Magia Blanca y Negra Franz Hartmann MD

La ciencia de la vida finita e infinita

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(1886)

Franz Hartmann, MD

Capitulo VII - Consciencia

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sketch of a Lily of the Valley flower

"Soy lo que soy." – Biblia

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Mente universal

Cuanto existe en el Universo es manifestación de la Mente universal. Por lo tanto, todo es mente en sí y existe con absoluta conciencia y capacidad de tener conciencia relativa en cuanto se manifieste en forma.

Conciencia absoluta es inconciencia con relación a las cosas. Conciencia significa conocimiento y vida; Inconciencia es ignorancia y muerte. El conocimiento imperfecto es un estado de conciencia imperfecta. El estado más elevado posible de conciencia es el pleno conocimiento de la verdad.

Nada existe con relación a nosotros antes de que conozcamos su existencia. Quien no conoce su propia existencia es inconsciente, y por lo tanto está muerto para todo fin práctico.

No podemos conocer la existencia de una fuerza que no poseamos. Vemos los efectos dimanantes de la electricidad y advertimos que ocurren; pero no nos percataremos de la índole o naturaleza de lo que llamamos electricidad si no tenemos conciencia de que la misma fuerza existe en nuestra constitución.

De la propia suerte podemos advertir los efectos de la manifestación de la divina sabiduría en el universo y contemplar la expresión de belleza, justicia y verdad; pero no conoceremos la existencia de estos principios a menos que seamos conscientes de su presencia en nosotros. Las obras de Dios existen y nosotros vemos el producto de la acción de Su espíritu en la naturaleza; pero el mismo Dios no sería nada para nosotros si no nos divinizáramos por Su presencia en nosotros. No podremos comprender la naturaleza de Dios a menos que Su divina naturaleza esté presente en nosotros y llegue a nuestra propia conciencia.

Un estado de existencia es incomprensible si no se le experimenta y conoce, y comienza desde el momento en que se conoce. Si alguien poseyera legalmente millones y lo ignorara, no podría disponer ni gozar del dinero. El que está presente cuando el orador pronuncia un discurso, si no oye cuanto se dice, no tendrá efecto para él. El hombre está dotado de razón y conciencia; pero si no escucha su voz faltará la relación entre él y la voz de sabiduría, desapareciendo proporcionalmente para él en proporción a la pérdida de su capacidad para escucharla.

Un hombre puede estar vivo y consciente con relación a una cosa. y muerto e inconsciente para otra. Algunas de sus facultades pueden hallarse activas y conscientes, mientras otras inconscientes e inactivas. El que escucha atentamente la música sólo es consciente de los sonidos; el que se arroba en la admiración de la forma sólo será consciente de lo que ve; el que padece puede ser solo consciente de la relación entre él y su dolor. El absorto en sus pensamientos, se cree solo en medio de la multitud o puede estar amenazado de muerte sin advertir el peligro. Si tiene la fuerza de un león de nada le servirá si no la conoce; no será inmortal a menos que reconozca su inmortalidad.

Cuanto mejor aprendamos a conocer el verdadero estado de nuestra existencia, tanto más conscientes seremos de ella, y de lo contrario no nos conoceremos a nosotros mismos. Quien plenamente se conozca a sí mismo será consciente de sus poderes y sabrá como ejercitarlos esforzadamente.

Ser consciente de la existencia de una cosa equivale a poseerla. Percibirla es entrar en relación con ella y advertir esta relación. Por lo tanto, la conciencia principia al principiar la sensación; pero la sensación y percepción de una forma sólo van seguidas del reconocimiento de la verdad cuando el principio existente en aquélla forma es un poder consciente en nuestra constitución.

Al ver por vez primera a un extraño percibimos su forma externa, el traje que lleva y advertimos que es una forma viviente; pero nada sabemos de su verdadero carácter. Su aspecto puede parecernos respetable y sin embargo ser un farsante; su traje nuevo y elegante y a pesar de ello ser un mal hombre; su cuerpo sano y su alma enferma; sus recomendaciones excelentes y no obstante engañosas.

Si queremos conocer el verdadero carácter de aquél hombre, hemos de ser capaces de reconocer la naturaleza de su carácter en nosotros mismos. Podemos mirarle a los ojos para que las almas se hablen y se pongan en consciente relación una con otra de suerte que no haya engaño posible. Este reconocimiento de la verdad por percepción directa es una de las facultades humanas no educidas plenamente todavía en el actual estado de evolución. Es un sexto sentido que apunta como una yema en el árbol de vida mientras que los otros cinco sentidos están ya del todo desarrollados. Sin embargo, existe el sexto sentido y, por lo tanto, la primera impresión que recibimos de un extraño es generalmente la verdadera, aunque después variemos nuestro concepto porque se interponen diversas consideraciones para torcerlo.

