cayendo una tras otra las vendas de los ojos.

La teoría de la redención del hombre no data de la época en que se supone nació el Cristo histórico cuyo antetipo es Krishna. Los griegos alegorizaron la redención del alma en la fábula de Cupido y Psiquis.

Psyche, el alma humana, disfruta cada noche (cada encarnación) las caricias de su divino amante Cupido (el Amor), cuya divina presencia reconoce y oye la voz de la intuición en su corazón; pero no se le permite todavía descubrir el origen de esta voz. Cuando el principio divino dormita y calla, desea el alma, movida de curiosidad, ver objetivamente a Dios, y encendiendo la lámpara de su inteligencia trata de inquirir críticamente la causa de su felicidad; pero entonces se oculta el principio divino y desesperada vaga el alma por el mundo mental inferior y por la esfera de las percepciones sensorias. No puede concebir a Dios por el raciocinio desde el mundo material, y cuando ya está a punto de darse por vencida (entregar su voluntad) la salva el poderío del amor. Al perder su vida en el amor divino se une con Dios cuyos atributos conoce al identificarse con El.

El cristianismo no desterró del Olimpo a los dioses, sino que tan sólo deshizo las formas de que se habían revestido, pues eran representaciones alegóricas de verdades eternas. Las leyes de la Naturaleza son hoy las mismas que en tiempo de Tiberio, y el cristianismo solo mudó los símbolos, dando a cosas viejas nombres nuevos, de suerte que los ídolos paganos resurgieron en forma de santos católico-romanos.

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Fausto

Wolfgang Goethe

Wolfgang Goethe
(1749-1832)

Los poetas y prosistas modernos han representado las mismas verdades en diversas formas, como por ejemplo, Goethe en su magnífico poema Fausto, cuyo protagonista, a pesar de su poderoso talento y profunda erudición, no halla la verdad en parte alguna y exclama:

"Lo desconocido es lo único que nos importa conocer, porque de nada sirve a nuestro propósito lo que hasta ahora conocemos".

Desesperado por la inutilidad de sus investigaciones intelectuales, pacta con el principio del mal, por cuyo influjo consigue riquezas, amor y poderío, gozando de cuanto pueden gozar los sentidos, aunque reconociendo intuitivamente que los goces egoístas no dan la verdadera felicidad. Ni el esplendor de la corte imperial, ni la hermosura de Elena de Troya, que a su evocación vuelve del país de las sombras, ni las orgías de la embrujada montaña en que se desenfrenan todas las pasiones humanas, satisfacen su deseo insaciable.

Dueño de la tierra, ve que le falta poseer una choza y de ella se apodera sin preocuparse de la suerte de sus moradores. Pero nada le satisface, hasta que habiendo ganado por sus esfuerzos un trozo de tierra al mar, se recrea en la felicidad que los demás pueden gozar al recibir el beneficio de su obra. Este es el primer pensamiento inegoísta que arraiga en su mente, que le colma de felicidad, y en la contemplación de la dicha ajena muere su personalidad y se salva su individualidad.

El alma sabe que existe, pero no puede conocerse a sí misma por razón crítica, so pena de abstraerse de sí con pérdida de su unidad. El ojo sólo puede verse a sí mismo en el espejo. El bien se conoce después de haber experimentado el mal; a la sabiduría se ha de llegar a través de la ignorancia después de saborear el fruto prohibido. Un espíritu que todavía no haya tomado forma desconocerá la naturaleza de la libertad, pues para conocer las condiciones de la existencia es necesario encarnar en una forma ya no necesaria después de adquirido el conocimiento.

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Liberación

El deseo de existencia senciente encierra al espíritu humano en una forma perecedera, y quien durante la vida vence el deseo de existencia personal, queda libre.

