La Nube Sobre el Santuario

Karl Von Eckartshausen

(1752-1803)

Karl von Eckartshausen

PRIMERA CARTA

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Ningún siglo es tan notable como el nuestro para el observador sereno. Por todas partes hay fermentación, tanto en el espíritu del hombre como en su corazón; por todas partes hay combate entre la luz y las tinieblas, entre las ideas muertas y las ideas vivas, entre la voluntad muerta e impotente y la fuerza viva y activa; por todas partes, en fin, hay guerra entre el hombre animal y el hombre espiritual naciente.

¡Hombre natural!... Renuncia a tus últimas fuerzas, tu mismo combate anuncia la naturaleza superior que dormita en ti... Presientes tu dignidad e incluso la sientes, pero todo está aún muy oscuro a tu alrededor y la lámpara de tu débil razón no es suficiente para iluminar los objetos a los que deberías dirigirte.

Se dice que vivimos en el siglo de las luces, sería más justo decir que vivimos en el siglo del crepúsculo: aquí y allá, el rayo luminoso penetra a través de la bruma de las tinieblas, pero todavía no ilumina con toda su pureza nuestra razón y nuestro corazón. Los hombres no están de acuerdo en sus concepciones, los sabios disputan entre sí, y allí donde hay disputa todavía no ha llegado la verdad.

Los propósitos más importantes de la humanidad aún son indeterminados. No se está de acuerdo ni sobre el principio de la razón ni sobre el principio de la moralidad o el móvil de la voluntad. Esta es la prueba de que, a pesar de estar en medio del siglo de las luces, no sabemos aún con certeza qué hay en nuestra cabeza ni en nuestro corazón.

Es posible que todo esto lo pudiéramos saber mucho antes, si no nos imagináramos que tenemos en nuestras manos la antorcha del conocimiento o si pudiéramos lanzar una mirada sobre nuestra debilidad y reconocer que todavía nos falta una luz más elevada.

Vivimos en los tiempos de la idolatría de la razón. Hemos colocado una antorcha de pez sobre el altar, y gritamos que se trata de la aurora y que el día va haciendo realmente su aparición por todas partes, cuando decimos que el mundo se eleva cada vez más de la oscuridad a la luz y a la perfección por medio de las artes, las ciencias, un gusto más refinado o, incluso, por una compresión simple de la religión.

¡Pobres hombres! ¿Hasta dónde habéis alejado vuestra felicidad? ¿Hubo nunca un siglo que haya costado a la Humanidad tantas víctimas como el presente? ¿Hubo nunca un siglo en que la inmoralidad fuese mayor y el egoísmo tan dominante como en el actual? El árbol se conoce por sus frutos.

¡Gente insensata!... Con vuestra razón natural imaginaria. ¿De dónde sacáis la luz con la que queréis iluminar a los demás? ¿Acaso no sacáis vuestras ideas de los sentidos, que no os dan a conocer la verdad sino tan sólo fenómenos?

¿Acaso todo cuanto da el conocimiento en el tiempo y en el espacio no es relativo? ¿Acaso todo lo que podemos llamar verdad no es verdad relativa?... No se puede hallar la verdad absoluta en la esfera de los fenómenos.

Así pues, vuestra razón natural no posee la «esencialidad», sino únicamente la apariencia de la verdad y de la Luz; pero cuanto más crece y se extiende esta apariencia, más decrece "la esencia de la luz" en el interior, el hombre se pierde en las apariencias y anda a tientas para alcanzar imágenes deslumbrantes que carecen de realidad.

La filosofía de nuestro tiempo eleva la débil razón natural a la objetividad independiente, incluso le atribuye un poder legislativo, le supone una autoridad superior, la hace autónoma y la convierte en una divinidad real, suprimiendo toda relación y comunicación entre Dios y la razón ¡Y esta razón deificada que no tiene otra ley que la suya propia, debe gobernar a los hombres y hacerlos felices!... ¡Las tinieblas han de difundir la luz!... ¡La pobreza debe dar la riqueza!... ¡Y la muerte, la vida!

La verdad conduce los hombre a su felicidad ¿Podéis darla?

Lo que llamáis verdad es una forma de concepción vacía de substancia, cuyo conocimiento ha sido adquirido por el exterior, por los sentidos, y que el entendimiento coordina por una síntesis de opiniones o científica de las relaciones observadas. No poseéis ninguna verdad material, el principio espiritual y material es para vosotros un "nóumeno".

¡Si el hombre natural o de los sentidos viese que el principio de su razón y el móvil de su voluntad no son más que la individualidad, y que por ello es muy miserable, buscaría un principio más elevado en su interior y se acercaría al único manantial que lo puede dar, puesto que se trata de "la sabiduría dentro de la esencia".