La percepción consiste en ponerse en relación con el objeto percibido. Esta relación sólo es posible cuando el perceptor y el objeto de percepción existen en el mismo plano de existencia. Por esta razón los sentidos físicos perciben los objetos físicos; el alma percibe las cosas del alma; y las cosas pertenecientes al espíritu sólo puede percibirlas el poder del consciente espíritu del hombre.

Todo cuanto existe está en la Mente universal y nada hay fuera de ella porque todo lo incluye. La percepción es la facultad por la que aprende la mente a conocer lo que en ella misma sucede. Ver una cosa es percibir su existencia en la mente; sentir la presencia en el alma de un poder invisible, equivale a conocer su presencia por medio del sentido del tacto que corresponde a la mente.

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Conciencia relativa

El hombre sólo puede conocer lo que existe en su mente. Aún el más ardiente enamorado no ve a su amada, sino la imagen que la forma de ella reproduce en su mente. Al pasar por la calle, las imágenes de los transeúntes desfilan por nuestra mente en tanto que reconocemos sus cuerpos; y si no fuera por las imágenes que forjan en nuestra conciencia, no conoceríamos su existencia.

Las imágenes forjadas en la mente se transfieren a la conciencia cuyo taller es el cerebro; pero si la conciencia del hombre estuviera concentrada en otra parte de su cuerpo, sería consciente en la parte en que recibiese las sensaciones. Pudiera, por ejemplo, ver con el estómago u oír con los dedos, según demuestran algunos experimentos científicos, porque la sensación no es una cualidad propia del cuerpo físico, sino que pertenece al cuerpo astral cuyos sentidos no están localizados aunque penetra el cuerpo físico y determina en él la localización de los sentidos.

Un poder consciente, difundido por doquier en el espacio, tendría la facultad de conocer cuanto ocurriera en una porción del espacio, porque estaría en consciente relación con todas las cosas. Un poder consciente ligado a una forma material tan sólo conoce lo que se relaciona con esta forma. La conciencia y la percepción no son propias de una forma limitada, pues pertenecen a la divina naturaleza del hombre no sujeta a las limitaciones de la forma.

Los sentidos físicos son producto de la influencia del universal poder de la mente y de la resistencia que opone la forma. Si el hombre se hubiese mantenido en perfecta armonía con la mente universal, no quedara jamás revestido de forma material. No podía haber percepción sin resistencia. Si nuestros cuerpos fueran enteramente transparentes, no percibiríamos la luz, porque la luz no se ilumina a sí misma. La Luz Astral penetra nuestros cuerpos, pero no podemos verla con los ojos físicos, porque el cuerpo físico no le ofrece resistencia.

Durante el sueño, Ia conciencia personal abandona gradualmente el cerebro y se entremezcla con la conciencia del " hombre interno ". Entonces entramos en otro estado de existencia; y si parte de la conciencia queda todavía en el cerebro, la conciencia interna puede percibir el yo inferior. Por lo tanto, en aquel estado semiconsciente, entre dormido y despierto, cuando la conciencia oscila entre dos estados de existencia, podemos recibir importantes revelaciones del estado superior y retenerlas en la memoria personal.

Cuanto más penetre la conciencia inferior en la superior, tanto mejor comprenderemos la existencia superior, y las impresiones que reciba nuestro yo personal se debilitaran de modo que no las retenga la memoria; pero mientras la mayor parte de nuestra conciencia esté activa en el cerebro material, las percepciones del estado superior serán débiles y entremezcladas con los recuerdos y sensaciones del estado inferior de existencia.

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La luz astral

La luz astral

La luz astral Éliphas Lévi

Probablemente hubo época en el desenvolvimiento del cuerpo humano en que su forma era por decirlo así todo ojos y toda su superficie sensible a la luz. La resistencia de su forma a la influencia de la luz engendró el órgano de la visión. En los lagos subterráneos hay peces sin ojos, pues como allí no hay luz, tampoco necesitan órganos para recibirla y ninguno para resistirla. En los países tropicales es la luz muy intensa, y así el hombre de los trópicos necesita que su piel esté coloreada por un pigmento obscuro para proteger el desnudo cuerpo contra los ardores del sol.

