La Nube Sobre el Santuario

Karl Von Eckartshausen

(1752-1803)

Karl von Eckartshausen

SEGUNDA CARTA

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Es necesario, mis muy queridos hermanos en el Señor, daros una idea pura de la Iglesia interior, de esta Comunidad luminosa de Dios que se halla dispersa por todo el mundo, pero que está gobernada por una verdad y unida por un espíritu.

Esta comunidad de la luz existe desde el primer día de la creación del mundo, y durará hasta el último día de los tiempos.

Es la sociedad de los elegidos que conocen la luz en las tinieblas y la separan en lo que tiene de propio.

Esta comunidad de la luz, posee una Escuela en la que el Espíritu de sabiduría instruye él mismo a quienes tienen sed de luz; y todos los misterios de Dios y de la naturaleza se conservan en esta escuela para los hijos de la luz. El conocimiento perfecto de Dios, de la naturaleza y de la humanidad, son objeto de enseñanza en esta escuela. De ella vienen todas las verdades al mundo; es la escuela de los profetas y de quienes buscan la sabiduría; sólo en esta comunidad se encuentra la verdad y la explicación de todos los misterios. Es la comunidad más interior y posee miembros de diversos mundos; he aquí la idea que de ella se ha de tener.

En todo tiempo, lo exterior ha tenido por base un interior, del que lo exterior sólo es su expresión y su plano.

Es así que, en todo tiempo, ha habido una asamblea interior, la sociedad de los elegidos, la sociedad de aquellos que tenían más capacidad para la luz y que la buscaban; y esta sociedad interior era llamada santuario interior o Iglesia interior.

Todo lo que la Iglesia exterior posee, en símbolos, ceremonias y ritos, es la letra cuyo espíritu y verdad están en la Iglesia interior.

Así pues, la Iglesia interior es una sociedad cuyos miembros están dispersos por todo el mundo, pero reunidos en lo interior por un espíritu de amor y de verdad, que en todo tiempo se ocupó en construir el gran templo de la regeneración de la humanidad; por la que el reino de Dios será manifestado. Esta sociedad reside en la comunión de los que tienen más capacidad para la luz, o de los elegidos.

Estos elegidos están unidos por el espíritu y la verdad, y su cabeza es la Luz misma del Mundo, Jesucristo, el ungido de la luz, el mediador único de la especie humana, el Camino, la Verdad y la Vida, la luz primitiva, la sabiduría, el único medium por el cual los hombres pueden volver a Dios.

La Iglesia interior nació inmediatamente después de la caída del hombre, y enseguida recibió de Dios la revelación de los medios por los que la especie humana caída será elevada de nuevo a su dignidad y liberada de su miseria; recibió el depósito definitivo de todas las revelaciones y misterios y la llave de la verdadera ciencia, tanto divina como natural.

Pero cuándo los hombres se multiplicaron, la fragilidad del hombre y su debilidad hicieron necesaria una sociedad exterior que mantuviese oculta a la sociedad interior, y que cubriese al espíritu y a la verdad con la letra. Pues, como la colectividad, la masa, el pueblo, no eran capaces de comprender los grandes misterios interiores y como habría sido muy peligroso confiar lo más santo a los incapaces, se envolvieron las verdades interiores en las ceremonias exteriores y sensibles, para que el hombre, a través de lo sensible y exterior que es símbolo de lo interior, se hiciera capaz, poco a poco, de acercarse cada vez más a las verdades interiores del espíritu.

Pero el interior siempre ha estado confiado a aquel que, en su tiempo, tenía más capacidad para la luz; y sólo éste era poseedor del depósito primitivo, como el sumo sacerdote en el santuario.

Cuando se hizo necesario que las verdades interiores fueran envueltas en ceremonias exteriores y simbólicas, a causa de la debilidad de los hombres, que no eran capaces de soportar la unión de la luz, nació el culto exterior; pero se trata siempre de la representación y el símbolo del interior, o sea, el símbolo del verdadero homenaje rendido a Dios en espíritu y en verdad.

La diferencia entre el hombre espiritual y el hombre animal, o entre el hombre razonable y el hombre de los sentidos, hizo necesario lo exterior y lo interior. Las verdades internas y espirituales pasaron al exterior envueltas en símbolos y ceremonias, para que el hombre animal o de los sentidos se fijara y pudiera ser conducido poco a poco a las verdades interiores.

