La Nube Sobre el Santuario

Karl Von Eckartshausen

(1752-1803)

Karl von Eckartshausen

QUINTA CARTA

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En nuestro último escrito, os hemos hecho prestar atención, queridos hermanos, sobre el más alto de todos los misterios; la posesión real de Dios; es necesario comunicaros toda la luz con este propósito.

El hombre, queridos hermanos, es desgraciado aquí abajo, porque está formado de una materia destructible y sujeta a todas las miserias.

La envoltura frágil del cuerpo, lo expone a la violencia de los elementos, al dolor, la pobreza, el sufrimiento y la enfermedad; he ahí su suerte.

El hombre es desgraciado, porque su espíritu inmortal languidece bajo el lazo de los sentidos. La luz divina está encerrada en él, tan sólo con el resplandor intermitente de su razón sensorial, camina vacilante por los senderos de su peregrinación; torturado por las pasiones, extraviado por los prejuicios y alimentado por los errores, se va sumergiendo en abismos de miseria.

El hombre es desgraciado, porque está enfermo de cuerpo y alma, y no posee ninguna medicina verdadera, ni para su cuerpo ni para su alma.

Aquellos que deberían conducir a los demás, guiarlos a la felicidad y gobernarles, son hombres tan frágiles como los demás, sujetos a las mismas pasiones e igualmente expuestos a muchos prejuicios.

Así, ¿qué suerte puede esperar la humanidad? ¿Será siempre desgraciada la mayor parte de ella? ¿No hay salvación para todos?

Hermanos, si la humanidad es capaz, alguna vez, de elevarse a un estado de felicidad, ésta no será posible más que bajo las condiciones siguientes: Primero, la pobreza, el dolor, la enfermedad y la miseria han de ser menos frecuentes.

En segundo lugar, las pasiones, los prejuicios y los errores deben disminuir.

¿Acaso esto es posible, dada la naturaleza corrompida del hombre, cuando la experiencia nos ha probado, en el transcurso de los siglos, que las pasiones, los prejuicios y los errores ocasionan siempre el mismo mal, cambiando sólo su forma, al igual que ocurre con la miseria; permaneciendo el hombre, en todos los tiempos, igual de frágil?

Existe una terrible sentencia que pesa sobre el género humano, ésta es: Los hombres no pueden ser felices hasta que no sean sabios. Pero no serán sabios mientras la sensualidad domine la razón, mientras el espíritu languidezca en los lazos de la carne y de las sangre.

¿Dónde está el hombre exento de pasiones? ¡Que se muestre! ¿No arrastramos, todos, en mayor o menor grado, las cadenas de la sensualidad? ¿No somos todos esclavos, pecadores?

Sí, hermanos, confesemos que todos somos esclavos del pecado. Este sentimiento de nuestra miseria excita en nosotros la necesidad de redención; volvemos nuestra mirada hacia arriba y la voz de un ángel nos anuncia: "La miseria del hombre será retirada".

Los hombres están enfermos de cuerpo y de espíritu. Así, pues, esta enfermedad general ha de tener su origen en alguna causa; dicha causa está en la materia frágil de la que el hombre está compuesto.

Lo destructible encierra lo indestructible; la luz de la sabiduría está atada en las profundidades de la oscuridad; el fermento del pecado está en nosotros, y en este fermento está la corrupción humana y su propagación, con las consecuencias del pecado original.

La curación de la humanidad sólo es posible por la destrucción en nosotros de este fermento del pecado; para lo cual necesita un médico y un remedio.

Pero el enfermo no puede ser curado por otro enfermo, ni lo destructible llevarse a sí mismo hacia la perfección, ni lo que está muerto despertar lo que también está muerto, así como el ciego no puede conducir al ciego. Sólo lo perfecto puede llevar lo imperfecto a la perfección; sólo lo indestructible puede volver como él a lo destructible y sólo lo que está vivo puede animar a lo que está muerto.

Por eso, no se debe buscar al médico ni al remedio en la naturaleza destructible donde todo es muerte y corrupción. Se les debe buscar en una naturaleza superior, donde todo es perfección y vida.

La falta de conocimiento de la Alianza de la Divinidad con la Naturaleza, y de esta con el hombre, es la verdadera causa de todos los errores y prejuicios.

Los teólogos, los filósofos y los moralistas han querido gobernar al mundo, y lo han llenado de eternas contradicciones.

