Magia Blanca y Negra Franz Hartmann MD

La ciencia de la vida finita e infinita

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(1886)

Franz Hartmann, MD

Capitulo I - El Ideal

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"Dios es Espíritu, y quienes le adoren han de adorarle en espíritu y en verdad." – S. Juan iv. 24

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El mas alto deseo

La perfección es el supremo deseo que un hombre puede acariciar y el mayor derecho que puede reivindicar. Conocerlo y amarlo todo, de suerte que todo le conozca y ame, poseer y dominar todo cuanto existe; tal es la condición que hasta cierto punto cabe colegir intuitivamente, pero cuya posibilidad está más allá del alcance de la inteligencia de los mortales. Un anticipo de tan felicísima condición puede experimentar quien, siquiera brevemente, goce de completa felicidad. El que no está oprimido por la tristeza ni excitado por deseos egoístas y tiene conciencia de su fuerza y albedrío, puede considerarse dueño de mundos y el rey de la creación; porque en tales momentos él es su gobernante en lo que a él se refiere, aunque los vasallos no se percaten de su existencia.

Pero cuando despierta de su sueño y mira al mundo exterior por las ventanas de sus sentidos y empieza a razonar sobre lo que le rodea, se le desvanece la ilusión y se ve hijo de la tierra, forma mortal atada con multitud de cadenas a un manchón de polvo en el universo, a una pelotilla de materia llamada planeta que flota en la infinidad del espacio. El mundo ideal que un momento antes se le representaba como gloriosa realidad, le parece ahora la inconsistente fábrica de un sueño en que nada hay real, y la existencia física con todas sus imperfecciones es para él la única e incontrovertible realidad y sus más caras ilusiones lo único digno de su atención. Se ve rodeado de formas materiales y le parece descubrir de entre estas formas las correspondientes a su ideal supremo.

El más vehemente deseo del hombre es lograr en toda su plenitud lo que considera como su más alto ideal. Un hombre sin ideal es inconcebible. Ser consciente equivale a reconocer la existencia de algún ideal, pues sin ideal perecería el mundo. El hombre sin anhelo por algún ideal sería inútil en la economía de la naturaleza, porque quien tiene satisfechos todos sus anhelos, no necesita vivir más, ya que de nada le serviría la vida. Todos estamos ligados a nuestro ideal; el que lo tiene perecedero debe morir cuando su ideal perezca; el que lo tiene imperecedero debe alcanzar la inmortalidad para lograrlo.

El supremo ideal de todo hombre ha de ser su Yo superior. El yo inferior, cuya expresión es la forma física, no constituye el hombre completo. Podemos considerar al hombre como un invisible poder o rayo que desde el Sol espiritual se extiende hasta la tierra, pero del que sólo es visible el extremo inferior en donde fecunda un organismo material por cuyo medio el rayo invisible entresaca fuerza de la baja tierra. Si toda la vida y la fuerza mental desarrolladas por el contacto con la materia se gastan en el plano material, nada ganará con ello el Yo superior, como le sucedería a una planta que sólo desarrollase su raíz. Cuando la muerte rompe la comunicación entre lo superior y lo inferior, perece el yo inferior y el rayo sigue siendo lo que era antes de fecundar a un morador del mundo material.

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Mundos Interiores y Externos

En dos mundos vive el hombre: en su mundo interior y en el mundo exterior. Cada uno de estos mundos tiene sus peculiares condiciones, y el mundo en que vive es para él la única realidad mientras en él vive. Cuando durante el profundo sueño o en momentos de perfecta abstracción se retrae el hombre a su mundo interior, se desvanecen las formas percibidas en el mundo exterior; pero cuando despierta en el mundo exterior olvida las impresiones recibidas en su interno estado o a lo sumo dejan éstas sus indecisas sombras en el cielo. Tan sólo puede vivir simultáneamente en ambos mundos quien logra entrefundir armónicamente en uno de sus dos mundos interior y exterior.

Lo que llamamos real corresponde rara vez a lo ideal, y a menudo ocurre que después de varios fracasos en el intento de realizar sus ideales en el mundo exterior, se retrae disgustado el hombre a su mundo interior y da de mano a todo nuevo intento; pero si logra su ideal, se siente feliz por algún tiempo y nada más existe para él, pues el mundo exterior está identificado entonces con su mundo interior, su conciencia se absorbe en el goce de ambos mundos y, sin embargo, sigue siendo hombre.

Artistas y poetas están familiarizados con esta situación. El inventor que ve aceptado su invento, el soldado que vuelve victorioso de la guerra, el amante unido con el objeto de su amor olvidan su propia personalidad y se arroban en la contemplación de su ideal.