Hay entidades semi-materiales (elementales) que carecen de tegumentos lo bastante consistentes para protegerles contra la luz terrestre a cuya acción son muy sensibles, por lo que han de vivir en la obscuridad y sólo se manifiestan durante la noche.*


* Adolpho d'Assier, que empleó mucho tiempo en la investigación de fenómenos ocultos, refiere el caso de una persona que dormía en una habitación aduendada, con propósito de estudiar el fantasma. Se fue una noche a la cama dejando la luz encendida. De pronto, pareció como si una sombra densa se escurriese hasta debajo de la cama a través de la puerta del aposento. A poco vio salir de debajo de la cama un brazo muy largo que llegándose hasta la mesa apagó la luz y al punto comenzó el ajetreo de muebles empujados y rotos con tanto estrépito, que acudieron los vecinos con luces, a punto que la negra sombra se escapaba por la puerta del aposento.


Si el cuerpo astral del hombre quedara expuesto a la plena influencia de la luz astral sin capacidad para resistirla, se desintegraría lenta o rápidamente según la intensidad de la luz. Los mitos del "infierno" y del "purgatorio" representan sugestivamente la destructora acción de la luz astral; pero esta destrucción no va necesariamente acompañada de sensación, a menos que el cuerpo sea consciente. El cadáver abandonado por el espíritu no siente el fuego que lo incinera, y asimismo un cadáver astral puede desintegrarse en sus elementos sin sentir dolor alguno. Tan sólo habrá sensación cuando la forma esté asociada al espíritu en cualquier plano de existencia.

Algunos magos y necromantes ** basan sus prácticas en este hecho, y así no resulta imposible que el cuerpo astral de un muerto sea atormentado por un vivo, si éste sabe como dotarle de espíritu y reavivar su conciencia infundiendo algo de su propia vida en aquella forma.


** No hay que confundir los necromantes con los nigromantes. Los primeros se valen de la evocación de los muertos para las adivinaciones por medio de prácticas macabras. Los segundos son los magos negros cuyo poder aviesamente aplicado reside en ellos mismos sin necesidad de extraño auxilio. [Esta nota no existe en la edición en inglés y puede haber sido agregada por el traductor.]


Si nuestros cuerpos fuesen lo suficientemente etéreos para pasar a traves de otros sin resistencia, no advertiríamos su presencia. Si el tímpano del oído no recibiera las vibraciones acústicas, sería imperfecta la audición. La resistencia determina la sensación.

El hombre sufre porque resiste. Si en toda circunstancia obedeciera las leyes de su naturaleza, no conocería las enfermedades del cuerpo; si en todas las cosas cumpliese la voluntad de Dios no sufriría.

La vida, la sensación, la percepción y la conciencia pueden desprenderse del cuerpo físico y transportar su actividad al cuerpo astral, que entonces es consciente de su existencia independiente del cuerpo físico y puede desarrollar facultades sensorias, viendo, oyendo, oliendo y gustando lo que los sentidos físicos no alcanzan a ver, oír, oler y gustar, y por lo tanto no existe para ellos.

¡Cuán admirable vista se desplegaría ante el hombre, si se descorriera de pronto el velo que misericordiosamente le encubre el mundo astral! Vería el espacio ocupado por otro mundo diferente, de cuyos habitantes nada sabía. Lo que antes le parecía denso y sólido, ahora le aparecería nebuloso, y el espacio vacío lleno de vida.

Las investigaciones científicas han puesto en claro muchos casos en que se activaron más o menos los sentidos astrales. Así, por ejemplo, la vidente de Prevorst percibía muchas cosas que para las demás gentes no existían; y las vidas de los santos y los modernos fenómenos mediumnímicos proporcionan numerosos ejemplos que prueban la existencia de los sentidos internos por medio de hechos que ocurren diariamente. Cuando los sentidos astrales están despiertos y activos es posible percibir cosas sin necesidad de los corporales, y ser clarividente y clariaudiente con capacidad de ver, oír, oler, gustar y tocar los atributos astrales de cuanto exista en formas corpóreas o fuera de ellas.

Todas las casas están aduendadas, aunque no todas las gentes son igualmente capaces de ver los espectros que las frecuentan, porque para percibir las cosas del plano astral se necesita el desarrollo de un sentido adaptado a esas percepciones. Los pensamientos son "espectros", y únicamente pueden verlos quienes sean capaces de ver las imágenes mentales, a no ser que los espectros estén lo suficientemente materializados para refractar la luz y hacerse visibles al ojo físico.

Podemos sentir la presencia de una forma astral sin percibirla, y reconocer su presencia con la misma certeza que tendríamos al verla, porque el sentir no da menos seguridad que el ver. La presencia de una idea santa, elevada y sublime en la mente, la llena de un sentimiento de felicidad y de una exhilarante influencia, cuyas vibraciones pueden percibirse mucho después de desvanecido el pensamiento.

