La Nube Sobre el Santuario

Karl Von Eckartshausen

(1752-1803)

Karl von Eckartshausen

SEXTA CARTA

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Sexta Carta

Dios se hizo hombre para divinizar al hombre. El Cielo se unirá con la tierra para transformar la tierra en un Cielo.

Pero, para que sean posibles esta divinización y transformación de la tierra en Cielo es necesario el cambio o la conversión de nuestro ser.

Este cambio o conversión se llama renacimiento.

Nacer quiere decir entrar en un mundo en el que domina la sensualidad, donde la sabiduría y el amor languidecen en los lazos de la individualidad.

Renacer significa volver a un mundo en el que domina el espíritu de sabiduría y de amor, y donde el hombre animal obedece.

El renacimiento es triple: primero el renacimiento de nuestra razón. En segundo lugar, el renacimiento de nuestro corazón o de nuestra voluntad.

Y finalmente, el renacimiento de todo nuestro ser.

El primer y segundo renacimiento constituyen el renacimiento espiritual, y el tercero, el renacimiento corporal.

Muchos hombres piadosos que buscan a Dios han sido regenerados en inteligencia y voluntad, pero pocos han conocido el renacimiento corporal. Este último es dado a pocos hombres y sólo a fin de que puedan operar como agentes de Dios, según sus altos designios, y para acercar la Humanidad a su felicidad.

Ahora, es necesario mostraros, amados hermanos, el orden verdadero del renacimiento. Dios, que es todo fuerza, sabiduría y amor, opera con orden y armonía.

Quien no recibe la vida espiritual, queridos hermanos, aquel que no nace de nuevo del Señor, no puede entrar en el cielo. El hombre es engendrado por sus padres en el pecado original, es decir, que entra en la vida natural y no en la espiritual.

La vida espiritual consiste en amar a Dios por encima de todo y al prójimo como a sí mismo.

En este doble amor consiste el principio de la nueva vida.

El hombre es engendrado en el mal, en el amor a sí mismo y en el amor al mundo.

El amor a sí mismo. El interés propio. El placer propio.

He aquí los atributos sustanciales del mal. El bien está en el amor a Dios y al prójimo.

No conocer ningún amor más que el amor de todos los hombres; No conocer ningún interés más que el interés de todos los hombres; No conocer ningún placer, ningún bienestar, más que el de todos los hombres.

En esto se distingue el espíritu de los hijos de Dios del espíritu de los hijos del mundo.

Ser regenerado es cambiar el espíritu del mundo por el espíritu de los hijos de Dios; y esto significa decir despojarse del hombre viejo y vestirse del nuevo.

Pero nadie puede renacer si no conoce y aplica los siguientes principios: La verdad debe ser el objeto de la fe, y el bien ha de convertirse en el objeto de nuestra facultad de hacer o de no hacer.

Así, aquel que quiere renacer, debe primero conocer lo que conviene a este renacimiento.

Debe poder concebir, meditar y reflexionar sobre todo esto.

Luego, debe también actuar de acuerdo con lo que sabe, y la consecuencia de ello será una nueva vida.

Ahora, como es necesario, en primer lugar, saber y estar instruido sobre todo lo que se refiere al renacimiento, se necesita un doctor o instructor; si se le tiene, la fe en él es también necesaria, porque, ¿de qué serviría el doctor si el discípulo no confía en él?

De ahí que el punto de partida para renacer sea la fe en la Revelación.

Se debe empezar por creer que el Señor, el Hijo, es la Sabiduría de Dios, que es de Dios desde la eternidad, y que ha venido al mundo para hacer dichosa a la especie humana. Se debe creer que el Señor tiene todo el poder en el cielo y en la tierra, y que toda fe y amor, todo lo verdadero y el bien, vienen sólo de Él; que el Señor es el mediador, el Salvador y el Gobernador de los hombres.

Cuando esta fe, la más elevada, ha arraigado en nosotros, pensamos con frecuencia en el Señor, y estos pensamientos dirigidos hacia Él desarrollan por Su gracia que actúa en nosotros, las siete fuerzas espirituales primeras. El camino para esta apertura es el que viene a continuación.

Camino de la Felicidad

¿Quieres, hombre y hermano, adquirir la más alta felicidad posible? ¡Busca la Verdad, la Sabiduría y el Amor! Pero no hallarás la Verdad, la Sabiduría y el Amor sino en una unidad, y ésta es el Señor Jesucristo, el Ungido de la Luz.

Busca a Jesucristo con todas tus fuerzas y con todo tu corazón.

El principio de tu ascensión es el conocimiento de tu nulidad, de este conocimiento resulta la necesidad de una fuerza más elevada; esta necesidad es el germen de la fe.

La fe da confianza, pero la fe tiene también sus etapas.

En primer lugar se encuentra la fe histórica.