De aquí que el culto exterior fuese una representación simbólica en forma solemne de las verdades interiores, de las verdaderas relaciones del hombre con Dios antes y después de la caída de su reconciliación más perfecta. Todos los símbolos del culto exterior están basados en estas tres relaciones fundamentales.

El cuidado del culto exterior era el oficio de los sacerdotes, y, en los primeros tiempos, cada padre de familia se encargaba de tal ocupación. Las primicias de los frutos y los primogénitos de los animales eran ofrecidos a Dios; los primeros, como símbolo de que todo lo que nos alimenta y nos conserva viene de Él; y los segundos, como símbolo de que el hombre animal debe morir para hacer sitio al hombre espiritual y razonable.

La adoración exterior de Dios no debió separarse nunca de la adoración interior; pero como la debilidad del hombre lo lleva fácilmente a olvidar el espíritu por la letra, el Espíritu de Dios despertó siempre, en todas las naciones, a los más aptos para la luz y se sirvió de ellos, como agentes suyos, para hacer brillar por todas partes la verdad y la luz, según la capacidad de los hombres, a fin de vivificar la letra muerta con el espíritu y la verdad.

Estos instrumentos divinos llevaban las verdades interiores del santuario hasta la más apartadas naciones y las modificaban simbólicamente de acuerdo con los usos del lugar, su capacidad de cultura, su clima y su receptividad. De modo que los tipos exteriores de todas las religiones, sus cultos, sus ceremonias y sus libros en general tienen por objeto, mas o menos claramente, las verdades interiores del santuario, que conducirán a la Humanidad, en los últimos tiempos, a la universidad del conocimiento de una única verdad.

Cuanto mas unido esté el culto exterior de un pueblo con el espíritu de las verdades interiores, más pura es su religión; cuanto más se separe la letra simbólica del espíritu interior, más imperfecta se vuelve la religión, hasta degenerar entre algunos en politeísmo, al perder totalmente la letra exterior su espíritu interior y no quedar más que un ceremonial externo sin alma y sin vida.

Cuando los gérmenes de las verdades más importantes fueron llevados por los agentes de Dios a todos los pue blos, Dios escogió a un pueblo determinado para erigir un símbolo viviente, destinado a manifestar el medio por el cual quería gobernar a toda la especie humana en su estado actual, y conducirla a su más alta purificación y perfección.

Dios mismo dio a ese pueblo su legislación religiosa exterior y, como signo de su verdad, le entregó todos los símbolos y todas las ceremonias, que llevaban el sello de las verdades interiores y grandiosas del santuario.

Dios consagró esta Iglesia exterior en Abrahám, le dio los mandamientos pr medio de Moisés y le aseguró su más alta perfección por el doble envío de Jesucristo, primero con su existencia personal en la pobreza y en el sufrimiento, y, después, con la comunicación de su espíritu en la gloria del resucitado.

Como Dios puso por sí mismo los fundamentos de la Iglesia exterior, la totalidad de los símbolos del culto exterior, y formó la ciencia del templo o de los sacerdotes de aquellos tiempos, ahora todos los misterios de las verdades más santas e interiores se han hecho exteriores por la revelación.

El conocimiento científico de este simbolismo santo constituye la ciencia para religar al hombre caído con Dios; de aquí procede el nombre de religión por ser la doctrina para volver a ligar al hombre, separado y alejado de Dios, con Dios, que es su origen. Por esta idea pura de la palabra genérica religión, podemos ver que la unidad de la religión está en el santuario más interior y que la multiplicidad de las religiones exteriores no puede nunca cambiar ni debilitar esta unidad que es la base de todo lo exterior.

La sabiduría del templo de la antigua alianza estaba gobernada por los sacerdotes y por los profetas.

Lo exterior, la letra del símbolo, del jeroglífico, estaba confiado a los sacerdotes.

Los profetas estaban al cuidado de lo interior, del espíritu de la verdad, y su ocupación ha sido siempre la de reconducir al sacerdote de la letra, al espíritu cuando llegaba a olvidarlo por no atenerse más que a la letra.

La ciencia de los sacerdotes era la ciencia del conocimiento de los símbolos exteriores.

La ciencia de los profetas era la ciencia y la posesión práctica del espíritu y de la verdad de estos símbolos. En lo exterior estaba la letra; en lo interior, el espíritu vivificante.