El divino Buda, bajo el árbol de sabiduría y fija su mente en el encadenamiento de las causas, dijo:

"La ignorancia es origen de todo mal. De la ignorancia provienen las sankharas (tendencias) en su trino aspecto de acción, palabra y pensamiento durante la vida anterior del cuerpo. De las sankharas nace la conciencia relativa. De ésta nacen el nombre y la forma, que engendran las seis regiones (los seis sentidos). De éstas nace el deseo, del deseo el afecto, del afecto la existencia con su nacimiento, vejez, muerte, pesar, lamentación, sufrimiento, tristeza y desesperación. [6]

[6. Los doce enlaces del surgimiento dependiente (inglés). Ver: /buddhism/articles/twelve-links-of-dependent-arising.htm ]

 Disipada la ignorancia, se desvanecen con las sankharas, su conciencia, nombre, forma, sentidos, contacto, sensación, deseo, afecto, existencia y consiguientes males. De la ignorancia brota todo mal.. El conocimiento acaba con este cúmulo de miserias. El verdaderamente iluminado desbarata las huestes de ilusiones como el sol ilumina el cielo". [7]

[7. Ver "Cadena de causalidad" de Escrituras budistas de E.J. Thomas, 1913 (inglés) en sacred-texts.com ]

El poder que acaba con el egoísmo y el sentimiento de personalidad es el mismo que motiva la existencia del hombre: el poder del universal amor; y cuanto más amplio sea éste, más débil será la conciencia de la personalidad.

Estimamos a un hombre según el grado en que anteponga los intereses generales a los particulares. Admiramos la generosidad, el altruismo y la benevolencia; y sin embargo, estas virtudes serían absurdas e inútiles si creyéramos que el supremo objeto de la existencia humana es la felicidad terrena, que consiste en la mayor suma de bienes mundanos.

Dar es sufrir una pérdida personal; pero si el hombre lucha por el poder espiritual, será su ganancia el donar los bienes personales, porque cuanto menos le atraigan más libre quedará su alma. Dar con la esperanza de recompensa no sirve para este propósito, porque entonces se da un bien personal a cambio de otro. Es un comerciante apegado a sus riquezas que solo cede algo bueno a trueque de algo mejor.

Según su altruismo y poder espiritual, puede un hombre extender su influencia individual sobre una familia, una aldea, una ciudad, un país o la tierra entera.

Todos desean tener esta influencia y procuran lograrla por medio de riquezas y posición social; pero esta influencia no es poder espiritual. Un necio puede ser papa, rey o millonario, y rendírsele las gentes por cuenta de su posición y riquezas, aunque menosprecien a la persona y adoren sus bienes como él mismo los adora y a ellos se sujeta cual humilde esclavo.

En este caso mandan las riquezas y no el personaje, porque por sus riquezas le obedecen las gentes; y así, al perder posición o fortuna desaparece su personalidad, y los que se humillaron a sus plantas, le echan a puntapiés de su mesa.

El poder espiritual de un hombre es independiente de toda condición externa, pues al virtuoso se le estima en proporción de las cualidades que se le reconocen, y el espiritualmente fuerte tiene poderosa influencia en cuanto le rodea.

Puede compararse el hombre a un planeta que gira en torno de su eje y alrededor de un sol invisible. En lo alto de su órbita está la luz; debajo las tinieblas. La luz de arriba y las tinieblas de abajo le atraen. Cuanto más se aparte del invisible sol de que la luz procede, tanto más se acercará a la sombra, y al llegar al punto en que cesen una u otra atracción, se elevará hasta el manantial de luz o se hundirá en las tinieblas.

Sólo es posible pasar de la obscuridad a la luz y del mal al bien, mientras el hombre en sus giros alrededor de su propio centro no trascienda la órbita donde se equilibran la atracción de la luz y la de las tinieblas. Trascendida esta órbita, no hay regreso posible.

Únicamente quien haya logrado el conocimiento de sí mismo será capaz de elegir libremente, pues conocerá la naturaleza de lo que elija. El ciego no tiene libertad de elección. El pecado imperdonable consiste en repudiar voluntariamente y con pleno conocimiento la verdad espiritual manifestada en el corazón. En cierto sentido todos los pecados son imperdonables, porque todos causan efectos que han de agotarse para cesar; pero si un hombre rechaza consciente y voluntariamente la Verdad que le haya revelado su conciencia íntima, demuestra con ello que prefiere deliberadamente el mal y que es de naturaleza maligna.

El ignorante no es responsable de sus actos; pero quien conoce la verdad por intima revelación y Ia rechaza, se condena a sí mismo. Sólo la verdad prevalecerá al fin, mientras que el mal perecerá en el mal. Por esto es peligroso el oculto conocimiento espiritual para satisfacción de la curiosidad científica antes de poseer la necesaria sabiduría para elegir únicamente la verdad.

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