La Nube Sobre el Santuario

Karl Von Eckartshausen

(1752-1803)

Karl von Eckartshausen

CUARTA CARTA

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Igual como la infinidad de los números se pierde en un único número que es su base, y como los radios innumerables de un círculo se reúnen en un único centro; así los misterios, los jeroglíficos y los infinitos emblemas no tienen otro objeto que referirse a una única verdad. Aquel que la conoce ha encontrado la llave para conocerlo todo de una vez.

No hay más que un Dios, una verdad y un camino que conduce a esa gran verdad. Sólo hay un único medio para encontrar esa verdad.

Aquel que ha hallado este medio, gracias a él posee:

Toda la sabiduría en un libro único; Todas las fuerzas en una fuerza única; Todas las bellezas en un objeto único; Todas las riquezas en un tesoro único; Todas las felicidades en un bien único;

Y la suma de todas estas perfecciones es Jesucristo, que ha sido crucificado y ha resucitado.

Ahora, esta gran verdad así expresada es, ciertamente, sólo un objeto de la fe; pero puede convertirse también en un conocimiento experimental, en cuanto seamos instruidos en cómo Jesucristo puede ser o volverse todo esto.

Este gran misterio fue siempre objeto de enseñanza en la Escuela Secreta de la Iglesia invisible e interior, y esta enseñanza fue conocida en los primeros tiempos del cristianismo bajo el nombre de Disciplina arcani. De esta escuela secreta proceden todos los ritos y las ceremonias de la Iglesia exterior; el espíritu de estas verdades grandes y simples se retiró al interior, aunque parezca, en nuestros tiempos, totalmente perdido para el exterior.

Ha sido predicho, queridos hermanos, hace mucho tiempo, que todo lo que está oculto será descubierto en los últimos tiempos; pero también se predijo que en estos últimos tiempos muchos falsos profetas se levantarán; y los fieles han sido advertidos de que no deben creer a cualquier espíritu, sino examinarlos, para ver si son de Dios (1º Epístola de San Juan, Cap. 4).

El mismo apóstol enseña la manera de hacer esta prueba; dice: "He aquí cómo reconoceréis al espíritu que es de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne verdadera, es de Dios, y todo espíritu que lo divide, es decir, que separa en Él lo divino de lo humano, no es de Dios." De aquí que el Espíritu de verdad, queridos hermanos, soporta así la prueba y obtiene el carácter de la divinidad cuando confiesa que Jesucristo ha venido en carne.

Confesamos que Jesucristo ha venido en carne y, por esto mismo, el espíritu de verdad habla por nosotros. Pero el misterio, que Jesucristo ha venido en carne, es muy profundo y encierra en sí el conocimiento del divino humano, y es este conocimiento que elegimos hoy como objeto de nuestra instrucción.

Como no hablamos con novicios en materia de fe, os será, queridos hermanos, más fácil concebir las más sublimes verdades que os vamos a exponer como temas preparatorios; los que habréis elegido, sin duda, muchas veces, como fin de vuestras santas meditaciones.

La religión, desde un punto de vista científico, es la doctrina de la transformación del hombre separado de Dios en hombre reunido con Dios. De aquí que su único fin sea unir a cada individuo de la Humanidad y, por fin, a toda la Humanidad con Dios, en cuya unión, únicamente, puede alcanzar y sentir la más alta felicidad temporal y espiritual.

Así pues, esta doctrina de la re-unión es la más sublime dignidad; y, como es una doctrina, debe tener, necesariamente, un método por el cual nos conduce:

En primer lugar, al conocimiento de la verdadera vía de la reunión, y, en segundo lugar, al conocimiento de la forma como debe aplicarse este medio en conformidad con el fin.

Este gran medio de la reunión, en el cual se concentra toda la doctrina religiosa, jamás habría sido conocido por el hombre sin la Revelación. Siempre ha estado fuera de la esfera del conocimiento científico; y, esta misma profunda ignorancia del hombre, en la cual ha caído, ha hecho necesaria la Revelación, sin la que nunca habríamos podido encontrar el camino para levantarnos de nuevo.