Así pues, existía en la antigua alianza una escuela de sacerdotes y otra de profetas. Aquella se ocupaba de los emblemas, y ésta de las verdades comprendidas en los emblemas. Los sacerdotes poseían el exterior del arca, los panes de proposición, el candelabro, el maná y la vara de Aarón; y los profetas, a su vez, las verdades interiores y espirituales representadas exteriormente por los símbolos de que se ha hablado.

La Iglesia exterior de la antigua alianza era visible; la Iglesia interior era siempre invisible y tenía que serlo a pesar de gobernarlo todo, porque la fuerza y el poder eran confiados sólo a ella.

Cuando el culto exterior abandonaba el interior, éste decaía y Dios hacía saber, claramente, que la letra no puede subsistir sin el espíritu, que sólo es su vehículo y que es inútil, e incluso rechazado por Dios, si abandona su destino.

Al igual como el espíritu de la Naturaleza se esparce por las profundidades más estériles para vivificar, conservar y hacer crecer todo lo que es susceptible de ello; el espíritu de la luz se esparce en el interior, por todas las naciones, para animar en todas partes la letra muerta con el espíritu interior.

Y así encontramos un Job entre los idólatras, un Melquisedeq entre las naciones extranjeras, un José entre los sacerdotes egipcios y Moisés en el país de Madián, como prueba elocuente de que la comunidad interior de aquellos que son capaces de recibir la luz estaba unida por un espíritu y una verdad en todo tiempo y entre todas las naciones.

A todos estos agentes de la luz de la comunidad interior y única se unió, en medio del tiempo, el más importante de todos ellos: el mismo Jesucristo, como rey-sacerdote según la Orden de Melquisede .

Los agentes divinos de la antigua alianza no representaron más que perfecciones particulares de Dios; en la envoltura o en medio de los tiempos, una acción poderosa debía producirse, para mostrar de una vez todo en uno. Apareció un personaje universal que dio a las líneas del cuadro del momento la unidad plena, abrió una nueva puerta y destruyó la mayoría de las esclavitudes humanas. La ley del amor empezó cuando la imagen emanada de la Sabiduría misma mostró al hombre toda la grandeza de su ser, lo vivificó de nuevo con toda la fuerza, le aseguró su inmortalidad y elevó su ser intelectual para que fuese el verdadero templo del Espíritu.

Este agente, el mayor entre todos, este Salvador del mundo y regenerador universal fijó toda su atención sobre esta verdad primitiva, por la que el hombre puede conservar su existencia y recobrar la dignidad que poseía. En estado de humillación, sentó la base de la redención de los hombres y prometió realizarla completamente algún día por medio de su Espíritu. También ha mostrado a un grupo reducido de sus apóstoles, todo lo que sucedería un día a sus elegidos.

Continuó la cadena de la comunidad interior de la luz entre sus elegidos, a los que envió el Espíritu de Verdad y les confió el depósito primitivo y más elevado de todas las verdades divinas y naturales, en señal de que no abandonarían jamás su comunidad interior.

Cuando la letra y el culto simbólico de la Iglesia exterior de la antigua alianza se realizaron en verdad por la encarnación del salvador y fueron verificados en su persona, se hicieron necesarios nuevos símbolos para el exterior que nos mostraran en la letra la realización futura e íntegra de la redención.

Los símbolos y los ritos de la Iglesia exterior cristiana fueron dispuesto de acuerdo con esas verdades fundamentales e invariables, y anunciaron cosas de una fuerza e importancia tales, que no pueden describirse, y que sólo fueron reveladas a quienes conocían el santuario más interior.

Este santuario, interior permaneció siempre invariable, aunque lo exterior de la religión, la letra, recibiera modificaciones con el tiempo y las diferentes circunstancias, y se alejara de las verdades interiores que únicamente pueden conservar lo exterior o la letra.

El deseo profano de querer secularizar todo lo que es cristiano y de querer cristianizar todo lo que es política, cambió el edificio exterior y cubrió de tinieblas y muerte lo que estaba en el interior: la luz y la vida. De aquí nacieron las divisiones y las herejías; el espíritu sofístico quería explicar la letra cuando ya había perdido el espíritu de verdad.