Los teólogos no conocen las relaciones de Dios con la Naturaleza y por esto han caído en el error.

Los filósofos sólo han estudiado la materia y no la alianza de la naturaleza pura con la naturaleza divina, por lo que manifiestan falsas opiniones.

Los moralistas no conocen la corrupción fundamental de la naturaleza humana y han querido curar con palabras, cuando ha sido necesario.

Así es como el mundo, el hombre e incluso, Dios han sido víctimas de eternas disputas y unas opiniones han ido reemplazando a otras; como la superstición y la incredulidad, que han dominado, alternativamente, y han alejado al mundo de la verdad, en vez de acercarlo a ella.

Sólo en las Escuelas de la Sabiduría se ha aprendido a conocer a Dios, la Naturaleza y el hombre, y se trabaja, desde hace miles de años, en el silencio, para adquirir el más alto grado de conocimiento, la unión del hombre con la naturaleza pura y con Dios.

Este gran objetivo de Dios y de la naturaleza, al que todo tiende, ha sido representado al hombre, simbólicamente, por todas las religiones; todos los monumentos y jeroglíficos sagrados eran simples mapas por los que el hombre podía volver a encontrar, poco a poco, el más elevado de todos los misterios divinos, naturales y humanos: el medio de curación para su estado actual y miserable, el medio de unión de su ser con la naturaleza pura y con Dios.

Hemos alcanzado esta época bajo la guía de Dios. La Divinidad, acordándose de su alianza con el hombre, nos ha dado el medio de curación para la humanidad enferma y, también, nos ha mostrado los caminos para elevar al hombre a la dignidad de su naturaleza pura y unirle a Ella, origen de su felicidad.

El conocimiento de este medio de salvación es la ciencia de los elegidos y de los santos, y, su posesión, la herencia prometida a los hijos de Dios.

Tened la bondad, queridos hermanos, de concedernos toda vuestra atención.

En nuestra sangre, hay una materia viscosa (llamada gluten) Oculta, más emparentada con la animalidad que con el espíritu. Este gluten es la materia del pecado.

Esta materia puede ser modificada de modo diferente por las excitaciones sensibles: las malas inclinaciones del pecado se distinguen según el tipo de modificación de esta materia del pecado.

En su más alto grado de expansión, esta materia opera la presunción y el orgullo; en su más alto grado de contracción, la avaricia, el amor propio y el egoísmo.

En estado de repulsión, la rabia y la cólera; en movimiento circular, la ligereza y la incontinencia.

En su excentricidad, la gula y la embriaguez. En su concentricidad, la envidia.

En su esencialidad, la pereza.

Este fermento del pecado es más o menos abundante en cada hombre y es transmitido de padres a hijos; su propagación en nosotros impide, siempre, la acción simultánea de l espíritu sobre la materia.

Es verdad que el hombre puede poner, merced a su voluntad, límites a esa materia del pecado y dominarla para que actúe menos sobre él; pero no puede aniquilarla totalmente. De aquí deriva nuestro continuo combate entre el bien y el mal.

Esta materia del pecado que está en nosotros, forma los lazos de la carne y de la sangre por los que estamos atados, por un lado, a nuestro espíritu inmortal, y, por otro, a las excitaciones animales.

Es como el fulminante por el que las pasiones animales nos encienden y enardecen.

La reacción violenta de esta materia del pecado sobre la excitación sensual, es la causa por la que escogemos, a falta de un juicio justo y tranquilo, antes el mal que el bien; ya que la fermentación de esta materia impide la acción tranquila del espíritu que es necesaria para el juicio.

Esta misma sustancia del pecado es también causa de la ignorancia; porque su trama espesa e inflexible sobrecarga las delicadas fibras de nuestro cerebro e impide la acción simultánea de la razón, necesaria para la penetración de lo que es objeto del entendimiento.

Así, lo falso y el mal son las propiedades de esta materia del pecado contenida en nosotros, como el bien y lo verdadero son los atributos de nuestro principio espiritual.

Por el conocimiento profundo de esta materia del pecado que hay en nosotros, aprendemos a ver cuán enfermos estamos moralmente y hasta qué punto necesitamos un médico que nos dé el remedio que aniquile dicha materia, y nos devuelva la salud moral.

Aprendemos también a ver que nuestra forma de moralizar con palabras sirve de poco, allí donde son necesarios medios reales.