De la Revelación resultó la necesidad de la fe en la Revelación; pues aquel que no sabe, que no tiene ninguna experiencia de una cosa, debe primero, necesariamente, creer si quiere saber y experimentar. Porque si la fe decae, nos preocupamos poco de la revelación, y así, nos cerramos el camino de acceso al método que sólo la revelación contiene.

Así como la acción y la reacción se promueven recíprocamente en la naturaleza. Allí donde no hay reacción, la acción, necesariamente, cesa, donde no hay fe, otro tanto ocurre entre la revelación y la fe. No puede haber Revelación; pero cuanta más fe haya, habrá más revelación o desarrollo de las verdades que están en la oscuridad y que sólo pueden desarrollarse por nuestra confianza.

Ciertamente, todas las verdades secretas de la religión, incluso las más oscuras y los misterios que nos parecen más singulares, se justificarán un día ante el tribunal de la razón más rigurosa; pero la debilidad del hombre, nuestra falta de penetración con respecto a todo el conjunto de la naturaleza sensible y espiritual, han exigido que las verdades más elevadas sólo pudieran ser enseñadas y abiertas de un modo sucesivo. La santa oscuridad de los misterios es debida a nuestra debilidad, así como su esclarecimiento gradual está aquí para fortificar poco a poco nuestra debilidad y hacer nuestro ojo susceptible de fijar la luz plena.

En cada grado, al que se eleva el creyente hacia la revelación, obtiene una luz más perfecta para llegar al conocimiento; y esta luz se hace para él, de modo progresivo, más convincente, porque cada verdad de la fe adquirida se hace poco a poco viva, y pasa a ser convicción.

A partir de ahí, la fe se funde en nuestra debilidad y a la plena luz de la Revelación, que debe ser comunicada de acuerdo con nuestra capacidad, para darnos, sucesivamente, la objetividad de las cosas más elevadas.

Estos objetos, para los que la razón humana carece de objetividad, son, por lo tanto, del dominio de la fe. El hombre sólo puede adorar y callarse; pero sí quiere demostrar cosas sobre las que no tiene objetividad, cae necesariamente en el error. El hombre debe adorar y callarse hasta que los objetos que son dominio de la fe se hagan, poco a poco, más claros y, por consiguiente, más fáciles de conocer. Todo se demuestra por sí mismo en cuanto adquirimos la experiencia interior de las verdades de la fe, en cuanto somos conducidos, por la fe, a la visión, es decir, al conocimiento objetivo.

En todo tiempo, ha habido hombres iluminados por Dios poseedores de esta objetividad interior de la fe en su totalidad o en parte, según si la comunicación de las verdades de la fe pasara a su entendimiento o a su sentimiento. La primera clase de división, puramente inteligible, se llamaba iluminación divina. La segunda, inspiración divina. El sensorium interior fue abierto en muchos hasta alcanzar visiones divinas y trascendentales (llamados arrebatos o éxtasis), cuando el sensorium interior se encontraba exaltado de tal modo que dominaba sobre el sensorium exterior y sensible.

Pero esta clase de hombres fue siempre inexplicable y así permanece para el hombre de los sentidos, pues éste carece de órganos para lo sobrenatural y lo trascendental. Por lo que no debe extrañarnos que se mire al hombre que ha considerado más de cerca el mundo de los espíritus como un extravagante y hasta como un loco; pues el sentido común de los hombres se limita a lo que los sentidos le dejan percibir; por ello la escritura dice claramente: El hombre animal no concibe lo que es del espíritu, porque su sentido espiritual no está abierto para el mundo trascendental, de modo que no puede tener más objetividad para este mundo que el ciego para los colores.

Así, el hombre exterior de los sentidos ha perdido este sentido interior, que es el más importante; o, mejor dicho, la capacidad de desarrollo de este sentido, que está oculto en él, está tan abandonada que ni él mismo concibe su existencia.

Así, los hombres de los sentidos sufren, en general, de ceguera espiritual; su ojo interior está cerrado, y este oscurecimiento es consecuencia de la Caída del primer hombre. La materia corruptible que te envolvía cerró su ojo interior y espiritual; y, así, ha quedado ciego para todo lo que se refiere a los mundos interiores.