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La vista

La explicación que la fisiología da del sentido de la vista se contrae a describir la formación de una imagen en la retina del ojo físico; pero nada nos dice de cómo se transporta esta imagen a la conciencia mental. Si la mente estuviese encerrada en el cuerpo físico no podría percibir el tamaño de ningún objeto exterior, sino que a lo sumo vería la diminuta imagen formada en su retina y el mundo exterior le parecería tan microscópico como si lo viera a través de un telescopio invertido.

Pero las imágenes reflejadas en el ojo físico sólo sirven para convertir la mente a los objetos de percepción y despertar el íntimo sentido mental a la conciencia de su relación con dicho objeto existente en su propia esfera. El hombre visible es el almendrón del hombre invisible cuya esfera mental le rodea por todas partes como invisible pulpa que se extiende a distancia en el espacio, de suerte que el hombre puede percibir conscientemente los objetos existentes en dicha esfera si se pone en relación con ellos.

Esta invisible y etérea esfera es tan esencial a la constitución del hombre como la pulpa de un melocotón lo es a este fruto; pero la ciencia positiva sólo conoce el hueso y nada sabe de la pulpa. Además, esta esfera anímica se entremezcla con las esferas de otras almas, dererminando simpatías o antipatías según la armonía o discordancia de sus respectivos elementos. Muchas alteraciones pueden ocurrir en la mente de un individuo sin que éste las advierta, a menos que fije su atención en ellas y las transporte a su conciencia.

La mente percibe lo que ocurre en el mundo físico, cuando por medios físicos se la pone en consciente relación con los objetos físicos; y percibe lo que ocurre en el reino del alma, cuando influencias de él venidas la ponen en consciente relación con este reino; y percibe la verdad espiritual cuando el poder dimanante de la verdad la pone en relación con ella.

El cuerpo físico dormido no percibe los objetos exteriores; los sentidos astrales no están desarrollados; el espiritual poder de percepción es todavía inactivo en la mayoría de los hombres, y siente la presencia del espíritu tan sólo por el incierto reflejo de su luz, como quien estando semi-consciente ve traslucir el reflejo de la luz a través de los cerrados párpados sin verla. Tal es el poder de la intuición que precede al despertar del conocimiento espiritual.

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Percepción mental

Para la mente no hay límites, y por lo tanto, la distancia no es impedimento de la percepción mental, porque una mente solidaria con el todo está en relación con cada una de las partes, y tan pronto como el hombre reconoce su relación con un objeto del espacio, conoce la existencia de este objeto.

La mente no percibe aún todas las cosas y requiere la ayuda de los sentidos físicos, porque Adán está sumido todavía en el sueño que le sobrecogió cuando moraba en el paraíso. Todavía ignora que su verdadera naturaleza lo abarca todo. Su conciencia está atada a una forma material que lo aprisiona.

Ver una cosa equivale a tocarla mentalmente. La mente individual se extiende por el espacio porque es una con la Mente universal; y así no sólo las imágenes de las cosas, sino las cosas mismas existen en la periferia de nuestra mente, por muy distantes que estén del centro de nuestra conciencia; y si pudiéramos mudar este centro de un lugar a otro de la esfera de la mente, podríamos acercarnos en un instante al objeto de nuestra percepción.

La substancia mental está en todas partes, aunque su conciencia es limitada. El hombre cuya esfera mental fuese del todo consciente, estaría por doquier y todo lo conocería, por lo que a medida que se dilata la esfera de percepción, se dilata también la esfera de su conciencia.

El centro de la conciencia del hombre es el cerebro, y si la mente percibe un objeto, la percepción ha de llegar al cerebro. Si miramos una estrella distante, nuestra mente estará allí, en contacto con ella, y si pudiéramos transmitir nuestra conciencia al punto de contacto, estaríamos en aquella estrella, percibiendo los objetos que contuviese, del mismo modo que si estuviéramos personalmente en su superficie.

Sin embargo, esto es imposible mientras la conciencia esté localizada en el cerebro, pues esta conciencia es por sí misma una ilusión que nos permite vagar por el espacio en alas de la imaginación, pero sin revelarnos la verdad. La conciencia cerebral es respecto de nuestra conciencia superior lo que la luz de la luna a la del sol. Nuestra verdadera conciencia reside en el corazón; y por lo tanto, el corazón puede explayarse en el universal y no imaginario amor a todo lo creado. Si este amor fuese consciente en nuestro corazón, se nos revelarían todos los misterios del universo.