Jesucristo es la Sabiduría, la Verdad y el Amor. En cuanto Sabiduría, es el principio de la razón, la fuente del conocimiento más puro. En cuanto Amor, es el principio de la moralidad, el móvil esencial y puro de la voluntad.

El Amor y la Sabiduría engendran el Espíritu de la verdad, la luz interior; esta luz ilumina en nosotros los objetos sobrenaturales y los hace objetivos.

Es inconcebible hasta qué punto el hombre cae en el error cuando abandona las verdades simples de la fe y les opone su propia opinión.

Nuestra época quiere definir con el cerebro el principio de la razón y de la moralidad o del móvil de la voluntad; si los señores sabios estuvieran atentos, verían que estas cosas encuentran mejor respuesta en el corazón del hombre más sencillo, que en todos sus brillantes razonamientos.

El cristiano práctico encuentra este móvil de la voluntad el principio de toda moralidad, objetiva y realmente, en su corazón; este móvil está expresado de la siguiente manera: "Ama a Dios por encima de todo y al prójimo como a ti mismo".

Así pues, el principio de la razón es la sabiduría en nosotros; y la esencia de la sabiduría, la sabiduría en la substancia: Jesucristo, la Luz del mundo. En Él encontramos el principio de la razón y de la moralidad.

Todo lo que aquí digo no es una extravagancia hiperfísica, es la realidad, la verdad absoluta, que cada cual puede comprobar experimentalmente, en cuanto reciba en sí mismo el principio de la razón y de la moralidad: Jesucristo, por ser la Sabiduría y el Amor esenciales.

Pero el ojo del hombre de los sentidos no es apto en absoluto para alcanzar la base absoluta de todo lo que es verdadero y trascendental. De la misma manera, la razón, que ahora queremos elevar al trono legislador, sólo es la razón de los sentidos, cuya luz difiere de la luz trascendental, como la fosforescencia del árbol podrido difiere del esplendor del sol.

La verdad absoluta no existe para el hombre de los sentidos, sólo existe para el hombre interior y espiritual, el cual posee un sensorium propio, o, dicho más claramente, posee un sentido interior para percibirla verdad absoluta del mundo trascendental, un sentido espiritual que percibe los objetos espirituales tan natural y objetivamente como el sentido exterior percibe los objetos exteriores.

Este sentido interior del hombre espiritual, este sensorium del mundo metafísico, por desgracia, aún no lo conocen aquellos que están afuera, se trata de un misterio del reino de Dios.

La actual incredulidad hacia todo lo que nuestra razón de los sentidos no encuentra objetivamente sensible, es la causa del desconocimiento de las verdades más importantes para el hombre.

Pero, ¿cómo podría ser de otro modo? Para ver hay que tener ojos; para oír, oídos. Todo objeto sensible requiere su sentido. Así, el objeto trascendental requiere también su sensorium, y este sensorium está cerrado para la mayoría de los hombres. De este modo, el hombre de los sentidos juzga el mundo metafísico como el ciego juzga los colores y el sordo, el sonido.

Hay un principio objetivo y sustancial de la razón, y un móvil objetivo y substancial de la voluntad. Ambos juntos forman el nuevo principio de la vida, que conlleva, inherente, una moralidad. Esta substancia pura de la razón y la voluntad reunidas en nosotros, es el divino y humano Jesucristo, la Luz del mundo, que sólo puede ser, realmente, conocido si entra en relación directa con nosotros.

Este conocimiento real es la fe viva, donde todo pasa en espíritu y en verdad.

Por lo tanto, debe existir, necesariamente, para esta comunicación, un sensorium organizado y espiritual, un órgano espiritual e interior susceptible de recibir esta luz; pero se encuentra cerrado en la mayoría de los hombres por la corteza de los sentidos.

Este órgano interno es el sentido intuitivo del mundo trascendental, y, antes de que este sentido de la intuición esté abierto en nosotros, no podemos tener ninguna certeza objetiva de la verdad más elevada. Este órgano ha sido cerrado a causa de la caída que arrojó al hombre al mundo de los sentidos. La materia grosera, que envuelve este sensorium, es una nube que cubre el ojo interior e incapacita al ojo exterior para la visión del mundo espiritual. Esta misma materia ensordece nuestro oído interior, de modo que ya no oímos los sonidos del mundo metafísico, y paraliza nuestra lengua interior de manera que tampoco podemos ni balbucear las palabras de fuerza del espíritu que pronunciábamos en otro tiempo; por las que dominábamos la naturaleza exterior y los elementos.

En la apertura de este sensorium espiritual está el misterio del Hombre Nuevo, el misterio de la Regeneración y de la unión más íntima del hombre con Dios; éste es el fin más elevado de la religión aquí abajo, de esta religión cuyo fin más sublime es unir a los hombres con Dios, en Espíritu y en Verdad.