El hombre es doblemente miserable, no sólo lleva una venda sobre sus ojos, que oculta el conocimiento de las verdades más elevadas, sino que también su corazón languidece en los lazos de la carne y de la sangre, que lo atan a los placeres animales y sensibles en detrimento de placeres más elevados y espirituales. Por ello, somos esclavos de la concupiscencia, estamos dominados por pasiones que nos tiranizan y nos arrastramos como desdichados paralíticos sobre dos miserables muletas: nuestro sentimiento y razón naturales. El primero nos ofrece, cada día, la apariencia como verdad. La segunda nos hace escoger, a diario, el mal por el bien. ¡He aquí nuestro miserable estado!

Los hombres no podrían alcanzar la felicidad hasta que la venda, que impide el acceso a la verdadera luz, caiga de sus ojos. Sólo podrán ser felices cuando los lazos de la esclavitud, que acarrea su corazón, se rompan. El ciego debe poder ver y el paralítico caminar si quieren ser felices. Pero la grande y terrible ley a la que la felicidad o la dicha de los hombres está absolutamente unida, es la siguiente: Hombre, ¡que la razón reine sobre tus pasiones!

Hace siglos que nos esforzamos en razonar y moralizar. ¿Cuál ha sido el resultado de nuestro esfuerzo al cabo de tantos siglos? Los ciegos quieren guiar a los ciegos y los paralíticos a los paralíticos. Pero, con todas las locuras a que nos hemos entregado y las miserias que hemos atraído, no vemos todavía que nada podemos y que necesitamos de un poder más elevado para librarnos de la miseria.

Los prejuicios y los errores, los vicios y los crímenes han cambiado de forma a lo largo de los siglos, pero jamás han sido extirpados de la Humanidad: en toda época, la razón sin la luz anda a tientas en medio de las tinieblas; y el corazón, lleno de pasiones, siempre es el mismo.

Sólo hay uno que pueda curarnos y que sea capaz de abrir nuestro ojo interior para que veamos la verdad; sólo hay uno que puede quitarnos las cadenas que nos cargan y nos hacen esclavos de la sensualidad.

Este "Unico" es Jesucristo, el Salvador de los hombres; el Salvador porque quiere arrancarnos de las consecuencias en que nos precipitan la ceguera de nuestra razón natural y los extravíos de nuestro corazón apasionado.

Muy pocos hombres, queridos hermanos, tienen una idea exacta de la grandeza de la Redención de los hombres; muchos creen que Jesucristo, el Señor, no nos ha rescatado, por su sangre derramada, más que de la condenación o eterna separación del hombre con Dios, pero no creen que también quiere liberar de toda miseria, aquí abajo, a aquellos que Le son adictos.

Jesucristo es el Salvador del Mundo, el vencedor de la miseria humana; Él nos ha rescatado de la muerte y del pecado; ¿cómo sería esto posible, si el mundo hubiera de languidecer siempre en las tinieblas de la ignorancia y en los lazos de las pasiones? Ya fue predicho, muy claramente, por los Profetas, que el tiempo de la Redención de Su pueblo, el primer Sabat de los tiempos, llegaría. Hace tiempo que debimos reconocer esta promesa llena de consuelo; pero la falta del verdadero conocimiento de Dios, del hombre y de la Naturaleza ha hecho que estos grandes misterios de la fe siempre permanecieran ocultos.

Hay que saber, hermanos míos, que existe una naturaleza doble, la naturaleza pura, espiritual, inmoral e indestructible y la naturaleza impura, material mortal y destructible.

La naturaleza pura e indestructible ya existía antes que la naturaleza impura y destructible. Esta última debe su origen a la inarmonía y desproporción de las substancias que forman la naturaleza indestructible. Por ello, sólo es permanente hasta que las desproporciones y las disonancias desaparezcan y todo vuelva de nuevo a la armonía.

La idea incorrecta de espíritu y materia es una de las principales causas de que muchas verdades de la fe no nos aparezcan en su verdadera luz.

Espíritu es una substancia, una esencia, una realidad absoluta. Por ello, sus propiedades son la indestructibilidad, la uniformidad, la penetración, la indivisibilidad y la continuidad.

La materia no es una substancia, es un agregado. De aquí que sea destructible, divisible y sometida a cambios.