La percepción es la imaginación pasiva, porque al percibir un objeto, nuestra relación con él llega a nuestra conciencia sin esfuerzo activo por nuestra parte. Pero hay una imaginación activa por la cual podemos relacionarnos con un distante objeto del espacio por medio de la transmisión de conciencia. Esta facultad nos permite actuar sobre un objeto distante, si logramos formar su exacta imagen en nuestra conciencia. Concentrando la conciencia sobre dicho objeto, somos conscientes en el lugar de nuestra esfera mental en que exista. Así establecemos una consciente relación con el objeto, mas para ello es preciso el espiritual poder residente en el corazón.

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Estados de conciencia

Conciencia es existencia, y hay tantos estados de conciencia como de existencia. Todo ser viviente tiene su conciencia peculiar, resultante de sus sensaciones, cuyo estado muda a cada momento, según mudan las impresiones que recibe; porque su conciencia es la percepción de la relación con que se liga a las cosas, y al mudar esta relación se altera el carácter de la conciencia.

Si nuestra atención se convierte a los goces animales, tendremos un estado animal de conciencia; y si reconocemos los principios espirituales, como la esperanza, la fe, la caridad, la justicia, la verdad, etc., en su aspecto superior, vivimos en nuestra conciencia espiritual, y entre ambos extremos hay una extensa variedad de gradaciones. La conciencia en sí no muda; sólo asciende o desciende en la escala de existencia.

Hay una conciencia cuyo estado no se altera porque es independiente de toda relación con las cosas. Es la conciencia de la existencia, la realización del yo soy. Podrá estar ignorada, pero una vez conocida es inmutable, porque Dios no se muda y si mudara quedaría aniquilado el universo.

Quien no haya alcanzado esta verdadera conciencia no conocerá su verdadero ser, pues por muy desarrollado que esté física e intelectualmente, sólo será una combinación de elementos físicos e intelectuales y su sentido del yo una siempre mudable ilusión. No puede morir porque no ha empezado a vivir ni existe realmente porque no conoce su verdadera existencia. Tan sólo vive en realidad quien es consciente de su vida divina.

Cuando la Vida se manifiesta en una forma y actúa en relación con ella, el grado de conciencia de esta forma depende de la índole de su organización. En una forma inferiormente organizada hay sensación, pero no inteligencia. Una ostra tiene conciencia y no inteligencia. Un hombre puede ser muy inteligente y no tener conciencia de la espiritualidad, sublimidad, justicia, belleza o verdad.

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Sabiduría

Las existencias inferiores siguen implícitamente las leyes de la naturaleza o de Razón universal, porque en ellas no hay diferenciación de mente ni tienen voluntad ni razón propias. Los superiores seres espirituales obedecen a su propia razón, pero su voluntad y razón están en armonía con la ley universal. La diferencia entre los seres inferiores y los superiores consiste en que los inferiores cumplen inconscientemente la voluntad de Dios, mientras que los superiores la cumplen consciente e inteligentemente. Tan sólo los seres intermedios entre los inferiores y los superiores se jactan de su razón y se figuran que son sus propios legisladores y pueden obrar a su antojo. El razonamiento es causa de todo mal. EI iluminado no razona. Su guía es la Razón misma.

El sistema muscular funciona sin la especial guía de una inteligencia superior, como maquinaria de reloj, que una vez puesta en movimiento sigue andando; y quien tenga la costumbre de obrar bien obedecerá instintivamente sin reparos ni dudas a la ley de sabiduría y justicia.

Todo estado mental tiene su peculiar modo de percepción, sensación, instinto y conciencia, pudiendo la actividad de uno de estos estados sofocar a suprimir la de otro. Quien sólo es consciente de sensaciones dimanantes de actos físicos, está inconsciente de las influencias espirituales. El anestesiado pierde la sensación física. El que se halla en éxtasis está enteramente despierto en un plano superior de existencia y enteramente inconsciente en el plano físico.

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Conciencia inferior

El ininteligente sistema muscular sólo es consciente de la atracción de la tierra. En él predomina el elemento terrestre, y si no está apoyado por el raciocinio, seguirá el impulso que le dé aquella atracción. El cuerpo astral es de por sí ininteligente, y si no está regulado por la inteligencia procedente de los principios superiores, sigue las atracciones del plano astral, o sea las emociones levantadas por los deseos.

De la misma manera que el cuerpo físico obedece a la ley de la gravedad si no está guiado por la razón, así el cuerpo astral obedece a la atracción del deseo. La conciencia animal del hombre es la irracional atracción que le incita a satisfacer sus apetitos.