El santo que en éxtasis ve ante él al Redentor, se anega en un océano de arrobamiento y su conciencia se enfoca en el ideal que forjó en su propia mente, pero tan real para él como una forma de carne viva. La Julieta de Shakespeare ve realizado su ideal terreno en la juvenil forma de Romeo. Unida a él pierde Julieta la noción del tiempo, no se da cuenta de que acaba la noche y confunde con el del ruiseñor el canto de la alondra que anuncia el alba. La felicidad no mide el tiempo ni conoce el peligro. Como el ideal de Julieta es terreno, perece, y perdido su ideal ha de morir Julieta; pero los inmortales ideales de ambos amantes se identifican en uno cuando por la puerta de la muerte corporal entran en el reino de la inmortalidad.

Así como el sol apuntó demasiado pronto para Julieta, así se desvanecen los fugaces ideales realizados en el mundo externo. El ideal realizado deja de ser ideal. Mueren las formas etéreas del mundo interior cuando la ruda mano de los mortales las plasma en materia. La naturaleza mortal del hombre ha de morir antes de alcanzar su imperecedero ideal.

Pueden morir los bajos ideales; pero su muerte da existencia a otros semejantes. De la sangre de un vampiro muerto brotan un enjambre de vampiros. Un egoísta deseo satisfecho cede su lugar a otros análogos; una pasión consumida es reemplazada por otra de su misma índole; un apetito sensual calmado despierta otros de parecido linaje. La felicidad terrena dura muy poco y suele acabar en desdicha; tan sólo es inmortal el amor de lo inmortal. Los bienes materiales perecen, porque toda forma es transitoria y ha de morir. Las prendas intelectuales se desvanecen, porque sujetos a mudanza están los frutos de la imaginación, las teorías y opiniones. Varían los deseos y las pasiones y se marchitan los recuerdos.

Quien se adhiere a viejas memorias se adhiere a cosas muertas. El niño se hace hombre, el hombre se hace viejo y el viejo vuelve a ser niño. Los juegos infantiles ceden sitio a los goces intelectuales, y cuando éstos han dado su provecho se nos muestran tan inútiles como aquellos, porque únicamente las realidades espirituales son verdaderas y perdurables.

En el siempre revuelto caleidoscopio de la naturaleza mudan incesantemente de aspecto las formas ilusorias. Lo que un siglo escarneció por supersticioso lo acepta el siguiente como fundamento científico, y lo que parece hoy sabiduría tal vez se menosprecie mañana por absurdo. Sólo es permanente la verdad.

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El germen de la verdad

Pero ¿en dónde hallará el hombre la verdad? Si profundiza lo suficiente en sí mismo, allí se le revelará, pues todo hombre es capaz de conocer su propio corazón. Puede dirigir un rayo de la luz de la inteligencia a las profundidades de su alma para escudriñar su fondo y ver que es tan infinitamente profundo como el cielo que se extiende sobre su cabeza. Puede hallar perlas y corales o también monstruos abismales. Si su pensamiento se mantiene firme y fijo entrará en el íntimo santuario de su templo y verá la invelada diosa.

No todos pueden llegar a tales profundidades, porque con facilidad se desvía el pensamiento; pero quien vigorosa y perseverantemente indague, descorrerá velo tras velo hasta que en el intérrimo centro descubra el germen de la verdad, que conscientemente despertado crecerá en él hasta convertirse en sol que ilumine su mundo interior.

Esta meditación y realce de pensamiento en el intérrimo centro del alma es la única plegaria verdadera. La adulación de una forma externa viva o muerta, objetiva o subjetivamente imaginaria, no sirve más que de engaño. Muy fácil es asistir a las ceremonias del culto externo; pero la verdadera adoración al Dios vivo requiere un gran esfuerzo de voluntad y mucho vigor de pensamiento, pues consiste en el ejercicio del espiritual poder recibido de Dios. En nuestro interior se ruega Dios a sí mismo. Nuestra tarea está en guardar continuamente la puerta del sagrado recinto para que no entren en la mente siniestros pensamientos perturbadores de su tranquilidad, pues si los reflejos del pasado no enturbian sus aguas veremos centellear en el fondo la imagen de la eterna verdad.

Conocer la verdad en toda su plenitud es alcanzar la vida inmortal; perder la facultad de conocer la verdad equivale a morir. En quien todavía no ha despertado a la vida espiritual, la voz de la verdad es la "callada y quieta voz" que el alma escucha resonar en el corazón, como entre sueños escuchamos el tintineo de lejanas campanillas;* pero en quienes ya son conscientes de la vida y han recibido el bautismo de la primera iniciación, administrado por el espíritu de Dios, no tiene ciertamente son la voz oída por el renacido ego, sino que se convierte en la poderosa Palabra del Maestro.