El mundo metafísico es un mundo que existe realmente, extremadamente puro e indestructible, a cuyo centro llamamos Jesucristo y a sus habitantes con el nombre de espíritus y ángeles.

El mundo material y físico es el mundo de los fenómenos; no posee ninguna verdad absoluta; todo cuanto aquí llamamos verdad es sólo relativo, no es más que la sombra de la verdad y no la verdad misma; todo es un fenómeno.

Nuestra razón recibe aquí sus ideas por medio de los sentidos, por lo que están sin vida, están muertas. Los sacamos todo de la objetividad exterior, y nuestra razón se asemeja a un mono, que imita, más o menos, lo que la naturaleza le presenta. Así pues, la simple luz de los sentidos es el principio de nuestra razón inferior, y el móvil de nuestra voluntad es la sensualidad, la inclinación hacia necesidades animales. Es cierto que sentimos la necesidad de un móvil más elevado, pero hasta ahora no sabíamos ni bus carlo ni encontrarlo.

Todo es corruptible aquí abajo, no podemos buscar ni el principio de la razón, ni el principio de la moralidad o el móvil de la voluntad. Debemos tomarlo de un mundo más elevado.

Allí, donde todo es puro y nada está sujeto a la destrucción, reina un Ser que es todo sabiduría y amor, y que, por la luz de su sabiduría puede llegar a ser para nosotros el verdadero principio de la razón; y, por el calor de Su amor, el verdadero principio de la moralidad. Asimismo, el mundo no llegará, ni puede llegar, a ser feliz más que cuando este Ser real, que es al mismo tiempo la sabiduría y el amor, sea recibido totalmente por la Humanidad y sea en ella todo en todo.

El hombre, queridos hermanos, está compuesto de una sustancia indestructible y metafísica, y de una sustancia material y destructible, sin embargo, de tal modo que, aquí abajo, la materia destructible mantiene como aprisionada la sustancia indestructible y eterna.

Por lo tanto, dos naturalezas contradictorias están encerradas en un mismo hombre. La sustancia destructible nos sujeta, siempre, a lo sensible; la sustancia indestructible intenta liberarse de las cadenas sensibles y busca la sublimidad del espíritu. De aquí deriva el continuo combate entre el bien y el mal; el bien quiere siempre, absolutamente, la razón y la moralidad; el mal conduce cotidianamente al error y la pasión.

Por eso el hombre, sumergido en este combate perpetuo, tan pronto se eleva como cae a los abismos; intenta levantarse de nuevo y vuelve a vacilar.

Debemos buscar la causa fundamental de la corrupción humana en la materia corruptible de la que están formados los hombres. Esta materia grosera oprime, en nosotros, la acción del principio trascendental y espiritual; esta es la verdadera causa de la ceguera de nuestro entendimiento y de los errores de nuestro corazón.

Se debe buscar la fragilidad de un vaso en la materia de la que está formado. La forma más bella posible que la Tierra es capaz de recibir, resulta siempre frágil, porque la materia de que está formada es frágil.

Por eso, nosotros, pobres hombres, no somos más que hombres frágiles, a pesar de toda nuestra cultura exterior.

Cuando examinamos las causas de los impedimentos que mantienen la naturaleza humana en un sometimiento tan profundo, las hallamos todas en la tosquedad de la materia, en cuyo interior la parte espiritual del hombre se encuentra sumergida y ligada.

La inflexibilidad de las fibras y la inmovilidad de los humores, que desean obedecer a las refinadas incitaciones del espíritu, son como cadenas materiales que atan e impiden, en nosotros, las funciones sublimes de que sería capaz.

Los nervios y la liquidez de nuestro cerebro no nos proporcionan más que ideas groseras y oscuras, que se derivan de los fenómenos y no de la verdad y de la cosa misma; y como no podemos, sólo con la potencia de nuestro principio pensante, equilibrar la violencia de las sensaciones exteriores con ayuda de imágenes suficientemente enérgicas resulta que siempre nos vemos arrastrados por la pasión; y la voz de la razón, que nos habla suavemente en el interior, es amortiguada por el ruido tumultuoso de los elementos que sostienen nuestra máquina.