Se moraliza desde hace siglos y el mundo es siempre el mismo. El enfermo seguirá convaleciente si el médico no hace más que moralizar junto a su lecho. Es necesario que les prescriba remedios, pero antes debe conocerse el verdadero estado del enfermo.

Estado Enfermo de la Humanidad

La enfermedad de los hombres es un verdadero envenenamiento; el hombre ha comido del fruto del árbol en el que dominaba el principio corruptible y material y se envenenó al disfrutarlo.

El primer efecto de este veneno fue que el principio incorruptible (que podríamos llamar cuerpo de vida, al igual que la materia del pecado es cuerpo de muerte), cuya expans ión constituía la perfección de Adán, se concentró en el interior y abandonó el exterior al dominio de los elementos. Fue así como, rápidamente, una materia mortal cubrió la esencia inmortal; las consecuencias naturales de la pérdida de la luz fueron la ignorancia, las pasiones, el dolor, la miseria y la muerte.

La comunicación con el mundo de la luz fue interceptada, el ojo interior que veía la verdad se cerró y el ojo material se abrió al aspecto inconstante de los fenómenos.

El hombre perdió toda su felicidad y, en este estado miserable, se hubiera perdido para siempre sin medio de salvación. Pero el amor y la misericordia infinita de Dios, que al crear nunca tuvo otro objetivo que ofrecer la mayor felicidad a las criaturas, estableció para el hombre inmediatamente después de su caída, los medios para la salvación que debía esperar junto con toda su posteridad; a fin de que, siendo fortalecido en su destierro, con la esperanza, pudiera soportar humildemente y con resignación su desgracia, y conservar en su peregrinación el gran consuelo de que todo lo que había corrompido, recuperaría su perfección primera, por el amor de un Salvador.

Sin esta revelación, el destino del hombre habría sido la desesperación.

El hombre, antes de la caída, era el Templo viviente de la Divinidad, y, en el momento en que este templo fue devastado, se proyectó por la Sabiduría de Dios el plan para reconstruirlo. En esta época comienzan los Misterios Sagrados de todas las religiones, que no son, en sí mismos (bajo mil aspectos diferentes, según las diversas circunstancias de los distintos pueblos), más que los símbolos repetidos y modificados de una única verdad: la Re-generación o la re-unión del hombre con Dios.

Antes de la Caída el hombre era sabio, estaba unido a la Sabiduría; después de la caída, fue separado de ella. De ahí, que le fuera necesaria la Revelación. Esta primera Revelación fue la siguiente:

El estado de inmortalidad consiste en que lo inmortal penetre lo mortal.

Lo inmortal es un sustancia divina, magnificencia de Dios en la naturaleza, el sustrato del mundo de los espíritus; en resumen, es la infinitud divina en la que todo tiene vida y movimiento.

Esta es una ley absoluta: ninguna criatura puede ser feliz más que en la fuente de toda felicidad. Esta fuente, es la magnificencia de Dios mismo.

Por la asimilación de un alimento perecedero, el hombre se ha vuelto perecedero y material; la materia se encuentra, por así decirlo, entre Dios y él; ya no es penetrado inmediatamente por la Divinidad, por eso está sujeto a las leyes de la materia.

En él, lo divino, que está encerrado en los lazos de la materia, es su principio inmortal; que debe ponerse en libertad y desarrollarse de nuevo en él para que gobierne lo mortal. Entonces, el hombre se encontrará de nuevo en su dignidad primera.

Pero es necesario un medio para su curación y para eliminar el mal interno. El hombre caído no puede por sí mismo ni reconocer este medio ni apoderarse de él. No puede reconocerlo, porque ha perdido el conocimiento puro, la luz de la sabiduría; no puede apoderarse de él, porque este medio está encerrado en lo más interior de la naturaleza y no tiene ni el poder ni la fuerza para abrir este interior.

De ahí que le sea necesaria la Revelación para conocer este medio y la fuerza para adquirirlo.

Esta necesidad, para la recuperación de la salvación de los hombres, determinó a la Sabiduría, o al Hijo de Dios, darse a conocer al hombre como la sustancia pura de la cual todo ha sido hecho. A esta sustancia pura le está reservado vivificar todo lo que está muerto y purificar todo lo que es impuro.