* Véase Blavatsky: La voz del silencio. /blavatsky/voz-del-silencio/contenido.htm


La despertada verdad es consciente de sí misma y a sí misma basta, pues sabe que existe. Supera a todas las teorías y a todos los credos y aventaja en alteza a la ciencia, sin que necesite corroboración de "autoridades reconocidas" ni tenga en cuenta las opiniones ajenas ni pueda haber apelación contra sus decisiones. No conoce la duda ni el temor, sino que descansa en la calma de su majestad suprema. No se muda ni altera; siempre fue y es la misma, percíbala o no el hombre mortal. Puede compararse la verdad a la luz del sol que no deja de iluminar a la tierra aunque el hombre se sustraiga a sus rayos.

Podemos cerrar los ojos a la verdad sin que por ello la verdad varíe. Ilumina las mentes de quienes han despertado a la vida inmortal. Un aposento reducido necesita poca luz y un vasto aposento necesita mucha luz para su alumbrado; y sin embargo, en uno y otro brilla la luz igualmente clara. De la propia suerte, la luz de la verdad brilla en el corazón de los iluminados con la misma claridad, pero con distinta potencia según su individual capacidad.

Sería enteramente inútil el intento de describir esta iluminación interior, pues para nosotros sólo existe aquello que con nosotros se relaciona y no existe lo que no conocemos. Al ciego no es posible demostrarle la existencia de la luz ni tampoco cabe dar prueba alguna de conocimiento trascendental a los incapaces de trascender el reino de las externas apariencias.

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La verdad, el ideal más elevado

Nada hay superior a la verdad; y por lo tanto, la adquisición de la verdad debe ser el supremo ideal del hombre. El supremo ideal en el universo debe ser un ideal universal. La constitución humana obedece a una ley universal y el supremo ideal ha de ser el mismo para todos y asequible a todos, por lo que todos han de esforzarse unidamente en su logro. Mientras el alma humana no eche de ver el supremo ideal del universo, considerará como su más elevado ideal el mayor que sea capaz de reconocer; pero en tanto haya otro que le supere, se verá inconstantemente atraído por él, a no ser que con obstinada persistencia repugne su atracción.

Tan sólo el logro del supremo ideal en el universo puede darnos eterna y permanente felicidad, porque una vez logrado, nada nos cabrá ya desear. Mientras haya un ideal más elevado para el hombre, sentirá la aspiración de lograrlo, y una vez logrado el superior, cesa toda atracción, se identifica con él y nada más le es posible desear.

Debe haber un estado de perfección que todos podemos alcanzar y más allá del cual no quepa progreso alguno hasta que el universo en conjunto progrese más allá de él. Todo hombre tiene el mismo derecho a lograr lo superior; pero no todos tenemos desarrollada la misma potencia, y así algunos lo alcanzan pronto, otros se arrastran por el camino y la mayoría tal vez caen y han de empezar de nuevo al pie mismo de la escala. Toda bellota que del roble se desprende madura tiene la inherente potencia de convertirse en roble aunque no todas hallan las mismas condiciones de medro. Algunas germinan, otras crecen hasta ser árboles; pero la mayoría se pudren y con su descomposición proporcionan materia a nuevas formas.

El hombre mortal no conoce la plenitud de la verdad suprema. Quienes alcanzaron el estado de perfecta conciencia de la verdad infinita no están presos en una forma ilimitada, sino que pertenecen a una hueste arrúpica, pues no podrían identificarse con el universal principio si estuvieran atados con las cadenas de la personalidad. Un alma explayada hasta el punto de no caber ya en la cárcel de carne, no necesitará más de esta cárcel. La carne y la sangre sólo sirven para guarecer al espíritu en la infancia de su evolución hasta que llegue a la plenitud de su poder. Los "vestidos de piel" * fueron necesarios para proteger al espíritu contra las destructoras influencias elementarias de la maligna esfera, mientras no pueda sobreponerse al mal. Una vez conocido el mal y logrado el poder de subyugarlo y habiendo por el reconocimiento de la verdad "comido del árbol de vida y alcanzado substancialidad" * ya es capaz de protegerse por su propio poder y no necesita más vestiduras de carne.


* Génesis III, 21.

** Génesis III, 22.


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Percepción directa

El hombre imperfectamente evolucionado, a no ser que haya caído en la abyección, presiente intuitivamente la verdad, aunque no la conozca por percepción directa. Los positivistas, que tan sólo razonan movidos por las percepciones sensorias, están distanciadísimos del reconocimiento de la verdad, porque confunden con lo real las ilusiones producidas por sus sentidos y repugnan las revelaciones de su propio espíritu. El filósofo incapaz de ver la verdad, intenta alcanzarla con apoyo de la lógica y puede acercarse más o menos a ella. Pero aquel en quien la verdad es plenamente consciente conoce la verdad porque se ha identificado con ella.