Es verdad que la razón se esfuerza por dominar el tumulto, quiere decidir el combate e intenta restablecer el orden por la lucidez de su juicio. Pero su acción se asemeja a los rayos del sol cuando espesas nubes oscurecen su resplandor.

La tosquedad de los materiales que constituyen el hombre material (armazón de todo el edificio de su naturaleza), es causa de esta postración que mantiene los poderes de nuestra alma en un estado de imperfección y debilidad continuas.

La parálisis de nuestra fuerza pensante es, en general, una consecuencia del estado de dependencia a que nos somete la materia grosera e inflexible; esta misma materia forma los verdaderos lazos de la carne y las fuentes de todos los errores, incluso del vicio.

La razón, que debe ser la legisladora absoluta, es una esclava perpetua de la sensualidad. Esta se erige en regente y se sirve de la razón que languidece en sus lazos e incluso satisface sus deseos.

Se conoce esta verdad desde hace tiempo; se ha predicado siempre con palabras... La razón debe ser la legisladora absoluta... Debe gobernar la voluntad y no ser gobernada por ella...

Grandes y pequeños sienten esta verdad; pero cuando se va a la práctica, la voluntad animal subyuga pronto a la razón y, acto seguido, la razón subyuga por algún tiempo a la voluntad animal, y así, en cada hombre, la victoria y la derrota entre las tinieblas y la luz se van alternando; esta misma potencia y contrapotencia recíprocas son la causa de la oscilación perpetua entre el bien y el mal, entre lo falso y lo verdadero.

Si la humanidad debe ser conducida a la verdad y al bien, para que sólo actúe de acuerdo con las leyes de la razón y según las inclinaciones puras de la voluntad, es totalmente necesario dar a la razón pura la soberanía sobre la humanidad. Pero, ¿cómo puede ser esto posible cuando la materia de que están formados todos los hombres es, más o menos, desigual, tosca, divisible y corruptible, y está constituida de tal modo, que toda nuestra miseria, dolor, enfermedad, pobreza, muerte, necesidades, prejuicios, errores y vicios dependen de ella, y son consecuencia necesaria de la limitación del espíritu inmortal en los lazos de la materia bruta y corruptible? ¿Acaso no gobierna la sensualidad cuando la razón está atada? ¿No está entre ligaduras cuando el corazón impuro y frágil rechaza, por todas partes, su rayo puro?

Sí, amigos y hermanos, he ahí la causa de toda la miseria de los hombres; y, como esta corrupción se propaga de hombre a hombre, puede llamársela, con justicia, la corrupción hereditaria.

Observamos que, en general, las fuerzas de la razón actúan sobre el corazón según la constitución específica de la materia con que el hombre está formado. También, debemos resaltar que cuando el sol vivifica esta materia animal, según su distancia con dicho cuerpo terrestre, la hace tan apta para las funciones de la economía animal como para un grado más o menos elevado de influencia espiritual.

La diversidad de pueblos, sus particularidades con relación al clima, la multiplicidad de sus caracteres y de sus pasiones, sus costumbres, sus prejuicios y sus usos, e incluso sus virtudes y sus vicios, dependen por entero de la constitución específica de la materia con que están formados, y, según la cual, el espíritu, aprisionado en ella, obra diferentemente. Incluso su capacidad de cultura se modifica según dicha constitución y, también según ella, se rige la ciencia, la cual modifica a cada pueblo en cuanto tiene una materia, presente, susceptible de ser modificada; esto determina la capacidad de cultura propia de un pueblo, que depende, en parte, de la generación y, en parte, del clima.

Generalmente, encontramos en todas partes, el mismo hombre débil y sensual, que tendrá de bueno, en cada zona, según su materia sensible permita a la razón dominar sobre la sensualidad, y de malo, según el predominio que pueda tener la sensualidad sobre el espíritu más o menos encadenado. En esto consisten el bien y el mal natural de cada nación, así como el de cada individuo aislado.

Encontramos en el mundo entero esta corrupción inherente a la materia de que los hombres están formados. Por todas partes existen la miseria, el dolor, la enfermedad, la muerte, las necesidades, los prejuicios, las pasiones y los vicios, aunque con distintas formas y algunas modificaciones.

Desde el estado más bruto de la vida salvaje, el hombre entra en la vida social, primero por necesidad; la fuerza y la astucia, propiedades principales del animal, le acompañan y se desarrollan bajo otros aspectos.