Pero, para que esto puede hacerse y que lo más interior, lo divino en el hombre (que está encerrado en la envoltura de la mortalidad), sea abierto de nuevo y el mundo entero pueda ser regenerado, era necesario que esta sustancia divina se humanizara y transmitiera la fuerza divina y regeneradora al ser humano; era también necesario que esta forma divina humana fuera matada, a fin de que la sustancia divina e incorruptible contenida en su sangre, pudiera penetrar en lo más interior de la tierra y operar una disolución progresiva de la materia corruptible; para que, en su tiempo, la tierra pura y regenerada sea reencontrada por el hombre y el Árbol de la Vida sea plantado en ella; de modo que por el goce de su fruto, que encierra el principio inmortal, lo mortal sea aniquilado en nosotros y el hombre, curado por el fruto del Árbol de la Vida, del mismo modo que fue envenenado por el goce del fruto del principio mortífero.

Esto constituye la primera y la más importante revelación sobre la que están fundadas todas las demás, y que ha sido siempre conservada y transmitida oralmente entre los Elegidos de Dios hasta nuestros días.

La naturaleza humana necesitaba de un Redentor; este Redentor fue Jesucristo, la Sabiduría de Dios mismo, la Realidad emanada de Dios, tomó la envoltura humana para introducir, de nuevo, en el mundo la sustancia divina e inmortal que no era otra que Él mismo.

Se ofreció voluntariamente para que las fuerzas puras contenidas en Su sangre pudieran penetrar, directamente, las más íntimas profundidades de la naturaleza terrestre y reintroducir el germen de todas las perfecciones.

Él mismo como Sumo Sacerdote y Víctima a la vez, entró en el Santo de los Santos y, después de cumplir lo que era necesario, dispuso los fundamentos del Sacerdocio Real de Sus Elegidos, y les enseñó, por el conocimiento de su persona y de sus poderes, cómo debían conducir, siendo los primeros nacidos del Espíritu, a los demás hombres, sus hermanos, a la felicidad general.

Y aquí comienzan los Misterios Sacerdotales de los Elegidos y de la iglesia Interior.

La verdadera Ciencia Real y Sacerdotal es la ciencia de la regeneración o la reunión del hombre caído con Dios.

Se le llama ciencia real porque conduce al hombre al poder y al dominio sobre la naturaleza.

Se llama ciencia Sacerdotal porque lo santifica todo y lo lleva a la perfección, esparciendo por todas partes la Gracia y la bendición.

Esta ciencia tiene su origen inmediato en la Revelación verbal de Dios: fue siempre la ciencia de la Iglesia interior de los profetas y de los santos, y nunca reconoció a otro Sumo Sacerdote más que a Jesucristo, el Señor.

Esta ciencia tenía un triple fin, regenerar primero al hombre aislado, luego a un gran número de hombres y, finalmente, a toda la humanidad. Su práctica consistía en el más alto perfeccionamiento de sí mismo y de todos los objetos de la Naturaleza.

Esta ciencia sólo fue enseñada por el Espíritu de Dios mismo y por los que estaban en posesión de ese Espíritu, y se distinguía de las otras ciencias en que enseñaba el conocimiento de Dios, la Naturaleza y el hombre en una síntesis perfecta; mientras que las ciencias exteriores no conocían en toda su pureza ni a Dios ni a la naturaleza ni al hombre y su destino.

Ella enseñó al hombre a distinguir la naturaleza pura e incorruptible de la impura y corruptible, y le enseñó los medios de separar esta última para conquistar de nuevo la primera.

En resumen, el contenido de su enseñanza era conocer a Dios en el hombre y la expresión divina en la Naturaleza, que constituye el sello de Dios, y darnos los medios para abrir nuestro interior y esperar la unión con lo divino.

Así, esta reunión, esta regeneración, era el objetivo más elevado, y de él sacó su nombre el Sacerdocio: religio, clerus, regenerans.

Melquisedeq fue primer Sacerdote Rey, todos los verdaderos sacerdotes de Dios y de la naturaleza descienden de él, y Jesucristo mismo se unió a él como sacerdote "según el orden de Melquisedeq".

Esta palabra posee un profundo y gran significado: significa, literalmente; "el que instruye sobre la verdadera sustancia de la vida y sobre su separación de la envoltura destructible que la encierra."