En rigor, no hay razón animal, inteligencia animal y conciencia animal, etc. La conciencia, la razón, la inteligencia, etc., en absoluto no admiten calificaciones: Son principios universales. es decir, funciones de la Única Vida Universal, que se manifiestan en varios planos y en diversidad de formas.

La condición de un individuo cuya conciencia no esté iluminada por la. razón, se ve en los casos de demencia emocional y obsesión. Entonces obrará de entera conformidad con sus impulsos, y al recobrar la razón no recordará lo que hizo en aquél estado. Estas condiciones se manifiestan sólo en un individuo, o pueden afectar simultáneamente a varios, y aún a países enteros, como ocurrió con algunos obsesiones epidémicas en la Edad Media.*


* "Histoire des diables de Loudin."


No son raros los casos de obsesión y muchas locuras son simples obsesiones. Sería en extremo conveniente para los intereses de la humanidad, que los directores y médicos de los manicomios estudiaran las leyes ocultas de la naturaleza e indagaran las causas de la locura, en vez de contraerse al estudio de sus efectos exteriores.

Frecuentemente se observan en casos de histerismo, en funciones religiosas, representaciones teatrales, ataques al enemigo, o en cualquier ocasión en que se excitan las pasiones de la multitud, induciendo a cometer locuras o realizar heroicidades a gentes que ni quisieran ni pudieran si les hubiese guiado la razón. Tales estados son la manifestación de invisibles poderes que actúan por medio de diferentes formas.

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Transferencia de conciencia

En algunos individuos el cuerpo astral es el centro de conciencia que pueden transferir a distancia. La mente está por doquier y es capaz de recibir impresiones. Si enfocamos firmemente nuestros pensamientos sobre una persona o lugar distante, estableceremos una corriente mental: nuestros pensamientos pueden ir al lugar deseado, porque por lejos que esté, se hallará en la esfera mental. No habrá dificultad en encontrarlo si es que ya lo visitamos, o si hay en él algo que nos atraiga.

En circunstancias ordinarias la conciencia queda en el cuerpo físico; pero si el astral es lo bastante activo para no adherirse al físico sino acompañar al pensamiento, la conciencia va también con él, quedando proyectada allí por el poder de la voluntad, y cuanto más intensa sea la voluntad tanto más fácilmente se cumplirá este hecho. Entonces visitaremos conscientemente el lugar escogido, dándonos cuenta de lo que hacemos, y el cuerpo astral conservará la memoria impresionando con ella el cerebro físico.

Tal es la razón de que algunos individuos puedan proyectar el pensamiento a distancia: y este poder, o bien es congénito, o se adquiere por el ejercicio. Hay quienes a consecuencia de una heredada peculiaridad de constitución o por enfermedad física se desprenden voluntaria o involuntariamente del cuerpo físico, se trasladan en el astral consciente o inconscienternente a lugares distantes y con la ayuda de las emanaciones ódicas y magnéticas pueden materializarse en visibles y aún tangibles formas.*


* Adolpho d'Assier enumera varios casos en que el "doble" de una persona se vio simultáneamente con el cuerpo físico. A una señorita la vieron sus compañeras de colegio en el locutorio y al mismo tiempo estaba su doble en el jardín. Cuanto más definida era la forma del doble más se debilitaba la del cuerpo físico, y al recobrar éste todo su vigor desapareció el doble. En aquel caso, la conciencia de la colegiala estaba evidentemente dividida entre el locutorio y el jardín, y como su pensamiento se enfocó en las flores, apareció allí su forma etérea. Al estudiar la ley que preside estos fenómenos en apariencia misteriosos, conviene tener en cuenta que toda forma, ya material, ya etérea, consiste en ciertas vibraciones de la materia primordial manifestadas según el carácter que se les infunde.


El cuerpo astral queda a veces retenido inconscientemente en el lugar donde duerme el cuerpo físico y le han visto individuos sensitivos, aunque sin dar señales de inteligencia ni de vida, pues actúa automáticamente y se reintegra al cuerpo físico cuando éste requiere su presencia. En el momento de la muerte, al aflojarse la cohesión entre los principios superiores e inferiores, es frecuente la proyección del cuerpo astral, que durante algún tiempo puede ser consciente, activo e inteligente hasta el extremo de representar al verdadero hombre.**


** Numerosos ejemplos de esta clase refiere E, Gurney, en su obra "Fantasmas vivientes". [inglés: "Phantasms of the Living" archive.org]


Se recuerdan muchos casos en que a consecuencia de una brusca y viva emoción, como por ejemplo el ardiente deseo de ver a una persona, la forma mental emanada del cuerpo físico actuó consciente y visiblemente a distancia. En los casos de nostalgia, sucede algo parecido, pues el que está lejos de su patria y amigos, en su vehemente deseo de volverlos a ver, proyecta su pensamiento en aquel lugar, donde, por decirlo así, vive espiritualmente, mientras su cuerpo físico vegeta en otro punto, debilitándose gradualmente hasta morir, esto es, que el espíritu se va a donde ya estaba en pensamiento, por más que los sentidos físicos no adviertan su gradual partida.