Luego, la fe moral.

Después, la fe divina.

Y, finalmente, la fe viva.

La progresión es la siguiente:

La fe histórica comienza cuando sabemos, por la historia y la Revelación, que ha existido un hombre llamado Jesús de Nazaret, un hombre muy particular que amaba extraordinariamente a los hombres, a los que colmó de grandes beneficios, y llevaba una vida extremadamente virtuosa; en una palabra, fue uno de los hombres mejores y más morales que merece toda nuestra atención y nuestro amor.

Por medio de esta fe histórica en la existencia de Jesucristo se alcanza la fe moral, cuyo desarrollo hace que adquiramos, veamos y hallemos, realmente, placer en todo lo que enseñaba este hombre; encontramos que su sencilla doctrina estaba llena de sabiduría y su escuela llena de amor; que tenía rectas intenciones respecto a la humanidad, y que, voluntariamente, sufrió la muerte por la verdad. Así es como a la fe en Su persona le sucede la fe en Sus palabras, y por ésta se desarrolla la fe en su divinidad.

Este mismo Jesucristo, cuya persona nos es tan querida, que se nos hace tan venerable por Su vida y por su doctrina, este mismo Jesucristo nos dice ahora que es el Hijo de Dios; y corrobora lo que dice con milagros: cura a los enfermos, resucita a los muertos, Él mismo resucita de la muerte y está cuarenta días, después de su resurrección, con sus discípulos para instruirlos en los misterios más elevados de la naturaleza y de la religión.

Aquí la fe natural y razonable en Jesucristo se convierte en fe divina. Empezamos a creer que era Dios hecho hombre.

Esta fe supone tener por verdadero todo lo que todavía no comprendemos y que Él nos ordena creer.

Por esta fe en la divinidad de Jesús, este total abandono en Él y la fiel observancia de Sus leyes, se produce, finalmente, la fe viva, gracias a la cual verificamos por experiencia interior, todo lo que hasta el momento tan sólo habíamos creído por una confianza de niños; esta fe viva y vivida es la más elevada de todas.

Cuando nuestro corazón, por la fe viva, ha recibido a Jesucristo, entonces esta Luz del Mundo nace en nuestro corazón como en un pobre establo.

En nosotros, todo es impuro, rodeado por las telarañas de la vanidad y cubierto por el barro de la sensualidad.

Nuestra voluntad es el buey que está bajo el yugo de las pasiones.

Nuestra razón es el asno atado a la terquedad de sus opiniones, a sus prejuicios y a sus necesidades.

En esta cabaña miserable y en ruinas donde habitan las pasiones animales, Jesucristo nace en nosotros por la fe.

La simplicidad de nuestra alma es el estado de los pastores que Le llevan las primeras ofrendas, hasta que, finalmente, las tres fuerzas principales de nuestra dignidad real: nuestra razón, nuestra voluntad y nuestra actividad, se prosternan ante Él y Le ofrecen los dones de la verdad, de la sabiduría y del amor.

Poco a poco el establo de nuestro corazón se transforma en un Templo exterior donde Jesucristo enseña; pero este templo aún está lleno de escribas y fariseos. Todavía se encuentran en él los vendedores de palomas y los cambistas, que deben ser expulsados para que el Templo se convierta en Casa de Oración.

Poco a poco, Jesucristo escoge todas las fuerzas buenas de nuestro ser para que Le anuncien: cura nuestra ceguera, purifica nuestra lepra, resucita lo que en nosotros estaba muerto. En nosotros es crucificado, muere y resucita como vencedor glorioso. A partir de este momento, Su personalidad vive en nosotros y nos instruye sobre los misterios más sublimes, hasta que, finalmente, nos llama a la Regeneración completa y asciende al Cielo para enviarnos el Espíritu de Verdad.

Antes de que el Espíritu opere plenamente en nosotros, experimentamos las siguientes transformaciones:

En primer lugar se liberan las siete potencias de nuestro entendimiento, después, las siete potencias de nuestro corazón o de nuestra voluntad. Esta exaltación se realiza de la siguiente manera:

El entendimiento humano se divide en siete potencias; la primera es la de contemplar los objetos fuera de nosotros: intuitus.

Por la segunda percibimos los objetos contemplados: apperceptio. Por la tercera es reflejado lo que se ha percibido: reflexio.

La cuarta es la de considerar en su diversidad los objetos percibidos: Fantasia, imaginatio.

La quinta es la de decidirse sobre alguna cosa; judicium.

La sexta ordena las cosas de acuerdo con sus relaciones: ratio.

La séptima, finalmente, realiza la comprensión sintética de las cosas ordenadas: intelectus.

Esta última contiene, por así decirlo, la suma de todas las otras.