Las modificaciones de estas tendencias animales fundamentales son innumerables, y el más alto grado de cultura humana que hasta hoy haya adquirido el mundo, no ha hecho mas que colorear las cosas con una capa más tenue. Esto es lo que significa elevarse del estado de animal bruto hasta el más alto grado de animal refinado.

Pero este período era necesario; pues, al cumplirse comienza un nuevo período en el que, después de haberse desarrollado las necesidades animales, empieza el desarrollo de la necesidad más elevada de luz y razón.

Jesucristo nos ha grabado en el corazón, con muy bellas palabras, la gran verdad de que debemos buscar en la materia la causa de la miseria de los hombres, mortales y frágiles por la ignorancia y las pasiones: Cuando decía: El mejor hombre, aquel que más se esfuerza en llegar a la verdad, peca siete veces al día, quería decir que, en el hombre mejor organizado, las siete fuerzas del espíritu están aún tan sujetas, que las siete acciones de la sensualidad le dominan diariamente.

Así pues, el mejor de los hombres está expuesto a los errores y a las pasiones. El mejor hombre es débil y pecador, no es libre ni está exento de dolor y la miseria; está sujeto a la enfermedad y a la muerte. ¿Por qué todo esto? Porque son consecuencia necesaria de las propiedades de la materia corruptible con que está formado.

Por lo que no puede haber esperanza de una felicidad más elevada para la humanidad, mientras este ser corruptible y material constituya la parte principal y sustancial de su esencia. La imposibilidad en que se halla la humanidad para poderse lanzar por sí misma hacia la verdadera perfección, es una constatación llena de desespero; pero, al mismo tiempo, este pensamiento es la causa, llena de consuelo, por la que un ser más elevado y más perfecto se ha cubierto de esta envoltura mortal y frágil, a fin de hacer inmortal lo mortal, indestructible lo destructible; en esto se debe ver la verdadera causa de la encarnación de Jesucristo.

Jesucristo es el Ungido de la Luz, el esplendor de Dios, la Sabiduría salida de Dios, el hijo de Dios, el Verbo real por el que todo ha sido hecho y que era en el principio. Jesucristo, la Sabiduría de Dios que ope ra en todas las cosas, era como el centro del Paraíso, del mundo de la Luz; era el único órgano real por el que la fuerza divina podía comunicarse; y este órgano es la naturaleza inmortal y pura, la sustancia indestructible que lo vivifica todo y lo conduce a la más alta perfección y felicidad. Esta sustancia indestructible es el elemento puro en el que vivía el hombre espiritual.

De este elemento puro en el que sólo Dios habitaba y de cuya sustancia fue creado el primer hombre, éste se separó por la caída. Por el goce del fruto del árbol de la mezcla del principio bueno o incorruptible y del principio malo o corruptible, se envenenó de tal suerte, que su ser inmortal se retiró a su interior y el mortal lo recubrió. Así desapareció la inmortalidad, la felicidad y la vida; la mortalidad, la desgracia y la muerte fueron las consecuencias de este cambio.

Muchos hombres no pueden hacerse una idea del árbol del Bien y del Mal; este árbol era producto de la materia caótica, que estaba aún en el centro y en la que la destructibilidad era todavía superior a la indestructibilidad. El goce demasiado prematuro de este fruto que envenena y quita la inmortalidad, envolvió a Adán en esta forma material sujeta a la muerta. Cayó entre los elementos a los que anteriormente gobernaba.

Este desgraciado suceso fue la causa de que la Sabiduría inmortal, el elemento puro y metafísico, se cubriera de la envoltura mortal, y se sacrificó voluntariamente para que sus fuerzas interiores paseasen al centro de la destrucción y pudiesen, poco a poco, devolver la inmortalidad a lo mortal.

Así, de la misma manera como, de un modo completamente natural, el hombre inmortal se hiciera mortal por el goce de un fruto mortal, puede recuperar su dignidad precedente por el goce de un fruto inmortal.