Tal estado es incomprensible para la mayoría de los hombres, así sean científicos y filósofos como ignorantes; y sin embargo, hubo y hay hombres que lo alcanzaron. Son los verdaderos teósofos, pues no es teósofo todo el que estudia teosofía, como no todos los cristianos son Cristos. Pero un verdadero teósofo y un verdadero cristiano se equivalen mutuamente, porque ambos son formas humanas en que se manifiesta la universal alma espiritual, el Cristo, a la luz de la Sabiduría divina.

Las denominaciones de cristiano y teósofo, como muchas análogas, han perdido casi del todo su verdadero significado. Hoy día se llama cristiano al que está inscrito en el registro bautismal de alguna Iglesia cristiana y practica las ceremonias prescritas por su respectiva confesión religiosa, mientras que al teósofo se le tiene por soñador y visionario.

Pero un verdadero cristiano es algo por completo diferente del que lo es sólo en apariencia. Los primeros cristianos formaban una sociedad secreta, una escuela de ocultistas, que adoptaron ciertos símbolos y signos para representar las verdades espirituales y comunicarse unos con otros.

Un verdadero teósofo no es un soñador, sino un hombre excelentemente práctico cuya pureza de vida le faculta para percibir verdades más elevadas que las percibidas por la generalidad de las gentes, y comprende cuanto ve porque tiene espiritual poder alcanzado por virtud de más de una vida de abnegación en sucesivas encarnaciones.

Jacob Boehme

Jacob Boehme
(1575-1624)

Como quiera que la verdad fundamental de la vida sólo es una, los hombres de todos los países en quienes la verdad ha llegado a ser consciente, tienen la misma percepción. Esto explica por qué son idénticas las revelaciones de los sabios que alcanzaron el mismo grado de poder. Las verdades reveladas por Jacobo Boehme, Eckhart o Paracelso, en Alemania, son esencialmente las mismas que las reveladas por los adeptos tibetanos, con la sola diferencia de sus términos y modos de expresión.

Un verdadero santo cristiano de Inglaterra o Francia dirá lo mismo que un brahmin de la India o un sabio piel roja de América, porque los tres, en igual estado de clarividencia, verán exactamente lo mismo. La verdad está visible para todos los que sean capaces de percibirla; pero cada uno describirá lo que vea según su modo de pensar y en su propia manera de expresión.

Si, como creen los ignorantes, las visiones de los santos, lamas, sanyássis y derviches fueran alucinaciones y fantasías, no habría dos de aquellos que, sin saber nada uno de otro, tuviesen la misma visión. Un árbol siempre es un árbol para los capaces de verlo; y si tienen la vista clara, ninguna opinión preconcebida puede transmutarlo en una ostra. Una verdad se percibe como tal verdad por cuantos sean capaces de percibirla, y ningún prejuicio podrá alterarla o variarla en mentira. Conocer la verdad entera es conocer todo cuanto existe; amar la verdad sobre todas las cosas es unirse con todas las cosas; expresar la verdad en su plenitud es tener poder universal; estar unido con la verdad inmortal es ser inmortal.

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Tranquilidad del alma

La percepción de la verdad depende del sosiego del ánimo. Mientras el ánimo no despierte al reconocimiento de la verdad, sólo podrá soñar en ella como en algo existente en otro mundo. El sonido de la voz de la verdad no puede penetrar a través del ruido causado por las tormentas del corazón; su luz no puede rasgar las nubes de las falsas teorías ni el humo de las opiniones aposentadas en el cerebro.

Para comprender esta voz y mirar esta luz claramente y sin mezcla extraña, el corazón y el cerebro deben estar en sosiego. Para percibir la verdad, deben hermanarse la pureza de corazón y el dominio propio, y por esto se nos enseña que los hombres han de volverse tan ingenuos como niños y tan fuertes como leones, antes de entrar en la esfera de la verdad. El corazón y el cerebro unidos son Uno; pero en oposición, forman el absurdo Dos que produce ilusiones.

El maniático emocional sólo se guía por el corazón; el indiscreto intelectual sólo escucha los dictámenes del cerebro; vive en su cabeza y desconoce el corazón. Pero ni la turbulencia de las emociones ni el fanatismo intelectual descubren la verdad; sólo en "la calma que sigue a la tormenta",* cuando se restablece la armonía, queda demostrada la verdad.