Del mismo modo, la voluntad del hombre se divide en siete potencias que, tomadas en conjunto, forman la voluntad del hombre o son, dicho de otro modo, sus partes sustanciales.

La primera es la capacidad de desear cosas exteriores a uno mismo: desiderium.

La segunda es la capacidad de poder apropiarse de las cosas deseas: appetitus.

La tercera es el poder de darles una forma, de hacerlas reales o de satisfacer la concupiscencia: concupiscentia.

La cuarta es el poder para aceptar en uno mismo las inclinaciones sin decidirse por ninguna, o el estado de pasión: passio.

La quinta es el poder para decidirse en pro o en contra de una cosa, o la libertad: libertas.

La sexta es el poder de elección o de la resolución realmente adoptada: electio.

La séptima ese el poder para dar existencia al objeto elegido: voluntas. Esta séptima potencia contiene y es suma de todas las otras.

Ahora, las siete potencias del entendimiento así como las siete potencias de nuestro corazón o de la voluntad, pueden ser particularmente ennoblecidas y exaltadas si tomamos a Jesucristo, la Sabiduría de Dios, por principio de nuestra razón, y Su vida, toda Amor, como motor de nuestra voluntad:

Nuestro entendimiento se forma con arreglo al de Jesucristo:

1° Cuando Le tenemos en cuenta para todo, cuando Él forma el criterio de nuestras acciones; intuitius.

2° Cuando percibimos en todo Sus acciones, Sus sentimientos y Su espíritu; apperceptio.

3° Cuando en todos nuestros pensamientos reflexionamos sobre Sus preceptos; cuando siempre pensamos como Él hubiera pensado: reflexio.

4° Cuando actuamos de tal manera que Sus sentimientos, Sus pensamientos y Su sabiduría son el único objeto de nuestra fuerza imaginativa: fantasía. cuando siempre pensamos como Él hubiera pensado: reflexio.

5° Cuando rechazamos todo pensamiento que no es acorde con el suyo y escogemos el pensamiento que podría ser el suyo: judicium.

6° Cuando, finalmente, ordenamos todo el edificio de las ideas de nuestro espíritu según Sus ideas y Su espíritu: ratio.

Así es como...

7° Nacerá en nosotros una nueva luz, más elevada que superará en mucho la de la razón de los sentidos: intelectus.

Asimismo nuestro corazón se reforma cuando, en todo:

1 - Sólo a Él tendemos: desiderare.

2 - Sólo a Él queremos; appetere.

3 - Sólo a Él condiciamos: concupiscere.

4 - Sólo a Él amamos: amare.

5 - Sólo escogemos lo que Él es y huimos de todo cuanto el no es: eligere.

6 - Sólo vivimos en armonía con Él, Sus mandamientos, Sus instituciones y Sus órdenes: subordinare. Por lo que, finalmente:

7 - Nace una unión completa de nuestra voluntad con la Suya, por la que somos, en

Él y con Él, un sólo sentido y un sólo corazón; si bien el hombre nuevo se manifiesta poco a poco en nosotros, la Sabiduría Divina y el Amor Divino se unen para engendrar este nuevo hombre espiritual, en cuyo corazón la fe se convierte en visión real. Los tesoros de las dos Indias, comparados con esta Fe Viva no son más que barro.

Esta posesión efectiva de Dios o de Jesucristo en nosotros es el centro hacia el que convergen todos los misterios, como los radios de un círculo.

El Reino de Dios es un reino de Verdad, moralidad y felicidad. Opera en los individuos, desde lo más interior a lo más exterior de ellos mismos. Y debe extenderse, progresivamente, por medio del Espíritu de Jesucristo, sobre las naciones, para instaurar por todas partes un orden por el que se beneficiarán tanto el individuo como la especie entera; gracias al cual, la naturaleza humana podrá alcanzar su más alta perfección y la humanidad enferma, encontrar el remedio para todos sus males.

Así, el Amor y el Espíritu de Dios un día vivificarán a todo el género humano; despertarán y fortalecerán las fuerzas de nuestra naturaleza humana, y las orientarán según los designios de la Sabiduría, haciendo que reine la Armonía entre ellas.

La paz, la fidelidad, la concordia en el hogar, el amor de los superiores hacia sus inferiores, la obediencia de los sujetos hacia sus jefes y el amor recíproco de las naciones serán los primeros frutos de este Espíritu.

La inspiración del bien sin quimeras, la exaltación de nuestra alma sin demasiada tensión y la cálida solicitud del corazón sin impaciencia turbulenta, volverán a acercar, reconciliar y unir a los humanos, tanto tiempo separados y divididos, y enfrentados los unos contra los otros a causa de los prejuicios y los errores.

Entonces, el gran Templo de la Naturaleza, grandes y pequeños, pobres y ricos, cantarán las alabanzas del Padre del Amor.

[ FIN ]

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