La incredulidad llevó la corrupción al más alto grado, incluso se intentó atacar el edificio del cristianismo en sus bases fundamentales: confundiendo lo interior santo con lo exterior, sujeto éste a las debilidades y a la ignorancia de los hombres frágiles.

Así nació el deísmo, el cual engendró al materialismo que consideró como una imaginación toda unión del hombre con las fuerzo superiores; y, finalmente, en parte debido al entendimiento y en parte al corazón, nació el ateísmo, el último peldaño de la degradación humana.

En medio de todo esto, la verdad permanece siempre inquebrantable en el interior del Santuario.

Fieles al Espíritu de verdad que prometió no abandonar nunca a su comunidad, los miembros de la Iglesia interior vivieron en silencio yen actividad real, y unieron la ciencia del templo de la antigua alianza con el espíritu del gran Salvador de los hombres, el espíritu de la alianza interior; esperando humildemente el gran momento en que el Señor los llamará y reunirá su comunidad para dar a toda letra muerta la fuerza exterior y la vida.

Esta comunidad interior de la luz es la reunión de todos aquellos que son capaces de recibir la luz de los elegidos: es conocida bajo el nombre de Comunión de los Santos. El depósito primitivo de todas las fuerzas y de todas las verdades ha sido confiado, en todo tiempo, a esta comunidad de la luz; sólo ella, como dice San Pablo, está en posesión de la ciencia de los Santos. Los agentes de Dios fueron formados por ella en cada época, pasaron del interior al exterior y, como ya hemos dicho, comunicaron el espíritu y la vida a la letra muerta.

Esta comunidad de la luz ha sido, en todo tiempo, la verdadera escuela del Espíritu de Dios; y, considerada como escuela, tiene su Cátedra y su Doctor, posee un Libro en el que estudian sus discípulos, también, formas y objetos que éstos estudian y, finalmente, lo hacen siguiendo un método.

Tienen también sus grados según los cuales el espíritu puede desarrollarse sucesivamente y elevarse cada vez más.

El primer grado y el más bajo, consiste en el bien moral, por el que la voluntad simple, subordinada a Dios, es conducida al móvil puro de la voluntad, es decir, Jesucristo, a quien ha recibido por la fe. Los medios de que se sirve el espíritu de esta escuela son llamados inspiraciones.

El segundo grado consiste en el asentimiento intelectual, por el cual el entendimiento del hombre de bien, que está unido con Dios, es coronado con la sabiduría y la luz del conocimiento; los medios de que se sirve el espíritu para esto se llaman iluminaciones interiores.

Finalmente, el tercer grado, y el más elevado, es la total apertura de nuestro sensorium interno, por el que el hombre interior llega a la visión objetiva de las verdades metafísicas y reales. Este es el grado más elevado en el cual la fe se convierte en visión; las visiones reales son el medio de que se sirve el espíritu para ello.

He aquí los tres grados de la verdadera escuela de la sabiduría interior, de la comunidad interior de la luz. El mismo espíritu que prepara a los hombres para esta comunidad también distribuye sus grados con la colaboración del sujeto que ha sido preparado.

Esta escuela de la sabiduría ha sido siempre la más secreta y oculta del mundo, pues es invisible y está sometida únicamente al gobierno divino.

No ha estado jamás expuesta ni a los accidentes de los tiempos ni a las debilidades de los hombres. Porque, en todo tiempo, sólo fueron elegidos los más capaces, y en ello el Espíritu que los escogía no podía equivocarse.

A través de esta escuela se desarrollaron los gérmenes de todas las ciencias sublimes, que fueron primeramente recibidos por las escuelas exteriores y, ahí, revestidos de otras formas e incluso, algunas veces, deformados.

Esta sociedad interior de sabios comunicó, según el tiempo y las circunstancias, a las sociedades exteriores, sus jeroglíficos simbólicos para llamar la atención del hombre exterior sobre las grandes verdades del interior.

Pero todas las sociedades exteriores sólo subsisten cuando esta sociedad interior les comunica su espíritu. En cuanto que las sociedades exteriores quisieron independizarse de la sociedad interior y transformar el templo de la sabiduría en un edificio político, la sociedad interior se retiró y sólo quedó la letra sin el espíritu.

Fue así como todas las escuelas exteriores secretas de la sabiduría no eran más que velos jeroglíficos, quedando siempre la verdad en el santuario para que jamás pudiera ser profanada.