Por lo dicho, podemos darnos cuenta, fácilmente, porqué la religión tiende siempre al sometimiento del hombre de los sentidos. Actúa así, porque quiere que predomine el hombre espiritual; de modo que el hombre espiritual, o verdaderamente razonable, gobierne al hombre de los sentidos. El filósofo sienten también esta verdad, su error sólo consiste en no reconocer el verdadero principio de la razón y querer colocar en su lugar a su individualidad, su razón de los sentidos.

Así como el hombre tiene en su interior un órgano espiritual y un sensorium para recibir el principio real de la razón o Sabiduría divina y el móvil real de la voluntad o Amor divino; tiene en el exterior un sensorium físico y material para recibir la apariencia de la luz y de la verdad. Así como la naturaleza exterior no tiene la verdad absoluta, sino sólo la verdad relativa del mundo de los fenómenos; la razón humana tampoco puede adquirir verdades inteligibles, sino tan sólo la apariencia del fenómeno; que excita en ella, a causa de su voluntad, la concupiscencia, que es la corrupción del hombre sensorial y la degradación de la naturaleza.

El sensorium externo del hombre está compuesto de una materia corruptible, mientras que el sensorium interior tiene por sustrato fundamental una substancia incorruptible, trascendental y metafísica.

El primero es a causa de nuestra depravación y mortalidad, el segundo es el principio de nuestra incorruptibilidad e inmortalidad.

En los dominios de la naturaleza material y corruptible, la mortalidad esconde la inmortalidad; así, la materia corruptible y perecedera, es la causa de nuestro estado miserable.

Para que el hombre sea liberado de esa aflicción, es necesario que el principio inmortal e incorruptible que está en su interior se exteriorice y absorba el principio corruptible, a fin de que la envoltura de los sentidos sea destruida y que el hombre pueda aparecer en su pureza original.

Esta envoltura de la naturaleza sensible es una substancia esencialmente corruptible que se encuentra en nuestra sangre, forma los lazos de la carne y esclaviza nuestro espíritu inmortal bajo esta carne frágil.

Esta envoltura puede romperse más o menos en cada hombre, lo que da a su espíritu una mayor libertad para llegar a un conocimiento más preciso del mundo trascendental.

Hay tres grados sucesivos en la apertura de nuestro sensorium espiritual.

El primer grado nos eleva al plano moral y al mundo trascendental y opera en nosotros a través de impulsos interiores llamados inspiraciones.

El segundo grado, que es más elevado, abre nuestro sensorium para recibir lo espiritual y lo intelectual; en este grado el mundo metafísico actúa en nosotros a través de iluminaciones interiores.

El tercer grado, que es el más elevado y el menos común, abre totalmente al hombre interior. Nos revela el Reino del Espíritu y nos posibilita para experimentar, objetivamente, las realidades metafísicas y trascendentales; ello explica el fundamento de todas las visiones.

Así pues, tenemos el sentido y la objetividad tanto en el interior como en el exterior. Lo que ocurre es que los objetos y los sentidos son diferentes. En el exterior, es el móvil animal y sensual el que actúa en nosotros y la materia corruptible de los sentidos quien sufre su acción.

En el interior, es la sustancia indivisible y metafísica la que penetra en nosotros y es el ser incorruptible e inmortal de nuestro espíritu quien recibe sus influencias. Pero, en general, las cosas pasan con tanta naturalidad en el interior como en el exterior; la ley es la misma en todas partes.

Así como el espíritu, o nuestro hombre interior, tiene otro sentido y otra objetividad distinta al hombre natural, no extraña que constituya un enigma para los sabios de nuestro siglo, pues no conocen este sentido y nunca han tenido la percepción objetiva del mundo trascendental y espiritual. Por eso, miden lo sobrenatural al rasero de los sentidos, confunden la materia corruptible con la substancia incorruptible y sus juicios son necesariamente falsos al emitirlos sobre un objeto para cuya percepción no tienen sentidos ni objetividad ni tampoco, por consiguiente, verdad relativa ni verdad absoluta. Por lo que se refiere a las verdades que aquí enunciamos, las debemos en gran parte a la filosofía de Kant.

Kant ha probado, incontestablemente, que la razón, en su estado natural, no sabe absolutamente nada de lo sobrenatural, de lo espiritual y de lo trascendental, que nada puede conocer ni analítica ni sintéticamente y que así no puede probar la posibilidad ni la realidad de los espíritus, de las almas y de Dios.

Esta es una gran verdad, elevada y beneficiosa para nuestros tiempos, que San Pablo ya había establecido en la 1º Epístola a los Corintios (Cap. 1, vers. 2.24); pero la filosofía pagana de los sabios cristianos la ha sabido ignorar hasta Kant.