* Mabel Collins: Luz en el Sendero. [texto en ingles: /blavatsky/light-on-the-path/contents-and-title.htm ]


El que sólo sigue los dictados de las emociones, se asemeja a quien al subir a una montaña siente el vértigo y perdiendo la serenidad cae en un precipicio. Quien se guía por las percepciones de los sentidos que influyen en su intelecto, se pierde fácilmente en la vertiginosa agitación de multiformes ilusiones. Se asemeja al que en una isla del Océano, examinara una gota de agua del mar, sin reconocer la existencia del Océano, del cual la ha tomado. Pero si el corazón y el cerebro conciertan con las divinas armonías del reino invisible de la naturaleza, entonces la verdad se revelará al hombre, y verá su propia imagen reflejada en el supremo ideal.

Algunos se jactan de que les domine la inteligencia y otros de que les gobiernen las emociones; pero el hombre libre no se somete al dominio de una ni de otras, sino que es el gobernante de su corazón y de su mente. Por el poder del bien que en él reside, domina las operaciones intelectuales del cerebro, no menos que las emociones del corazón. El corazón y el cerebro no son el verdadero hombre. Son los instrumentos que nos ha prestado el Creador. No deben gobernarnos, sino que los debemos gobernar, usándolos según los dictados de la sabiduría.

El hombre materialmente enterrado en su crisálida de barro, sólo puede sentir y no ver los espirituales rayos dimanantes de la esfera de la infinita verdad; pero si acalla sus emociones quedará en sosiego, y si regula su inteligencia no caerá en engaño y será capaz de dilatar sus sentimientos hasta el reino del espíritu. Su corazón debe servirle de piedra de toque para examinar las conclusiones del cerebro al tratar de lo invisible, y debe emplear el cerebro como balanza en que pesar las decisiones del corazón; pero cuando la luz de la divina sabiduría venga en su ayuda no habrá más discrepancia entre el cerebro y el corazón, y las percepciones del uno armonizarán con las aspiraciones del otro, porque ambos estarán unidos en la luz.

Por lo general, el hombre se guía por la inteligencia y la mujer por las emociones; el hombre representa la inteligencia y la mujer la voluntad. Le ha sido necesario al hombre razonar sobre las apariencias externas, a consecuencia de su organización material, que como una cáscara encierra su alma; pero si el hombre interno, el verdadero espíritu latente en todo corazón despierta a la vida, irradia una luz que penetra en la materia e ilumina la mente. Si despierta el germen de divinidad oculto en el centro de nuestro ser, emite una luz espiritual que alcanza desde el hombre hasta las estrellas y hasta los más distantes límites del espacio; y con ayuda de esta divina luz escruta y esclarece la mente los más profundos misterios del Universo. Quienes reconocen la verdad por percepción directa, no necesitan estudiar libros, pues toda región visible o invisible está abierta ante ellos, como abiertas páginas de la historia del mundo. Conocen todas las manifestaciones de vida, porque se hallan en unidad con el manantial de vida de que dimanan las formas. No tienen necesidad de estudios literarios porque la Palabra en sí misma vive en ellos. Son los instrumentos con que la sabiduría eterna se revela a los sepultados en la materia; pero no es que el Maestro revele la verdad, sino que la verdad se revela a él. Estos son los verdaderos iluminados, teósofos, salvadores, adeptos, rosacruces, y mahatmas; no los presuntuosos que aparentan lo que en realidad no son.

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La vanidad de los "doctos"

¡Cuán lastimosa ha de parecer a los iluminados la lucha de opiniones exacerbada entre quienes la humanidad diputa por guardianes del conocimiento y de la sabiduría! ¡Cuán insignificantes parecen aquellas luces ante el sol de la verdad! Lo que al ignorante le parece luz, es para el iluminado tinieblas y humo; y la sabiduría mundana es locura * a los ojos de la verdad.


* San Pablo, I Corintios III 19. [Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante los ojos de Dios. Como está escrito: "Atrapa a los sabios en su astucia".]


La ostra en su concha puede creerse en el pináculo de la perfección sin presentir existencia superior a la de que goza en el fondo del Océano. Así el científico orgulloso de su saber se llena de vanidad sin echar de ver cuán poco sabe.

Muchos científicos modernos olvidan que los más importantes inventos no se deben a guardianes profesionales de la ciencia, sino a hombres de clara percepción a quienes miraron con desprecio. Han de recordar que muchos inventos útiles prevalecieron a pesar de la oposición de los profesionales.