En esta sociedad interior el hombre encuentra la sabiduría y, con ella, todo; no la sabiduría del mundo, que sólo es un conocimiento científico que gira en torno a la cubierta exterior sin tocar jamás el centro, donde residen todas las fuerzas; sino la verdadera sabiduría y los hombres que la obedecen.

Todas las disputas, todas las controversias, la falsa prudencia del mundo, los idiomas extraños, las vanas disertaciones, los gérmenes inútiles de las opiniones que esparcen la semilla de la desunión, todos los errores, todos los cismas y los sistemas están desterrados de ella. No hay aquí calumnias ni maledicencias, se honra a todo hombre. La sátira y el espíritu que gusta aprovecharse de la inferioridad del prójimo aquí se desconocen, sólo se conoce el amor.

La calumnia, ¡ese monstruo!, no levanta jamás su cabeza de serpiente entre los amigos de la sabiduría; aquí sólo se conoce el respeto mutuo, no se observan las faltas del prójimo ni se le dirigen amargos reproches por sus defectos. Caritativamente, se conduce al viajero por el camino de la verdad, se busca persuadir y conmover; dejando el castigo del pecado en manos de la clarividencia del Maestro de la Luz. Se alivia la necesidad, se protege la debilidad, regocijándose en la elevación y la dignidad que el hombre adquiere.

La felicidad, que es un don del azar, no eleva a nadie por encima de los demás; se considera más dichoso aquel a quien se presenta la ocasión de hacer el bien a su prójimo; todos estos hombres, a quienes une un espíritu de amor y de verdad, forman la Iglesia invisible, la sociedad del Reino interior bajo un único cabeza que es Dios.

No debemos tornar por esta comunidad a ninguna sociedad secreta que se reúne en determinados momentos, que escoge a sus jefes y a sus miembros, y se fija ciertos fines. Todas las sociedades, sean las que fuere , aparecen después de esta comunidad interior de la sabiduría; ésta no conoce formalidades, que son obra de la envoltura exterior, obra de los hombres. En el reino de las fuerzas todas las formas exteriores desaparecen.

Dios mismo es su cabeza siempre presente. El mejor hombre de cualquier época, la primera autoridad, no conoce a todo sus miembros, pero, al momento en que el propósito de Dios hace necesario que llegue a conocerlos, les encuentra, ciertamente, en el mundo para actuar hacia ese fin.

Esta comunidad no tiene velos exteriores. Aquel que es elegido para actuar ante Dios es el primero; se presenta a los demás sin presunción y es recibido por ello sin envidia.

Si es necesario que se reúnan verdaderos miembros, éstos se encuentran y se reconocen. No puede haber ningún disfraz, ninguna larva de hipocresía, ningún disimulo oculta los rasgos característicos de esta comunidad, pues son demasiado originales. La máscara, la ilusión, desaparecen todo se presenta en su verdadera forma.

Ningún miembro puede elegir a otro; se requiere el consentimiento de todos. Todos los hombres son llamados y pueden ser elegidos si están maduros para entrar.

Cada cual puede buscar la entrada y todo hombre que está en el interior puede enseñar a otro a buscar la entrada. Pero, mientras no se esté maduro, no se llega al interior.

Los hombres inmaduros ocasionarían desórdenes en la comunidad y el desorden no es compatible con el interior. Este rechaza todo lo que no es homogéneo.

La prudencia del mundo espía en vano este santuario; en vano trata la malicia de penetrar los grandes misterios que en él se esconden; todo es un jeroglífico indescifrable para aquel que no está maduro: no puede ver ni leer nada del interior.

Aquel que está maduro se une a la cadena; acaso, muchas veces, cuando menos lo sospecha y a un enlace del que no suponía su existencia.

Aquel que ama la sabiduría, debe esforzarse en lograr la madurez.

En esta comunidad santa, está el depósito original de las ciencias más antiguas del género humano, con los misterios primordiales de todas las ciencias y las técnicas que conducen a la madurez.

Es la única y verdadera comunidad de la luz que está en posesión de la llave de todos los misterios y que conoce lo intimo de la Naturaleza y de la creación. Es una sociedad que une a sus fuerzas las fuerzas superiores y que cuenta con miembros de más de un mundo. Sus miembros forman una república teocrática que será algún día la madre regente del mundo entero.

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