Todo ocurre de modo natural y sencillo en el Reino de Dios; pero para reconocer esta simplicidad, es necesario tener ideas puras sobre Dios, la Naturaleza y el Hombre; y si las verdades más sublimes de la fe están aún envueltas para nosotros de una impenetrable oscuridad, la causa está en que, hasta ahora, siempre habíamos separado las ideas de Dios, la Naturaleza y el hombre.

Jesucristo habló con Sus amigos más íntimos, mientras estaba aún sobre la tierra, del gran misterio de la regeneración; pero todo lo que decía era oscuro para ellos, todavía no podían concebirlo; el desarrollo de estas grandes verdades estaba reservado para el último tiempo; éste es el supremo misterio de la religión, en el cual todos los misterios se unifican.

La Regeneración es una disolución y desprendimiento de esta materia impura y corruptible, que ata a nuestro ser inmortal y sumerge en un sueño de muerte a la vida de las fuerzas activas oprimidas. Debe haber, necesariamente, un medio real para expulsar este fermento venenoso que ocasiona en nosotros la miseria y, así, devolver la libertad a las fuerzas oprimidas.

Pero este medio sólo se debe buscar en la religión; porque ésta, considerada científicamente, es la doctrina de la reunión con Dios, y debe también necesariamente, enseñarnos a conocer el medio para llegar a esta reunión ¿No es acaso Jesucristo y Su vivificante conocimiento el objeto principal de la Biblia, y el contenido de todos los deseos y esperas del cristiano? ¿No hemos recibido de Nuestro Señor y Maestro, mientras anduvo entre sus discípulos, las más sublimes soluciones sobre las verdades más ocultas? ¿Es que Nuestro Señor y Maestro, mientras estaba con ellos en su cuerpo glorioso, después de su resurrección, no les dio una revelación más elevada en lo referente a su persona, y no les condujo, más profundamente, al interior del conocimiento de la verdad?

¿Acaso no realizaría lo que dijo en su oración sacerdotal? San Juan 17, 22 y 23: Les he dado y comunicado la gloria que vos me habéis dado, a fin de que sean uno, como nosotros somos uno en ellos, y ellos conmigo, a fin de que sean perfectos en uno.

Como los discípulos del Señor no podían concebir este gran misterio de la nueva y última Alianza, Jesucristo lo transmitió a los últimos tiempos del porvenir que ahora se acercan, y dijo: En el día en que Yo os comunicaré Mi gloria, reconoceréis que Yo estoy en Mi Padre, vosotros en Mí y Yo en vosotros. Esta alianza es llamada la Alianza de la Paz. Entonces será grabada la ley de Dios en lo más interior de nuestro corazón, todos reconoceremos al Señor, seremos Su pueblo y él será nuestro Dios.

Todo está preparado para esta posesión actual de Dios, para esta unión real con Dios que ya es posible aquí abajo; el elemento santo, la verdadera medicina para la Humanidad, es revelada por el espíritu de Dios. La mesa del Señor está preparada y todos están invitados, el verdadero pan de los Ángeles está preparado; sobre él está escrito: Les habéis dado el pan del cielo.

La santidad y la grandeza del misterio que encierra en sí todos los misterios, nos ordenan callar y sólo nos está permitido hacer mención de sus efectos.

Lo corruptible y lo destructible es consumido en nosotros y cubierto por lo incorruptible y lo indestructible. El sensorium interior se abre y nos une con el mundo espiritual. Somos iluminados por la sabiduría, conducidos por la verdad y alimentados por la llama del amor. Fuerzas desconocidas se desarrollan en nosotros para vencer al mundo, la carne y Satán. Todo nuestro ser es renovado y hecho capaz de convertirse en morada real del Espíritu de Dios. Nos son dados el dominio de la naturaleza, las relaciones con los mundos superiores y la bienaventuranza del trato visible con el Señor.

La venda de la ignorancia cae de nuestros ojos, los lazos de la sensualidad se rompen y adquirimos la libertad de los hijos de Dios.

Os hemos dicho lo más elevado y lo más importante; si vuestro corazón, que tiene sed de la verdad, ha captado ideas puras de todo esto y ha comprendido, totalmente, la grandeza y la santidad del fin esperado, os diremos aún más.

Que la gloria del Señor y la renovación de todo vuestro ser sean, entre tanto, la más elevada de vuestras esperanzas.

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