Acaso desagrade la evocación de recuerdos ingratos, pero no podemos olvidar que los inventores del ferrocarril, del buque de vapor y del telégrafo, fueron ridiculizados por los científicos, que se rieron de la creencia en la redondez de la tierra; que algunos de los presumidos guardianes de la verdad, se distinguieron con frecuencia por su equivocada interpretación de las leyes de la naturaleza y por su enemiga a la verdad cuando contrariaba sus prejuicios.

Muchos descubrimientos útiles se debieron al poder de la intuición; otros fueron llevados a cabo por razonadores no intuitivos y sus resultados son todavía una maldición para el género humano. Durante siglos, las profesiones científicas prosperaron a costa del sufrimiento humano, y muchos de sus secuaces, confundiendo lo inferior con lo superior, prostituyeron su erudición.

El temor de un ilusorio diablo externo al hombre, sirvió para llenar la bolsa de brahmines y sacerdotes, mientras que iban creciendo los verdaderos diablos internos residentes en la naturaleza pasional del hombre. Durante siglos, muchos de los titulados ministros de Dios adoraron únicamente al becerro de oro de su naturaleza animal, alimentando a sus prosélitos con falsas esperanzas de inmortalidad y especulando con las egoístas inclinaciones del hombre.

Aquellos de quienes la humanidad espera protección contra los males del cuerpo, y por lo tanto deberían comprender más que nadie la constitución humana, hacen, por lo general, experimentos en la forma física para buscar la causa de la enfermedad, ignorando que la forma es expresión de la vida, el producto del alma, y que los efectos exteriores no pueden cambiar sin cambiar primero las causas internas. Muchos de ellos repugnan creer en el alma y buscan la causa de la enfermedad en su expresión exterior, donde no existe.

Las enfermedades son resultados necesarios de la desobediencia a las leyes de la naturaleza; son consecuencia de "pecados" que no se pueden perdonar, sino que han de redimirse por virtud de nuevas acciones en armonía con las leyes naturales. En vano recurrirán los ignorantes a la asistencia de los guardianes de la salud para defraudar lo que deben a la naturaleza. Los médicos pueden restablecer la salud si restauran la supremacía de la ley; pero mientras sólo conozcan una parte infinitesimal de la ley, sólo podrán curar una parte infinitesimal de las enfermedades que afligen a la humanidad. Con frecuencia suprimen la manifestación de una enfermedad, provocando otra peor todavía. En vano buscaran los investigadores las causas de las epidemias en los lugares donde se propagan y no se originan. El alma del mundo en que residen dichas causas no puede verse con microscopio; sólo puede reconocerla el hombre capaz de percibir la verdad.

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La constitución del hombre

El verdadero concepto de la naturaleza humana nos llevará a comprender que, siendo el hombre microcosmos, imagen, reflejo y símbolo del macrocosmos, la naturaleza ha de tener la misma organización que el hombre, aunque no la misma forma externa. Como quiera que tiene los mismos órganos con iguales funciones regidas por las mismas leyes, el organismo de la Naturaleza está expuesto a enfermedades análogas a las del organismo humano. La Naturaleza tiene sus hinchazones hidrópicas, sus sacudidas nerviosas, sus afecciones paralíticas, por las cuales se despueblan los países civilizados, sus inflamaciones, sus contracciones reumáticas, sus períodos de calor y de frío, sus erupciones y terremotos. Si los médicos conocieran la naturaleza humana, conocerían también la organización de la Naturaleza en conjunto y sabrían más respecto al origen de las epidemias que hoy sólo conocen por sus efectos externos.

¿Qué sabe la medicina moderna de la constitución del hombre, cuya vida y salud se confían a los conocimientos médicos? Conoce la forma del cuerpo, la disposición de los músculos, huesos y órganos en general, cuyas partes constitutivas designa con nombres que inventó para distinguirlas. Como carece de percepciones superiores a los sentidos, no reconoce el alma humana, sino que cree que el cuerpo es el hombre esencial.

Si no estuviera ciega, vería que este cuerpo visible no es más que la envoltura del "inmaterial", y sin embargo, substancial y verdadero hombre cuya alma-esencia irradia en el espacio y cuyo espíritu sin límites no está encerrado en el cuerpo, sino que más bien el cuerpo está en la esfera del espíritu. Reconocería que en el principio vital residen la sensación, la percepción, la conciencia y todas las causas que producen el crecimiento de la forma. Perturbados por su fatal error, se empeñan en curar lo que no está enfermo, mientras que desconocen al verdadero paciente.

En estas circunstancias, no es extraño que los más insignes médicos de nuestra época opinen que nuestros actuales métodos terapéuticos son más bien maldición que bendición para la humanidad, y que las drogas y medicinas resulten perjudiciales, porque continuamente se aplican con desacierto. Así lo han declarado frecuentemente médicos ilustres.