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Separación

En casos de enfermedad o muerte ocurre análoga separación. Cuando por cualquier causa se debilita la unión entre los cuerpos físico y astral, puede éste separarse temporánea o permanentemente de aquél.

Se notan síntomas de esa separación en las enfermedades graves, cuando el enfermo ve a otra persona en su misma cama. Al recobrar la salud se vuelven a unir los principios cuya cohesión se había aflojado y la sensación desaparece.

El estado de conciencia es correlativo al plano en que el individuo actúa y cada uno de estos planos de existencia tiene sus peculiares sensaciones, percepción y memoria. Lo que se ve, percibe y recuerda en un estado no se recuerda en otro, y por lo tanto no es imposible que al entrar un individuo en superior estado de conciencia después de la muerte, no recuerde nada de las condiciones de su vida terrestre.*


* Refiere el Dr. Hammond en su tratado sobre la locura, que un criado llevó un paquete que se le había confiado a otra casa distinta de la destinada a recibirlo. Pasada la embriaguez no se acordó a dónde había llevado el paquete y lo dieron por perdido; pero al volver a embriagarse recordó la casa y pudo recuperar el paquete. Esto demuestra que su estado de conciencia era distinto cuando beodo de cuando despejado, pues la personalidad cambia de continuo según sus condiciones de existencia y al cambiar de conciencia se convierte en otro hombre, aunque subsista su forma externa.


En estado de embriaguez, el individuo sólo tiene conciencia de su existencia animal y es enteramente inconsciente de su existencia superior. Una sonámbula considera su cuerpo como un ser distinto de ella que está a su cuidado y habla de él en tercera persona, recetándole a veces como el médico al enfermo, y a menudo denota gustos, inclinaciones y opiniones enteramente opuestos a los de su estado normal. En estado de trance puede una persona amar a otra intensamente, pues entonces es capaz de advertir las cualidades internas, aunque la aborrezca en su condición normal, cuando sólo repara en las cualidades externas.*


* H. Zschokke: "Verklaerungen" (Transfiguraciones).


El cuerpo físico en trance es enteramente inconsciente e incapaz de percibir sensación alguna, hasta el punto de poderlo incinerar o inhumar sin otro inconveniente que impedir la reincorporación del ego. Pero mientras el cuerpo físico es inconsciente, el ego es consciente y puede estar cumpliendo deberes inaccesibles a nuestra comprensión en parajes de los que le sea penoso regresar a las fronteras terrestres.

Aún mientras está despierta la conciencia física puede exaltarse la superior hasta el extremo de no sentir el cuerpo apenas el dolor. La historia nos habla de los mártires cuya alma se regocijaba mientras su terreno tabernáculo soportaba los tormentos de la rueda o ardía atado al poste sobre las llamas.

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Doble conciencia

El hombre tiene esencialmente dos vidas: una cuando está del todo despierto y otra cuando dormido del todo. En cada una de ellas tiene sus peculiares percepciones, experiencias y conciencia; pero las experiencias habidas durante el sueño no se recuerdan en estado de vigilia. En el entrelímite del sueño y la vigilia se entremezclan las impresiones de ambos y es el reino de los confusos en sueños en que rara vez hay algo de verdad.

Sin embargo, este intermedio estado es favorable para recibir impresiones del Yo superior. El hombre interno puede emplear formas simbólicas y alegorías para sugerir ideas al yo inferior y transmitirle advertencias, presentimientos o amonestaciones respecto al porvenir.