El beneficio de esta verdad es doble. Primero pone límites infranqueables al sentimiento, al fanatismo y a la extravagancia de la razón carnal. Y en segundo lugar pone claramente de manifiesto la necesidad y la divinidad de la Revelación. Lo que prueba que nuestra razón humana, en su estado obtuso, sin revelación, no dispone de ninguna fuente objetiva para lo sobrenatural de ninguna fuente para instruirse sobre Dios, el mundo espiritual, el alma y su inmortalidad; con lo que resulta imposible saber ni conjeturar nada sobre estas cosas.

Así pues, estamos en deuda con Kant por haber probado en nuestros días a los filósofos, como ya lo estaba desde hace tiempo por la escuela, más elevada, de la comunidad de la luz, que sin Revelación no son posibles ningún conocimiento de Dios ni ninguna doctrina sobre el alma.

Por lo que queda patente que una Revelación universal debe servir de base fundamental a todas las religiones del mundo.

Así, según Kant, queda probado que el mundo inteligible es totalmente inaccesible al mundo natural y que Dios habita en una luz en la que no puede penetrar ninguna especulación de la razón limitada.

Por lo tanto, el hombre de los sentidos o natural no posee ninguna objetividad de lo trascendental; de ahí que le fuera necesaria la revelación de verdaderas más elevadas y, por lo tanto, la fe en la revelación, porque la fe le da los medios para abrir su sensorium interior, a través del cual las verdades inaccesibles para el hombre natural se le hacen perceptibles.

Es totalmente cierto que con nuevos sentidos podríamos alcanzar realidades nuevas. Estas realidades ya existen, pero nos pasan inadvertidas al faltarnos el órgano de la receptividad.

El color está ahí, aunque el ciego no lo vea; el sonido existe, aunque el sordo no lo oiga. El fallo no está en el objeto perceptible, sino en el órgano receptor.

Con el desarrollo de un nuevo órgano, la cortina se corre de repente; el velo, hasta entonces impenetrable, se desgarra; la nube ante el santuario se disipa; de pronto un mundo nuevo se abre ante nosotros, cae la nube que nos cegaba y somos, en el acto, transportados de la región de los fenómenos a la región de la verdad.

Sólo Dios es substancia, verdad absoluta, sólo Él es el que Es, y nosotros lo que Él nos ha hecho.

Para Él, todo existe en la unidad; para nosotros todo existe en la multiplicidad.

Muchos hombres no tienen ninguna idea acerca de la apertura de este sensorium interior, como tampoco la tiene del objeto verdadero e interior de la vida del espíritu, que ni conocen ni presienten.

De aquí que les sea imposible saber que se puede aprehender lo espiritual y lo trascendental; y que podemos ser elevados hasta la visión de lo sobrenatural.

La verdadera edificación del templo consiste en destruir la miserable cabaña adámica y en construir el templo de la divinidad; o sea, en otros términos, desarrollar en nosotros el sensorium interno o el órgano que recibe a Dios; después de este desarrollo, el principio metafísico e incorruptible reina sobre el principio terrestre y el hombre empieza a vivir, no ya en el principio del amor propio, sino en el Espíritu y en la Verdad de quienes él es el templo.

La ley moral se vuelve entonces amor al prójimo y en un hecho; mientras que no es para el hombre natural, exterior y de los sentidos más que una simple forma de pensamiento. El hombre espiritual, regenerado en espíritu, lo ve todo en el ser, del que el hombre natural no tiene más que las formas vacías del pensamiento, el sonido vacío, los símbolos y la letra, que son imágenes muertas, sin espíritu interior.

El fin más elevado de la religión es la íntima unión del hombre con Dios, y esta unión es posible incluso aquí abajo; pero sólo lo es por la apertura de nuestro sensorium interior y espiritual que dispone nuestro corazón para recibir a Dios.

Estos son grandes misterios que la filosofía ni siquiera sospecha, y cuya clave no puede encontrarse entre los sabios de la escuela.

Entre tanto, siempre ha existido una escuela más elevada a la que ha sido confiado el depósito de toda ciencia, esta escuela es la comunidad interior y luminosa del Señor, la sociedad de los Elegidos que se han propagado sin interrupción desde el primer día de la creación hasta el tiempo presente; sus miembros, es cierto, están dispersos por todo el mundo, pero han estado siempre unidos por un espíritu y una verdad; y nunca han tenido más que un conocimiento, una fuente de verdad, un señor, un doctor y un maestro en quien reside substancialmente la plenitud universal de Dios y quien los inició en los altos misterios de la naturaleza y del Mundo Espiritual.

Esta comunidad de la Luz ha sido llamada, en todo tiempo, la Iglesia invisible e interior o la comunidad más antigua, de la que os hablaremos más detenidamente en la próxima carta.

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