Un sacerdote es un separador de la naturaleza pura de la impura, un separador de la sustancia que lo contiene todo, de la materia destructible que ocasiona el dolor y la miseria. El sacrificio o lo que ha sido separado, consiste en el pan y en el vino.

Pan significa literalmente, la sustancia que lo contiene todo; y vino, la sustancia que lo vivifica todo.

Así un sacerdote según el orden de Melquisede es aquel que sabe separar la sustancia que lo contiene y vivifica todo de la materia impura, y que la sabe emplear como verdadero medio de reconciliación y reunión para la humanidad caída, a fin de comunicarle la verdadera dignidad real o el poder sobre la naturaleza y la dignidad sacerdotal o el poder de unirse por la Gracia a los mundos superiores.

En estas pocas palabras está contenido todo el misterio del Sacerdocio de Dios y la labor que tiene como objetivo el sacerdote.

Pero este Sacerdocio real no podía adquirir su perfecta madurez, más que cuando Jesucristo en persona, como Sumo Sacerdote, hubiera realizado el mayor de todos los sacrificios entrado en el santuario más interior.

Aquí se abre nuevos y grandes misterios dignos de toda nuestra atención.

Cuando, según los decretos eternos de la sabiduría y de la justicia de Dios se resolvió salvar a la especie humana caída, la sabiduría hubo de elegir el medio más eficaz, bajo todo los aspectos, para la consumación de este elevado objetivo.

Cuando el hombre fue envenenado por el goce de un fruto corruptible que llevaba en sí mismo el fermento de la muerte, volviéndose mortal y corruptible todo lo que había a su alrededor; la misericordia divina debía establecer necesariamente un contra-veneno que pudiera ser igualmente absorbido y que contuviese la sustancia que lo encierra y vivifica todo, a fin de que, por el goce de este alimento inmortal, el hombre envenenado y sujeto a la muerte pudiera ser curado y liberado de su miseria. Pero, para que este árbol de vida pudiera ser plantado de nuevo aquí abajo, era necesario, ante todo, que el principio material y corruptible que está en el centro de la tierra, fuese regenerado, transformado y hecho capaz de ser un día una sustancia que lo vivificase todo.

Esta capacidad para una nueva vida y la disolución de la esencia corruptible, la cual se encontraba en el centro de la Tierra, no eran posibles en tanto la sustancia divina de la vida estuviese envuelta de carne y de sangre y sin poder transmitir las fuerzas escondidas de la vida a la Naturaleza muerta. Esto se hizo por la muerte de Jesucristo. La fuerza tintórea que desprendía su sangre derramada, penetró en lo más interior de la tierra, resucitó a los muertos, quebró las rocas y ocasionó un eclipse de Sol total cuando expulsó hacia el exterior, desde el centro de la tierra donde penetró la luz, todas las porciones de tinieblas y asentó la base para la glorificación futura del mundo.

Desde la época de la muerte de Jesucristo, la fuerza divina, instalada en el centro de la Tierra por su sangre derramada, trabaja siempre para exteriorizarse y capacitar gradualmente a todas las sustancias para soportar la gran conmoción que le está reservada al mundo.

Pero la regeneración del edificio del mundo en general no es el único objeto de la Redención. El hombre era el motivo principal para verter Su sangre. Y para procurarle, ya en este mundo material, la más alta perfección posible por el mejoramiento de su ser, Jesucristo se dispuso a sufrimientos infinitos.

Él es el Salvador del mundo, Él es el Salvador de los Hombres. El objeto, la causa de su encarnación era rescatarnos del pecado, de la miseria y de la muerte.

Jesucristo nos ha liberado de todo mal por su carne, a la que ha sacrificado, y por su sangre, que ha derramado por nosotros.

En la comprensión clara de la CARNE y de la SANGRE de Jesucristo, está el conocimiento puro y verdadero de la regeneración efectiva del hombre.

El misterio de la unión con Jesucristo, no sólo espiritual SINO TAMBIÉN CORPORALMENTE, es el misterio supremo de la Iglesia Interior. Llegar a ser UNO con Él, en espíritu y en ser, es la suprema realización que esperan de sus Elegidos.

Los medios para esta posesión real de Dios están ocultos a los ojos del sabio mundano y son revelados a la simplicidad de los niños.

¡Oh filosofía orgullosa, prostérnate ante los grandes y divinos misterios, inaccesibles a tu sabiduría e impenetrables con las tenues luces de la razón humana!

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