Paracelso

Paracelso
(1493-1541)

El médico ideal del porvenir conocerá la verdadera constitución humana y no le engañarán las apariencias externas ilusorias, porque sus desarrollados poderes internos de percepción le facilitarán examinar las causas ocultas de todo efecto exterior. Las adquisiciones de la ciencia materialista no le servirán de guías, sino de auxiliares. Su guía será su conocimiento y no una teoría, y su conocimiento le dará poder.*


* Tal médico fue Theophrastus Paracelsus, el gran reformador de la medicina en el siglo XVI.

Wikipedia, en español: es.wikipedia.org/wiki/Paracelso

Vea La vida de Paracelso de Franz Hartmann, también en la sección de Magia (inglés): /magic/paracelsus/hartmann-life-of-paracelsus/contents.htm


Si los estudiantes de medicina emplearan en fomentar el amor a la verdad parte del tiempo que desperdician en diversiones serían capaces de descubrir en el organismo ciertos procesos que en la actualidad son para ellos simples materias especulativas que no pueden descubrirse por ningún medio físico.

Pero el médico moderno supera en sus actos a sus conocimientos, pues aunque no tenga fe se sostiene por la fe; porque si las gentes no creyeran que las ha de curar no le llamarían, y si los enfermos no confiaran en que los había de aliviar, no harían lo que les prescribiese. Un médico sin intuición ni confianza en sí mismo, en quien nadie tiene fe, es enteramente inútil, aunque haya estudiado mucho en las aulas.

Nada se logra sin fe, y no hay fe posible sin conocimiento espiritual. Sólo podemos hacer lo que confiamos cumplir, y sólo podemos abrigar esta confianza cuando sabemos por experiencia que tenemos el necesario poder.

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La mente

¿Qué sabe la ciencia profana de la mente? Según la definición común, la mente es el "poder intelectual del hombre", y como hombre significa para la ciencia una forma visible, resulta que esta definición nos dice que la mente es algo recluido en aquella forma visible. Pero si fuera verdadera esta idea, no podrían transmitirse a distancia ni la voluntad ni el pensamiento.

No se puede oír sonido alguno en un espacio sin aire, y ningún pensamiento puede pasar de un individuo a otro, sin que sirva de conductor entre ambos la materia correspondiente; pero hoy día está casi universalmente admitida la posibilidad de transmitir el pensamiento, como así lo han comprobado los mismos niños en sus juegos y lo reconocen los más escépticos observadores,* Además, quien dudase de la posibilidad puede convencerse sugiriendo en silencio sus pensamientos a otros; o si es de naturaleza impresionable, dejando que otros se los sugieran a él.


* "Informe de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas", Londres, 1884. en.wikipedia.org/wiki/Society_for_Psychical_Research


¡Cuán infinitamente más grandioso y razonable es el concepto expuesto por la ciencia antigua, según el cual todo cuanto existe es expresión de los pensamientos de la Mente universal, que llena el infinito espacio! Este concepto erige la mente en una fuerza del reino de lo infinito que opera por medio de instrumentos vivos e inteligentes y convierte al Hombre en un poder intelectual, una expresión de la Mente universal, capaz de recibir, reflejar y modificar los pensamientos de ella, como un diamante que brilla por la influencia del sol.

No hay razón alguna para engañarnos creyendo que una mente inteligente exista sólo en forma visible y tangible a los sentidos externos. Puede haber, pues no lo conocemos todo, indecibles millones de seres inteligentes o semiinteligentes en el Universo, formados de otro modo que nosotros, que vivan en planos de existencia diferentes de los nuestros, y por ellos sean imperceptibles a nuestros sentidos físicos, pero que estén dotados de mente y pueda percibirlos la superior facultad de percepción que corresponde al espíritu despierto. Tampoco es la existencia de semejantes seres mera especulación, porque los han percibido quienes tienen percepción interna.

Todo lo que podemos comprender respeto a los objetos externos, son las imágenes que producen en nuestra esfera mental. Los seres astrales o espirituales no proyectan reflexión en la retina; pero su presencia es sensible cuando entran en la esfera mental del observador y pueden percibirse con los ojos del alma.

El científico ideal del porvenir que haya alcanzado la percepción espiritual, reconocerá esta verdad.

Si creemos que el objeto de la vida es simplemente dar satisfacción a nuestro yo material y mantenerle en regalo, y que de la comodidad material depende la más elevada condición de felicidad posible, confundiremos lo inferior con lo superior y la ilusión con la verdad. Nuestro modo material de vivir es consecuencia de la constitución material de nuestros cuerpos. Somos "gusanos de la tierra" porque dirigimos todas nuestras aspiraciones a la tierra.