Hay varias clases de sueño. Más de una dificultad se ha resuelto durante el sueño, pues el mundo terrestre no siempre queda sin el reflejo de la luz celeste. Durante el sueño del cuerpo físico puede entrar la mente en contacto con otras mentes, y pasar por experiencias que no recuerda al despertar. El hombre, en estado de vigilia, obtiene frecuentemente experiencias astrales que después no recuerda, pero de las que disfrutó al sucederle y fueron reales para él.*


* A. P. Sinnett en su obra: Incidentes de la Vida de Blavatsky [Wikipedia, inglés] [PDF blavatskyarchives.com] refiere un caso extraordinario. Hablando de la enfermedad sufrida en Tiflis, dice Blavatsky que tuvo la sensación de ser ella dos personas diferentes, una su personalidad acostada en la cama y enferma, y la otra un ser enteramente distinto y superior. En mi condición inferior, reconocí a aquella otra persona y supe lo que había hecho; pero cuando fui yo misma aquella otra persona, no reconocí ni me interesé por la Blavatsky "acostada". Por esto es muy posible que el "Ego transcendental" de Blavatsky, con toda su conciencia, sus facultades y potencias de percepción, su yo verdadero, estuviera consciente y realmente pasando por ciertas experiencias misteriosas en el Tibet, mientras que su instrumento físico se hallaba enfermo en Tiflis.


Wolfgang Goethe

Wolfgang Goethe (1749-1832)

El hombre siente, cuando menos, dos clases de atracciones en su conciencia. Una lo arrastra a la tierra y le incita al apego de los goces y satisfacciones materiales; la otra lo alza a la región de lo desconocido, le hace olvidar los halagos de la materia y lo acerca al reino de la belleza inmortal. Los más celebres poetas y filósofos han reconocido el desdoblamiento de la conciencia, o mejor dicho, los dos polos de la conciencia una, entre los cuales oscila la conciencia normal de la generalidad de las gentes.

Goethe expresa esta idea en el Fausto al decir:

"Dos almas moran en mi corazón, que luchan, ¡ay!, por separarse. Una se apega a la tierra donde su vida está arraigada; la otra, se eleva hasta los dioses".

Una atracción surge de la sabiduría; la otra de la necedad. [1] Por el conocimiento es capaz el hombre de escoger su sendero, y por la voluntad es capaz de seguirlo. Puede vivir en los ínfimos planos de conciencia y morir para la espiritualidad y la vida inmortal, o bien puede vivir en los planos superiores del pensamiento donde se explaye su mente hasta hallar la conciencia espiritual, equivalente a la sabiduría divina y a la posesión de la eterna verdad.

[1. De la 3ª edición: "Una atracción surge de Spirt, otra de la materia."]

Pocos son capaces de alcanzar este estado, y pocos pueden comprender su posibilidad; pero hombres hubo que, en los umbrales del nirvana, mientras que sus cuerpos físicos continuaban viviendo en este planeta, recorrieron conscientemente los espacios interplanetarios, gozándose en las maravillas de los mundos material y espiritual. Este es el grado superior del adepto que puede alcanzarse en la tierra, y quien lo alcance leerá como en un libro abierto los misterios del Universo.

La sabiduría divina requiere un organismo de manifestación. En el reino mineral es atracción, en el vegetal vida, en el animal instinto, en el hombre razón y en el superhombre sabiduría. En cada plano el carácter de su manifestación depende del carácter del organismo en que actúa. Sin un organismo humano, el animal más inteligente no llegaría a ser hombre; sin un organismo espiritual, el más piadoso cristiano sería tan sólo un soñador.

Cada estado de conciencia requiere el conveniente organismo para su expresión, y cuanto más dilatado sea el campo en que se manifieste, más amplia será su esfera de actividad. No cabe existencia física sin cuerpo físico, ni naturaleza emotiva sin organismo astral, ni ideación sin mente organizada, ni existencia divina sin cuerpo incorruptible.

Aún el más devoto creyente no pasará del presentimiento sin la espiritual organización cuyos elementos son justicia absoluta, amor universal, conocimiento de si mismo, poder, pureza, perfección, gloria y libertad. Aún el creyente más devoto no pasará de presentir las bellezas del reino espiritual hasta tanto que el divino espíritu despierte en su alma, de la propia manera que el ciego goza del calor del sol sin ver su luz. Únicamente cuando cumpla su regeneración espiritual, será capaz el hombre de ver en su alma el sol de la divina gloria y convencerse de que es un eterno, inmortal y por sí mismo existente poder de Dios.

El verdadero mago ha de ser hombre perfecto y no un soñador. El ejercicio del poder espiritual requiere por fundamento un cuerpo substantivo. pues para conocer realmente los misterios del universo, es necesario un organismo tan amplio como el mundo. Este cuerpo espiritual se forma de los elementos del cuerpo material y corruptible. Sin este organismo no le sería posible al hombre el conocimiento de su divina naturaleza. "Si no renaciéreis en Espíritu no entraréis en el reino de los cielos".

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