Si entráramos en un sendero de evolución que nos hiciese menos mentales y más etéreos, muy distinta sería nuestra civilización. Las cosas que ahora nos parecen indispensables y necesarias cesarían de ser útiles, y si pudiéramos transferir nuestra conciencia con la rapidez del pensamiento de una a otra parte del globo, ya no necesitamos los actuales medios de comunicación y transporte. Cuanto más profundamente nos hundamos en la materia, más materiales tendrán que ser los medios de obtener el bienestar; porque el hombre interno no es material en el ordinario sentido de esta palabra, sino independiente de las restricciones propias de la materia.

¿Cuáles son las verdaderas necesidades de la vida? La respuesta depende enteramente de lo que cada cual crea necesario. Los ferrocarriles, los buques de vapor, la luz eléctrica, etc., nos son ahora necesarios; y sin embargo, millones de gentes han vivido largo tiempos felices sin conocerlos. Para uno serán necesarios una docena de palacios, para otro un carruaje, para otro una pipa o una botella de ron.

Pero todas las necesidades de esta índole son ficticias y constituyen el estado en que el hombre se encuentra satisfecho y le incitan a permanecer en él, sin desear algo superior, por lo que pueden ser estorbo más bien que impulso en su evolución. Si nos eleváramos a más alto estado, que no exigiese nada artificioso, todas las cosas facticias dejarían de ser necesarias y no las desearíamos; pero la apetencia de placeres groseros en que tiene fijo su pensamiento impide al hombre entrar en la vida superior.

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El gran arcano

Elevar al hombre perecedero a la perfecta condición ideal del hombre permanente, es el gran objeto de la vida; el arcano que no se puede aprender en los libros; el gran secreto que un niño puede entender, pero que permanecerá incomprensible para quien viviendo enteramente en la región de las percepciones sensorias, no sea capaz de comprenderlo.

La adquisición de lo más alto es el magnum opus, la gran obra de que dijeron los alquimistas que pueden necesitarse miles de años para llevarla a cabo, pero que también puede cumplirse en un momento, aún por una mujer rueca en mano. Consideraron los alquimistas la mente humana como un gran alambique [1] en el que las fuerzas antagónicas de las emociones pueden purificarse al calor de las aspiraciones santas y por el supremo amor a la verdad. Dieron instrucciones para que el alma del hombre mortal pudiera sublimarse y purificarse de las atracciones terrenales y se vivificaran libremente sus inmortales principios para que los purificados elementos ascendieran hasta el origen supremo de la ley, y descendieran de nuevo en derramamientos de nívea blancura, visibles a todos, porque santos y puros fueron todos los actos de su vida.

[1. Aparato alquímico para destilar.]

Enseñaron de qué modo los metales inferiores, símbolo de las energías animales del hombre, se transforman en el oro purísimo de la verdadera espiritualidad, y cómo, al lograr la vida espiritual (representada alegóricamente por el "Elixir de la Vida"), las almas recobran su juventud e inocencia haciéndose inmortales.

Estas verdades, como tantas otras, se entendieron mal, y las ridiculizaron los necios y las repudiaron los ignorantes que continuamente piden la verdad y la rechazan cuando se les presenta, porque están ciegos y no pueden verla. La Teología y la Masonería, cada cual a su modo, han continuado las enseñanzas de los alquimistas, y dichoso puede llamarse el sacerdote o el masón que entiende lo que enseña. Porque hay pocos discípulos verdaderos. Los sistemas en que se incorporaron las antiguas verdades todavía subsisten; pero la sofistería y el materialismo han puesto sus heladas manos sobre las formas exteriores de esas verdades y el espíritu ha huido de su interior. Los doctores y los sacerdotes ven sólo la forma exterior, y son pocos los que descubren el recóndito misterio que llamó estas formas a la existencia. La clave del santuario interno la perdieron aquellos a quienes se confió su custodia, y la verdadera palabra simbólica no la han descubierto de nuevo los discípulos de Hiram Abiff. El enigma de la esfinge egipcia todavía espera solución, y no se le revelará a nadie que no tenga fuerzas suficientes para descifrarlo por sí mismo.

Pero siempre vive la verdadera Palabra. Todavía resplandece la luz de la verdad en las profundidades del mundo interno del hombre y extiende su divina influencia por los valles; y doquiera que estén abiertas las puertas y ventanas para recibirla, disipará las tinieblas haciendo al hombre consciente de sus atributos divinos y guiándole por el sendero de perfección, hasta que cesada la lucha y restablecido el imperio de la ley halle la perdurable felicidad en el logro del más elevado ideal del universo: el reconocimiento de su divino ser.

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